Posted by: bishopgonzalez | August 11, 2014

Bishop Francisco González – 50th Anniversary

Cumpliendo el deseo de Jesucristo de que su mensaje se proclame hasta “los confines de la tierra”
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MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington
Hch. 8, 5-8.14-17
Sal 65
1 P. 3, 15-18
Jn. 14, 15-21

Estamos en el sexto domingo de Pascua. Hoy nos encontramos en la primera lectura (Hch. 8, 5-8.14-17) la narración de cómo el evangelio salió de los confines de Jerusalén y empieza a cumplirse el deseo de Jesucristo de que su mensaje se proclame hasta “los confines de la tierra”. Felipe, no el apóstol sino “el diácono”, fue a Samaria y como resultado de su predicación ocurrieron cosas maravillosas: tanto endemoniados como paralíticos reciben sanación y todo esto produce gran alegría. Todo ello no es ni más ni menos lo que significa la salvación que había sido profetizada y prometida: curación, expulsión de espíritus malos y alegría.

La comunidad cristiana primitiva, como vemos en esta lectura, tiene un profundo espíritu misionero que con su predicación produce una liberación llena de alegría.

¿En qué se parece mi comunidad, mi parroquia a esa comunidad primitiva? ¿Hasta qué punto sanamos? ¿Hasta qué punto estamos liberados? ¿Vivimos nuestra fe en alegría?

En la segunda lectura vemos a San Pedro (1P. 3, 15-18) aconsejando la conducta que deben seguir ante las pruebas a las que serán sometidos: adorar interiormente al Señor, dar razón si es necesario pero siempre con sencillez y respeto. Tal vez nos está hablando un poco en contra del fanatismo religioso, ese celo excesivo e irracional que no debe tener cabida entre cristianos. También creo que nos quiere recordar que el templo-templo, el templo donde debemos dar adoración al Señor es en nuestro interior. En ocasiones estamos dispuestos a ir muy lejos buscando algo, que si lo pensáramos bien lo tenemos muy cerca: “Sigan adorando interiormente al Señor”. Para algunos resulta menos complicado gastarse varios centenares de dólares, viajar miles de kilómetros, soportar comidas que no les gustan y aguantar viajes y personas que no les caen bien, y todo para “adorar” a Dios en algún santuario famoso, en vez de “adorarle en el propio interior”. Es menos exigente mezclarse entre la gente que enfrentarse consigo mismo. Dicho lo cual, debo aclarar que no estoy en contra de las peregrinaciones o visitas a lugares santos, especialmente cuando se hacen con verdadero espíritu peregrino.

La liturgia de hoy nos ha presentado a una Iglesia misionera y a una comunidad llamada al “culto interior”, a una comunidad que no va por ahí blandiendo orgullosamente su fe, pero que tampoco la oculta, simplemente la presenta con serenidad y convicción, aunque esto le traiga al individuo sufrimiento por “hacer el bien”. No hay que preocuparse, pues lo mismo le pasó a Cristo, quien en el evangelio de hoy, según nos cuenta San Juan (14, 15-21) nos habla de la razón de ser de nuestra existencia: el amor.

Muchas veces nuestro comportamiento religioso se basa en el miedo, en el que dirán, en la costumbre, en la obligación. Nada de eso tiene valor. La verdadera razón para nuestro comportamiento para con Dios y nuestros hermanos es simplemente el amor. El cumplimiento de la ley por obligación es un simple cumplo-y-miento.

Estamos en pleno capítulo 14, el “Discurso de Despedida de Cristo”. Él está sentado a la mesa con sus más íntimos amigos y trata de consolarles pues ya les ha dicho que se va. Jesús les promete un Defensor, les asegura que no quedarán huérfanos, que se les mostrará y estará con ellos.

In Thanksgiving for Bishop Francisco González, a true Son of the Holy Family

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This month, our family of faith rejoices in the 50th anniversary of the priestly ordination of Bishop Francisco González, S.F.  Having taken his final vows in the Congregation of the Sons of the Holy Family in 1960, it was on May 1, 1964, that Francisco González was ordained a priest. This vocation and devotion to the Holy Family has deep roots.

The Holy Family represents the first church of the home, a domestic church where Jesus, Mary and Joseph offer today’s families and the universal Church itself a model for living holy and happy lives marked by prayer and loving service to others.  So it left quite an impression on him when as a young boy walking hand-in-hand with his parents in their native Spain, he remembers people commenting, “Look, it’s the Holy Family!”

Inspired by the example of his parents’ devout faith and by his parish priest, young Francisco entered the seminary. His brother and sister also entered religious life.  In a beautiful coincidence, his ordination day coincided with the anniversary of his parents’ wedding day more than four decades earlier, a lasting reminder of how their lives of faith and love shaped his desire to help raise up holy families among the people he served.

Throughout his priesthood, Bishop González has lived and shared this Gospel of the family, to help families become holy families. Since being ordained an auxiliary bishop for Washington in 2002, he has served as a vicar general and moderator for Hispanic ministries for the archdiocese. He also served as pastor of Our Lady, Queen of the Americas Parish and as director of the Office of Family Ministry. Earlier, he served as a national chaplain for the Cursillo movement, as a parish priest in New Mexico and Colorado, and as a high school teacher and hospital chaplain.

In his work as episcopal vicar for Hispanic Catholics in our local Church, Bishop González has served a vibrant and diverse community of over 250,000 Catholics who come from dozens of different countries and many different backgrounds, and worship in 38 different parishes. He said that one of the greatest gifts that Hispanic Catholics offer to our Church is “the deep faith they have. They relate to God in a direct way.” With Bishop González, we can all admire the joy and dedication to their families shown by Spanish-speaking Catholics. “The (members of the) Hispanic community have opened their homes, their friendship and their love to me, and I have been blessed by that,” he noted.

Bishop González himself exemplifies that same spirit of faith, joy and love for families. Another Francisco – Pope Francis – could have been describing Bishop Gonzalez when he said these words on Holy Thursday, “Priestly joy is a priceless treasure, not only for the priest himself, but for the entire faithful people of God.”

Our Holy Father has encouraged priests and bishops to be shepherds who know their flock and who go out to the world and share Christ’s love. Bishop González has carried out that work, in his ministry as a bishop serving our area’s growing Hispanic Catholic population, and in confirming thousands of our youth over the years.

Our family of faith is invited to celebrate Bishop González’s jubilee at a Mass of Thanksgiving at the Basilica of the National Shrine of the Immaculate Conception on May 24, 2014, at 5:15 p.m. Two days before that, the bishop will celebrate his 75th birthday.

We thank God for the gift of this son of a holy family who became a true Son of the Holy Family, and who has dedicated his life as a priest to raising up holy families who welcome Jesus into their homes and into their hearts.

– See more at: http://cardinalsblog.adw.org/2014/05/thanksgiving-bishop-francisco-gonzalez/#sthash.SOpZ8Ra8.fX8SuOsH.dpuf

Posted by: bishopgonzalez | May 15, 2014

Luchemos por la justicia, si queremos la paz

Luchemos por la justicia, si queremos la paz
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MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington

» Hech. 6,1-7
» Sal 32
» 1 Pe. 2,4-9
» Jn. 14,1-12

Estamos en el Quinto Domingo de Pascua. Tomando la primera lectura (Hech. 6,1-7) y comparando un poco la situación de aquellos días y ahora, da la impresión que la historia se repite como si la cosa no hubiera cambiado mucho. Son los comienzos de la Iglesia y ya empiezan a surgir pequeños resquicios en la unidad de la comunidad. Aquella maravillosa relación, descrita en el segundo capítulo de los Hechos, está cambiando: “Algunas viudas (las que pertenecen al grupo de los helenistas, o sea, los de afuera) no reciben la misma ayuda que las de los hebreos”. Como dice un buen amigo mío, “siempre ha habido clases”, y aunque todos somos iguales, parece ser que hay “quienes son más iguales que otros”.

Los apóstoles piden ayuda pues no pueden llegar a todo. La comunidad responde presentando a siete varones de “buena fama, llenos del espíritu de sabiduría, de fe y del Espíritu Santo” y así un problema serio que puede afectar profundamente a la comunidad cristiana, se resuelve con la participación de todos y la Iglesia se ve bendecida con la llegada de muchos.

¿Qué puedo hacer para que, por lo menos en la comunidad de fe, dejen de haber privilegios que discriminan y atentan contra la dignidad del pobre, del humilde, del inmigrante? Pablo VI, en su encíclica Populorum Progressio, nos dijo que si queríamos paz lucháramos por la justicia. La paz, hermanos, solo se escribe con la tinta indeleble de la justicia. Nuestro primer recurso para lograr la paz debe ser el diálogo de forma profunda, sin condenas ni exclusiones. Cada uno, en nuestro propio entorno puede empezar a ser la diferencia. Aunque parezca difícil, no podemos dejar de intentarlo.

El evangelio (Jn. 14,1-12) nos narra otra enseñanza de Jesús. Se nos presenta en una situación de ir y de volver, de despedida y reencuentro que exige fe y esperanza. Una situación que muchos inmigrantes tal vez la comprendan muy bien: tratar de convencer al resto de la familia que su salida hacia un país extraño es necesaria para mejorar la situación de todos y que cuando tenga todo lo necesario volverá para llevárselos consigo.

En el caso de Jesús el lugar, la casa, es una persona: El Padre. El camino que lleva hasta Él, también es una persona: Jesús mismo, quien se define como “el Camino, la Verdad y la Vida”. El domingo pasado se declaraba como “la Puerta para las ovejas”. Más y más, según vamos leyendo las lecturas que la liturgia nos presenta cada domingo de Pascua, podemos ver que Jesús es el todo para nosotros.

La Palabra-Eucaristía que celebramos semanalmente nos debe confrontar con la vida. La Palabra-Eucaristía nos llama a una comunión, aún en medio de la diversidad que somos y representamos. Esta comunión significa la fraternidad humana, que nos dice que no podemos separar nuestra fe de nuestra vida ordinaria: vivimos en el mundo, pero no somos del mundo sino de Dios. Por la comunión con Jesús en la Palabra y Eucaristía recibimos la vida eterna, Jesús es la fuente íntima de mi ser y actuar.

A la Madre Teresa de Calcuta le preguntaron en una ocasión por qué hizo lo que hizo, y simplemente dijo ‘por Jesús’. Nuestra relación con Él debe ser muy personal: ‘Uno por uno’ somos guiados por Él. No somos extraños, Él nos llama por nuestro nombre. Como ha sugerido uno de los ‘Tweet’ del papa Francisco esta semana: “Leamos el Evangelio, un poco todos los días. Así aprenderemos a vivir lo esencial: el amor y la misericordia”. Dios nos habla en la oración y esa oración nos ayuda a mantener nuestra convicción y conocer mejor a su hijo: Jesús.

San Pedro en la segunda lectura (1 Pe. 2,4-9) nos habla de que debemos convertirnos en constructores, porque “somos piedras vivas con las que se construye el Templo espiritual destinado al culto perfecto”. La comunión con Cristo nos eleva, nos hace “raza elegida, reino de sacerdotes, nación consagrada” y esto es de todos y para todos.

Creo que sería extraordinario aceptar como reto la frase de Jesús en el evangelio de hoy cuando dice a Felipe: “El que me ha visto a mí ha visto al Padre”, y cambiándola un poco pudiéramos los miembros de la Iglesia decir todos juntos, incluidos laicos, religiosos/as y clérigos/obispos: “quien nos ve a nosotros, ve a Jesucristo”. No es exageración esperar todo eso, pues al fin y al cabo ¿no es la Iglesia (todos) el cuerpo de Cristo?

Posted by: bishopgonzalez | May 10, 2014

Una miradita al Pastor de pastores

Una miradita al Pastor de pastores

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MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington

Hch 2,14a.36-41
Sal 22,1-6
1 Pe 2,20b-25
Jn 10,1-10

Estamos en el cuarto domingo de Pascua. En estos domingos la primera lectura es de los Hechos de los Apóstoles y hoy corresponde a una parte del segundo capítulo (2, 14a.36-41). Pedro acompañado de los Once ha terminado su primer discurso. Acaban ellos de recibir el Espíritu y sale como una llama de fuego penetrante. “Estas palabras –dice la Escritura– les traspasaron el corazón”. Esta frase o algunas variantes de la misma (me penetró el corazón, me conmovió el corazón, me hizo añicos el corazón) que nosotros usamos para indicar algo que nos ha afectado profundamente, está aquí expresando lo mismo. Los que estaban escuchando a Pedro quedaron muy afectados por sus palabras, por eso preguntan: ¿Qué tenemos que hacer hermanos? La respuesta no se hace esperar: “Convertíos y bautizaos todos en el nombre de Jesucristo”.

Un buen punto para la reflexión personal puede ser: Sí, yo estoy bautizado, ¿estoy ya convertido? La conversión, será bueno recordar, implica un cambio radical, un cambio de raíz, como un nuevo nacimiento.

El evangelio que está tomado del décimo capítulo de San Juan (10,1-10) se nos presenta a Jesús como pastor. Debido a esta imagen de Cristo que se nos presenta cada año en esta fecha, el cuarto domingo de Pascua es conocido como el domingo del Buen Pastor.

El pastor goza de buen nombre pues protege a su rebaño de los animales salvajes o del desierto y, es por eso, que en el Oriente antiguo este título se dá a príncipes y reyes. David, el pastor, se convierte en rey: “Tú pastorearás a mi pueblo, Israel” (2 Sm. 5,2). En Jeremías (3,15) Dios invita a su pueblo a la conversión y les anuncia: “os daré pastores a mi gusto que os apacienten con saber y gusto”. Pero como pasa siempre, hay pastores y reyes que se apartan de lo que Dios tiene señalado, en otras palabras, hay pastores y reyes que no son buenos, y contra ellos vendrá la ira de Dios.

¿Cómo explica Jesús las acciones y características del Buen Pastor? Ante todo el pastor entra por la puerta, hasta podríamos decir que Él mismo es la puerta. La puerta tiene la doble función de proteger y de facilitar: proteger del enemigo y facilitar la entrada y salida del amigo.

El pastor conoce las ovejas, las llama por su nombre. Hay una relación profunda entre el pastor y las ovejas, ellas reconocen su voz. El buen pastor es mucho más que alguien a quien le han dado el título o nombramiento; el buen pastor se ha ganado la confianza de las ovejas pues él va delante, él les va abriendo y enseñando el camino, él va delante para poder ver si hay peligro, para poder defenderlas, y si es el caso, dar la vida para defenderlas de todo peligro.

El interés único del buen pastor es que sus ovejas vivan, que no se pierdan, que tengan vida y ésta en abundancia.

Este domingo del Buen Pastor es una ocasión muy propia para todos los pastores de la Iglesia, para todos aquellos que de alguna forma están encargados de “pastorear” (familia, escuela, nación, etc.) y echar una miradita al Pastor de pastores, al Pastor por excelencia, para hacer examen de conciencia y ver en qué categoría se encuentran: Buen Pastor o mercenario/ladrón.

“El Señor es mi pastor, nada me puede faltar”.

Artículo del periodico “Catholic Standard”: “La Sagrada Familia ha inspirado la vida y el ministerio sacerdotal del Obispo Francisco González”, 8 de mayo de 2014
The Holy Family has inspired Bishop Francisco González’s life and priesthood
MARK ZIMMERMANN, Editor, Thursday, May 8, 2014

http://www.catholicstandard.org/SiteImages/Article/6032a.jpgg
Bishop González has served as an auxiliary bishop for the Archdiocese of Washington since 2002. This month marks his 50th anniversary as a priest.
In a special way, Bishop Francisco González’s life and his ministry have been connected to the Holy Family. On May 1, he marked the 50th anniversary of his ordination to the priesthood as a member of the Sons of the Holy Family, a religious community founded by St. Joseph Manyanet to inspire families to make their homes resemble the home of the Holy Family in Nazareth – places of love, faith and service where Jesus is welcomed.

And on Saturday May 24, the Archdiocese of Washington is inviting his family of faith to join him for a Mass of Thanksgiving marking the 50th anniversary of his ordination to the priesthood, at a 5:15 p.m. Mass at the Basilica of the National Shrine of the Immaculate Conception.

When now-St. John Paul II appointed Bishop González to be an auxiliary bishop of Washington in 2002, the pope in his appointment letter encouraged the new bishop to continue serving families as a Son of the Holy Family. In Washington, the bishop has done that, serving as vicar general and moderator for Hispanic ministries, and earlier as episcopal vicar for the 270,000 Hispanic Catholics here who constitute more than 40 percent of the archdiocese’s population. Each week, 64 Spanish-language Masses are celebrated in 38 Catholic churches throughout the archdiocese.

“The [members of the] Hispanic community here have opened their homes, their friendship and their love to me, and I have been blessed by that,” said the bishop, who said he has been inspired by their example of deep faith, joy and devotion to their families, and their hard work and sacrifice in helping their children go on to college, despite the challenges many of them face as immigrants in a new land. “They are religious and caring. They work hard, and support each other, and they become an example for the people around them.”

The bishop also has found a resemblance to the Holy Family in his parents. His father was one of two policemen in their hometown in Spain, and his mother, although she never learned to read and write herself, taught the Gospel to her son by her example – attending Mass and praying the rosary daily, and helping their neighbors who were in need, always with a joyful spirit. “As the years go by, I always thought in my house was that spirit (of Nazareth), because the presence of God was always recognized and revered,” he said.

His older brother had joined the Jesuits, and his older sister had entered the convent to become a member of the Daughters of Charity of St. Anne. When young Francisco would walk through town, holding his mother’s and his father’s hands, he remembers people commenting, “Look, it’s the Holy Family!”

His hometown’s church had an altar dedicated to the Holy Family, “and I always thought it was the most beautiful of all the altars at the parish,” he said. Inspired by his parents’ devout faith and by the example of his parish priest, Francisco González entered the seminary and was ordained to the priesthood as a Son of the Holy Family on May 1, 1964, which coincidentally was the date that his parents were married more than four decades earlier.

On May 1, 2014, on the very day of the 50th anniversary of his ordination to the priesthood, the bishop celebrated a regular noontime Mass at the Archdiocesan Pastoral Center in Hyattsville, and that evening, he administered the Sacrament of Confirmation to youth at, coincidentally again, Holy Family Church in Mitchellville. Confirming youth has been one of his greatest joys as a bishop, because he said “I believe in the youth, not only as the future of society, but also as the present.”

Later, reflecting on his 50 years as a priest, the bishop said he has learned “to trust people, and not to put limits to solidarity. Allow the Lord to work through you, making him the center of your life, and making love the motivation for what you do.” Then the bishop, who is known for his sense of humor, added, “And not to take myself too seriously.”

Bishop González’s service as a bishop and priest has also included writing an award-winning column on family and spiritual life for El Pregonero, the archdiocese’s Spanish-language community newspaper. Over the years, he also served as director of the archdiocese’s Office of Family Ministry, as pastor of Our Lady Queen of the Americas Parish in Washington, and as director of the Hispanic Cursillo and charismatic movements here. Earlier, he served as a parish priest in New Mexico, Colorado and Spain, as a chaplain at Walter Reed Hospital in Washington, and as a teacher at the Academy of the Holy Cross in Kensington and at St. John’s at Prospect Hall in Frederick.

Bishop González’s anniversary Mass will come two days after his 75th birthday, and he has already submitted his resignation letter to Pope Francis, and if the pope chooses to let him retire, the bishop hopes to follow the example of Pope Benedict XVI and dedicate his life to prayer and study.

The bishop said he has been inspired by the Christ-like way that Pope Francis cares for his flock, and by the humble lifestyle of the first pope from Latin America, and of course he likes the name the new pope chose. He also appreciated Pope Francis’s praising the new St. John Paul II as “the pope of the family” who will inspire the Church’s upcoming synods of bishops on the family this fall and next year.

Washington’s auxiliary bishop who was encouraged by the future saint to serve families, draws inspiration from St. John Paul II’s statement from Familiaris Consortio, the pope’s 1981 apostolic exhortation on the Christian family in the modern world: “The future of the world and the Church passes through the family.”

For a son from a holy family who became a Son of the Holy Family and who has dedicated his priesthood to inspiring families to be holy, those words ring true.

Posted by: bishopgonzalez | May 2, 2014

Camino a un pueblo llamado Emaús

Camino a un pueblo llamado Emaús

CENA DE EMAUS,OLEO 110 X 150
MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington
»Hch 2,14.22-28
»Sal 15
»1 Pe 1,17-21
»Lc 24,13-35

En estos momentos de la historia estamos viviendo tiempos difíciles, lo cual no quiere decir que no haya habido en el pasado situaciones semejantes. La gran pena de estos tiempos difíciles, además del dolor y sufrimiento, es que hoy tenemos tantos medios para evitar el caos y la desesperación de mucha gente. La ciencia y la tecnología que pueden ser usadas para el bien de la humanidad, parece que tienen otro uso y la gente sigue siendo aguijoneada por el mal uso de las mismas, y como consecuencia muchos entran en ese estado de ánimo que llamamos desesperación, depresión, estrés.

La página evangélica que hoy nos ofrece la sagrada liturgia nos debe hacer pensar y mucho. Nos relata ese primer día de Jesús Resucitado. Dos de sus discípulos dejan la ciudad de Jerusalén y se van camino de un pueblo llamado Emaús. Si les miramos las caras, reflejan lo que sienten: desánimo, desilusión, fracaso. Habían seguido a Jesús, le creían el Mesías, habían aguantado tres días sin Él, pero ya era demasiado, las promesas que les había hecho no se habían cumplido. Sí es verdad que algunas mujeres les habían contado que Jesús ya no estaba en la tumba, que unos ángeles les habían asegurado que Jesús estaba vivo, pero…ellos no lo habían visto, y por eso se iban, y se iban desilusionados, con el ánimo por los suelos.

Es muy posible que algunos, tal vez muchos de nosotros, nos hallamos visto en una situación semejante por todas esas cosas que nos pasan, por no avanzar en nuestra vida espiritual, porque mirando a nuestro futuro no lo vemos muy claro, porque la enfermedad nos ha visitado, porque la familia no resulta como la habíamos soñado, etcétera.

Esos dos discípulos, se alejaron no solamente de lo que habían vivido, sino también de lo que habían soñado. Y aquí viene lo mejor, Jesús que se coloca al lado de ellos y les empieza a hablar, primero con un suave reproche, y después con una explicación de que todo lo acontecido en esos días había sido anunciado, insistiendo en la necesidad de lo sucedido.

Nosotros a veces nos alejamos, pero Jesús siempre nos busca, se nos acerca, nos llama la atención y se queda con nosotros. Esta es la oración que debemos decir siempre, especialmente, cuando estamos desorientados y nos sentimos desconsolados: “Quédate con nosotros”.

¿Cuáles son los beneficios? Estar junto a Jesús que para eso hemos sido llamados (Mc 3,13). Cuando estamos cerca de Él y especialmente cuando le escuchamos, nuestros desánimos desaparecen, y como los dos discípulos confiesan que sus “corazones ardían escuchando su palabra”, y es que Jesús verdaderamente tiene “palabras de vida eterna”.

Al escuchar la Palabra se nos disipan las dudas, comprendemos el mensaje, hay un profundo cambio en nuestro corazón, y nuestro abatimiento se convierte en esperanza, las nubes desaparecen y brilla un sol que nos ilumina, y hace que ardamos en el fuego del amor de Cristo.

Hay otro punto que creo nos debe hacer pensar. Cuando Jesús se sienta a la mesa con ellos, nos dice el evangelio: “Tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se los dio. A ellos se les abrieron los ojos y le reconocieron”.

Por unos momentos los dos discípulos estaban encantados con este buen hombre que se les había acercado. Era todo un sabio pues conocía las Escrituras, hablaba con convicción, lo aceptaron como compañero con gusto, hasta al punto que cuando hizo el intento de seguir adelante cuando ellos dos habían llegado a su destino, le invitaron a quedarse, y no solamente porque se hacía de noche y viajar de noche por aquellos caminos podía ser peligroso. Le invitaron porque se sentían muy a gusto con Él. Sin embargo solamente lo reconocen “al partir el pan”, al partir ese pan bendecido, esa Eucaristía, ese Cuerpo del Señor.

¿Por qué hoy en día, a pesar de todo lo bueno que hay en la comunidad de fe, en esa comunidad de seguidores de Jesús, hay mucha gente que se marcha, hay mucha gente que se desilusiona, hay mucha gente que se seculariza, hay mucha gente que se mofa, hay mucha gente que critica? Es posible que nosotros no hayamos decidido partirnos por los demás, tal vez no sepamos o no queramos lavar los pies de algunos que no nos gustan, es posible que sigamos adorando ese diosito que yo me creo ser.

El día que nos decidamos a dar la vida por el hermano/a, a partirnos por ellos/as, ese día muchos reconocerán a Cristo, muchos volverán, pues la sangre de mártires, incruentos incluidos, es semilla de cristianos.

¿No nos ardía nuestro corazón mientas nos hablaba por el camino? Quédate con nosotros Señor, sin ti la vida es un constante anochecer.

Posted by: bishopgonzalez | May 2, 2014

La comunidad es esencial para nosotros

La comunidad es esencial para nosotros

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington
•Hch 2,42-47
•Sal 117
•1 Pe 1,3-9
•Jn 20,19-31

Estamos en el segundo domingo de Pascua y hasta el sexto y último de este tiempo pascual, la primera lectura se toma de los Hechos de los Apóstoles. Hoy corresponde al segundo capítulo (2, 42-47). Un pasaje que aunque escrito tantos cientos de años atrás, nos viene como anillo al dedo hoy día precisamente. Jesús ha resucitado y San Lucas nos describe a ese grupo original de creyentes: viven en comunidad; asisten al Templo, lo que les une al pueblo de la Antigua Alianza. Se reúnen para “la fracción del pan”, la celebración de la Eucaristía, lo que les hace miembros de la Nueva Alianza; tenían todo en común y se repartía de acuerdo a las necesidades de los miembros de la comunidad.

Este estilo de vida, había sido soñado por filósofos y maestros, pero aquí se realiza gracias a las enseñanzas del Maestro, gracias al poder del Espíritu Santo que transformando los corazones de los creyentes, ellos se comprometen con Dios y con el hermano.

Hablando a nivel internacional y local, nos podemos preguntar ¿Dónde está el espíritu comunitario? Incluso por parte de creyentes cuando en este siglo todavía existe el racismo ¿Dónde está el espíritu comunitario de solidaridad?

No es de extrañar que el Santo Padre, el papa Francisco, escribiera al Foro Económico de Davos, haciendo un llamamiento para que pusieran en marcha “decisiones, mecanismos y procesos encaminados a una mejor distribución de la riqueza, la creación de fuentes de empleo y la promoción integral del pobre, que va más allá de una simple mentalidad de asistencia”.

En verdad es intolerable que miles mueran de hambre cada día. Es vergonzoso comprobar que después de tanto hablar de crecimiento lo único que crece es la desigualdad y la injusta distribución de la riqueza. Es triste constatar que la crisis económica se ha convertido en un mecanismo perfecto para aumentar la riqueza de los ricos.

El apóstol Pedro (segunda lectura) nos recuerda que hemos renacido a una nueva vida por la Resurrección de Cristo. El cristiano responde en fe, en esperanza, en constancia y en amor hacia Cristo. La fe, está protegida por Dios, pues sería difícil mantenerla sin Él, especialmente en esos tiempos en que el creyente “tendrá que sufrir varias pruebas”, una de las cuales es en ser verdaderos hermanos, pues hay que poner en práctica en la vida diaria ese “tener una misma fe, un mismo Señor, un mismo bautismo”. Ser “hermanos en la fe”, exige “ser hermanos en el amor”.

Finalmente nos encontramos con el evangelio (Jn. 20, 19-31). La figura de Tomás puede ser la foto de mucha de nuestra gente contemporánea: “Si no lo veo no lo creo”. Él se ha separado de la comunidad, él es independiente, va por sí solo, no tiene el apoyo de los demás y por eso exige “ver” y “tocar”. Sin embargo, ante la presencia del Señor, proclama su fe sin tener que palpar las heridas del Señor, que con esta visita les dá prueba de su resurrección.

La comunidad es esencial para nosotros. La parroquia es un lugar privilegiado para recibir enseñanza, para orar juntos, para celebrar la Eucaristía, para la convivencia fraterna, para la solidaridad con el mundo que, aún en medio del pecado, todavía sigue buscando caminos de paz y oportunidades para la convivencia universal. Ojalá que un día de éstos podamos decir, gritar, que estalló la paz en el mundo entero.

Posted by: bishopgonzalez | April 13, 2014

A propósito de la dignidad del hombre…

A propósito de la dignidad del hombre…

 

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF Obispo Auxiliar de Washington

Is. 50,4-7

Sal. 22

Flp. 2,6-11

Mt. 26,14-27,66

Entramos en la Semana Santa con el Domingo de Ramos. En esta semana vamos a recordar la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén; tendremos la celebración de la institución de la Eucaristía el Jueves Santo; el Viernes Santo volveremos a escuchar la lectura de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, seguida de la Adoración de la Cruz y la Santa Comunión. Finalmente la Vigilia Pascual, cuando leeremos la historia de la salvación, los catecúmenos serán bautizados, los ya bautizados renovaremos nuestras promesas bautismales y todos celebraremos el triunfo de Jesús sobre el pecado y la muerte.

En la liturgia de este domingo tenemos una procesión y bendición de palmas o ramos en recuerdo de la entrada triunfal de Cristo en la Ciudad Santa donde la gente lo recibió con gritos de “Bendito el que viene en el nombre del Señor”, aunque a decir verdad, pronto cambiaron de opinión. Sin embargo, yo estoy seguro que el Señor gozó aceptando la sencilla, pero gozosa, acogida que le dispensaron ese día.

Este tono de gozo cambia con la primera lectura (Is. 50,4-7) donde nos encontramos con la figura del ‘siervo’: “No oculté el rostro a los insultos”. El siervo despreciado, humillado, rechazado, que no es otro que Jesús, que nos redime en su condición de siervo, que es despreciado, rechazado, humillado y sacrificado para obtener nuestra redención.

En la segunda lectura (Flp. 2,6-11) el apóstol Pablo sigue con el tema del ‘siervo’ que “se rebajó a sí mismo; por eso Dios lo levantó sobre todo”.

Hoy, en nuestra sociedad, en la mayoría de nuestros ambientes, incluido los religiosos, a veces medimos la dignidad humana por el prestigio, el título, la situación económica y no ponemos tanta atención a esos valores que hay por dentro de la persona, pero que la elevan mucho más alto que todas las fuerzas sociales juntas puedan hacerlo. La dignidad del hombre no se mide por el vestido, el color del mismo, el uniforme o la cuenta corriente: “Se rebajó a sí mismo; por eso Dios lo levantó sobre todo”.

La lectura de la Pasión (Mt. 26,114-27,66) requiere serenidad de espíritu e intensidad del corazón. Es la narración de esos momentos trágicos, pero de consecuencias grandiosas y victoriosas en la vida de Jesús: pues si es verdad que sufre una muerte trágica, es también muy verdad que resucita a una vida gloriosa, “para nunca más morir” y así nos abre las puertas a todos los que hemos sido bautizados en su nombre.

En el relato de la Pasión vemos que no acepta ser protegido por la espada, las espadas no resuelven los problemas de la vida y Cristo opta por el amor.

De alguna forma, el apóstol que le traiciona y vende, no llega a disfrutar de su ganancia. Más aún, confiesa su error, proclama ante las autoridades su equivocación.

Ya en la cruz y ante el reto de uno de los crucificados para bajar de la cruz y quedar libres, Jesús, no puede hacer eso, pues como nos dice un autor moderno, lo que verdaderamente sujetaba a Jesús en la cruz no eran los clavos, sino el amor que sentía por toda la humanidad.

¿Con qué actitud comienzo yo la Semana Santa?

Posted by: bishopgonzalez | March 20, 2014

“¿Está o no está Dios en medio de nosotros?”

“¿Está o no está Dios en medio de nosotros?”

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington

» Ex 17,3-7
» Sal 94
» Rom 5,1-2.5-8
» Jn 4,5-42

Hoy es el Tercer domingo de Cuaresma. La constitución “Sacrosanctum Concilium” (nn. 109-110) considera a la Cuaresma como el tiempo litúrgico en el que los cristianos se preparan a celebrar el misterio pascual, mediante una verdadera conversión interior, el recuerdo o celebración del bautismo y la participación en el sacramento de la Reconciliación. Además de una penitencia no solo individual sino también social: “La penitencia del tiempo cuaresmal no debe ser sólo interna e individual, sino también externa y social. Foméntese la práctica penitencia de acuerdo con las posibilidades de nuestro tiempo y de los diversos países y condiciones de los fieles…”

La primera lectura está tomada del libro del Éxodo. En los capítulos anteriores vemos cómo Dios libera a su pueblo de la opresión egipcia. Ahora, en el viaje de camino por el desierto hacia la Tierra Prometida, y comienzan a cuestionar la acción de Dios: “¿Está o no está Dios en medio de nosotros?”

El elemento central en la sagrada escritura es el agua. El agua, además de su realidad física, es un elemento o signo polivalente. Tiene muchos significados, entre otros, es señal de vida. Aquí en medio del desierto, los israelitas piden agua, de lo contrario morirán, tienen sed y hay que satisfacer dicha necesidad. Pero también podríamos pensar que su sed, no es solamente agua, sino de vida, de encontrar significado en lo que en esos momentos están viviendo. Se quejan de haber salido de Egipto y ahora cuestionan si está o no está Dios en medio de ellos. Muchas veces, cuando las cosas no van del todo bien, siempre hemos de encontrar alguien a quien echarle la culpa.

En el santo evangelio leemos el relato de “Jesús y la Samaritana”. Desde la conquista de Samaria por los asirios y la mezcla que aceptaron en sus matrimonios y religión, los judíos no ven con buenos ojos a los samaritanos. Estos son los que han abandonado la Tradición y por eso no fraternizan entre ellos, tienen criterios muy distintos acerca de su fe, de su culto, teniendo lugares distintos para su celebración.

Todo empieza en torno al mediodía y mientras Jesús va de camino con sus discípulos, como siempre. Aquí se encuentra con una mujer. Hay entre ambos un diálogo muy interesante que nos puede hacer reflexionar, también hay que contemplarlo, porque cada una de sus palabras tiene un profundo significado para cada uno de nosotros.

Jesús comienza pidiendo agua, para a renglón seguido, ser Él quien ofrezca “agua viva”; la mujer comienza llamándole judío, después le dice señor, más tarde le trata de profeta y, finalmente, Mesías. Según habla con Jesús, se va acercando más a Él, va intimando, hace un viaje de fe, está viviendo una conversión.

La mención de los cinco maridos, podría también referirse, a las cinco ermitas de los samaritanos donde adoraban a dioses falsos, como si fueran sus amantes con quienes ella había estado buscando su felicidad. Ahora el Señor le ofrece un “agua viva”, un sentido de vida, que le permitirá no desear nada más, y no tendrá que regresar a la fuente, sino que ese manantial de “agua viva” estará dentro de sí misma, lo tendrá siempre con ella.

Esa renovación interior de la samaritana, y la nuestra personal se manifiesta en nuestro compromiso con la misión: “La mujer dejó el cántaro, se fue a la aldea y dijo a los vecinos…” Y así vemos cómo en un descanso que el Señor se tomó, cerca de un pozo de agua, a la hora de más calor, es una oportunidad para proclamar la grandeza del Reino de Dios: “Si conocieras el don de Dios”.

San Pablo en la segunda lectura (romanos) nos habla de la paz con Dios que disfrutamos y que nos ha sido concedida gracias a Cristo, por el Espíritu Santo que se nos ha dado. Es así como Dios nos demuestra su amor. Tal vez, en esta peregrinación cuaresmal que estamos viviendo al avanzar hacia la Pascua, debemos preguntarnos: “¿Dónde buscamos respuesta al sentido de la vida? ¿En qué pozos tratamos de satisfacer, de ser, de tener, de disfrutar?”

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