Posted by: bishopgonzalez | March 12, 2014

Luchar, implica una resistencia

Luchar, implica una resistencia
transfiguration43
MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington

• Gen 12,1-4a

• Sal 32

• 2 Tim 1,8-10

• Mt 17,1-9

Segundo domingo de Cuaresma. Comenzamos la Liturgia de la Palabra con el llamado que Dios hace a Abrahán. Más que un simple llamado es un mandato, una exigencia: “Deja”. ¿Qué le pide que deje? Nada más y nada menos que el “país, a los de su raza y a la familia de su padre”.

Yavé exige a Abrahán que abandone la seguridad de su entorno; la seguridad de su cultura, de sus valores y la seguridad de su familia y clan. Si le obedece recibirá bendiciones: una tierra prometida, una descendencia numerosísima, protección en contra de sus enemigos, buen nombre, hasta convertirse a sí mismo en bendición para otros.

Abrahán creyó… Abrahán obedeció: ¿Cómo está mi fe en Dios y mi obediencia a sus planes?

En la segunda lectura nos encontramos a Pablo, prisionero por la fe que predica y práctica, pidiendo a Timoteo que se una a él en la, no simple y sí difícil tarea, de predicar el Evangelio. Luchar, implica que hay una resistencia. El Apóstol, al exhortar a su discípulo a evangelizar, lo hace aludiendo al hecho de que Dios quiere la salvación de todos y que dicha salvación es gratuita. Una segunda razón por la que le pide que se le una en la predicación del Evangelio, es simplemente, porque todo ello corresponde al plan de Dios, plan de Dios “que se llevó a efecto con la venida de Cristo nuestro Salvador, que destruyó la muerte e hizo resplandecer la vida y la inmortalidad”.

¿Dónde buscas tú la vida? ¿Cómo responderemos a la exigencia bautismal de evangelizar? Pablo pide ayuda para continuar evangelizando, y lo hace desde su prisión. Hay quienes se dedican al evangelio sólo cuando no hay peligro de rechazo, burla o violencia. A veces nos olvidamos que, alguien muy bien ha dicho, los defensores más creíbles de la fe han sido y serán siempre los mártires.

En el evangelio de hoy encontramos el relato de la Transfiguración del Señor. Este relato tiene todos los ingredientes de las famosas teofanías (manifestaciones de Dios) del Antiguo Testamento: la montaña (cerro alto en este caso), con fenómenos extraordinarios y reacciones de miedo o temor por parte del vidente.

Jesús se manifiesta en su gloria. Lo hace en un momento muy importante en su catequesis: ha anunciado la pasión; están subiendo a Jerusalén y puede haber desánimo entre los seguidores. Esta manifestación de Jesús, acompañada de Moisés y Elías, dos personajes asociados en el Pueblo Judío con el Mesías y la declaración del Padre sobre la filiación de Jesús, sirve para animar a los apóstoles, que por boca de Pedro, quieren quedarse donde están.

Es cuestión de espera, parece que les dice Jesús. Las ropas blancas y la prohibición de mencionar lo que han visto “hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado” todo parece conectado con la Resurrección, con la victoria final.

Este evangelio nos puede servir mucho a aquellos de nosotros que a veces sentimos miedo en nuestro seguimiento de Jesús. Es bueno recordar lo que Pedro llegó a experimentar al ver a Jesús en su gloria. Fue algo tan extraordinario, que ya no necesitaba nada más. Es verdad que habrá dificultades, incertidumbre, penas, pero si perseveramos veremos la gloria de Dios, y entonces podremos decir como Pedro: “Señor, ¡qué bien estamos aquí!


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