Posted by: bishopgonzalez | January 23, 2014

El reto de la conversión

El reto de la conversión

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MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF

Obispo Auxiliar de Washington

» Is 9,1-4

» Sal 88

» 1 Cor 1,10-13.17

» Mt 4,12-23

Celebramos hoy el tercer domingo del Tiempo Ordinario. Para mejor comprender la primera lectura de hoy (Is. 9, 1-4), conviene empezar con el capítulo 8, versículo 21-23: “Pero allí donde se encontraba la angustia, desaparecerá la noche. En el pasado casi aniquiló al país de Zabulón y al país de Neftalí, pero en el futuro se llenará de gloria la carretera del mar, más allá del Jordán, en la región de los paganos” (23). Estos pasajes nos presentan el contraste entre humillación y triunfo, tiniebla y luz. Zabulón y Neftalí han sido zarandeados, pero ahora, después de todos los sufrimientos, este pueblo ha visto “una luz intensa”, que les ha traído bendición y alegría. El profeta, en esta lectura, nos trae un mensaje de esperanza, que muy bien lo podemos aceptar en nuestra vida, donde hay y estamos sometidos a humillaciones, ataques, rechazos, reformas de inmigración aún no cumplidas, padres de familia que están sufriendo por haber sido separados de sus hijos, pero aún en esta situación desoladora, vendrá la luz.
Este anuncio del profeta, lo repite Jesús y lo vemos en el evangelio de hoy (Mt. 4,12-23). Juan el Bautista ha sido encarcelado, él había anunciado la llegada de quien era “la luz”, pero ahora, por su encarcelamiento ya no puede continuar su pregón, tal vez ya no es necesario, porque la “luz” ya llegó. Jesús, “luz del mundo”, que nos invita, pero con urgencia, a “cambiar vida y corazón porque está cerca el Reino de Dios”. Este cambio no es otra cosa que la conversión, uno de los temas más constantes y profundos de la Biblia.
El cambio que Jesús pide es radical y su seguimiento incondicional. Cuando nosotros emprendemos viaje, hacemos inventario de todo lo que vamos a llevarnos. Basta ir a los aeropuertos y vemos la infinidad de equipaje, ya pronto los carritos van a tener que ser motorizados. Cuando emprendemos viaje de seguimiento a Cristo, lo que Él nos pide, no es una lista de lo que debemos llevar con nosotros, sino más bien que dejemos todo, pues Él proveerá: dejaron las redes y al padre y lo siguieron.
Seguir el llamado del Señor es una invitación al constante renacer, a lo nuevo, al futuro. “Mucha gente, dice A. Pronzato, es vieja no por el pasado, sino por el futuro. Hay gente que tiene ante sí un futuro ya gastado, apagado, engañoso, marchito antes de florecer, consumado antes de ser vivido, sin novedad, muy previsible”.
El reto de la conversión, del cambio, de la renovación (hacer nuevo) es para espíritus fuertes y generosos. Nos da miedo el poder perder el control y por eso hay gente, organizaciones e instituciones amarradas a un pasado que ya pasó, a un presente de Nueva Era con música suave que nos adormece y que por lo tanto, no deja ver el futuro, lleno de esperanza, iluminado por “la luz”.
Hay quienes han plantado sus reales, su sistema, y no hay quien los saque de ahí. La llamada de Jesús: “Convertíos, el Reino de Dios está cerca” es una constante en nuestra vida de bautizados y que no podemos olvidar.
Pablo (2º lectura) ataca las actitudes de los Corintios. Ellos están divididos, cada uno va por la suya y eso no puede ser así. Pablo se declara seguidor de Cristo, único Salvador. Aquella gente necesita un cambio. “Les ruego, hermanos, en nombre de Cristo Jesús, nuestro Señor, que se pongan todos de acuerdo y terminen con las divisiones, que encuentren un mismo modo de pensar y los mismos criterios. Personas de la casa de Cloe me han hablado de que hay rivalidades entre ustedes. ¿Quieren dividir a Cristo? ¿Acaso fue Pablo crucificado por ustedes? ¿O fueron bautizados en el nombre de Pablo?” 1 Cor 1,10-13.17.
Madián, mencionado en la primera lectura, es el territorio donde se refugió Moisés y del que no quería salir. Estaba bien donde estaba. Yahvé le llama y él prefiere seguir donde está. Finalmente acepta el llamado de Dios, vuelve a Egipto y el pueblo hebreo es liberado de la esclavitud. Una pregunta: ¿qué es lo que nos cuesta dejar para poder vivir una conversión radical a “la luz” del evangelio?


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