Posted by: bishopgonzalez | December 6, 2013

El peligro de bajar la guardia

El peligro de bajar la guardia

Advent wreath with burning candles

 MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF

Obispo Auxiliar de Washington

•Is 2,1-5

•Sal 121

•Rom 13,11-14

•Mt 24,37-44

 Comenzamos un nuevo año litúrgico. Con este primer domingo de Adviento se da comienzo a ese tiempo de preparación inmediata para la celebración de la Navidad. Sin embargo la lectura evangélica no está centrada en esa primera venida del Señor, sino más bien en la segunda, aunque también es verdad que el Señor siempre está viniendo, siempre está presente en medio de nosotros como Él mismo nos lo anunció y nos lo prometió.

Si quisiera resumir el mensaje del evangelio que hoy nos presenta la sagrada liturgia, es sin duda una actitud de vigilancia. En nuestra vida cotidiana nos encontramos con gente que continuamente nos llama a la vigilancia. El médico nos habla de vigilar nuestra salud, la policía de tránsito el conducir sin distracciones, los directores espirituales nuestra relación con Dios, nuestros padres el cuidar el honor de la familia, los maestros exigen nuestra atención al estudio. Todo es vigilar, vigilar y más vigilar.

La vigilancia, el estar atentos y despiertos al ahora está muy bien descrito en la frase evangélica: “Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor”. Creo que no hemos de perder el tiempo buscando la fecha del fin del mundo, que tantos han querido anunciar con exactitud, y que se han equivocado rotundamente, pues ese conocimiento nadie lo tiene, “ni los ángeles del cielo”, así que a vivir y estar siempre preparados para cuando ello suceda.

Entre los primeros cristianos hubo una cierta preocupación y un tanto de desilusión porque habían pensado que el Señor iba a venir pronto y se dieron cuenta que no era así. Esa esperanza de verlo pronto de nuevo no estaba teniendo lugar.

Tenemos que insistir en esa vigilancia pues hay el peligro de que bajemos la guardia, como se suele decir. Hay el serio peligro de que con ese retraso de acuerdo con nuestro calendario, perdamos el interés y la vigilancia.

¿En qué consiste esa vigilancia? En estar preparados, con lo cual no importa el momento o la circunstancia de su llegada. Llegue cuando llegue, como las vírgenes prudentes del evangelio, tienen suficiente aceite en sus lámparas para iluminar la llegada del novio a la casa de la novia.

Me parece oportuno recordar ese pasaje del evangelio de Mateo, evangelio que iremos leyendo un gran número de domingos este año litúrgico, cuando nos relata cómo el Señor ha estado hambriento, sediento, desnudo, enfermo, encarcelado y recién llegado al país y no nos hemos preocupado de cuidarle, de ofrecerle ayuda. Ahí está la falta de vigilancia, pues hemos sido de esos que aun teniendo ojos no hemos visto la necesidad, y teniendo oídos no hemos escuchado el grito del olvidado, del oprimido, del desahuciado.

Estar despiertos es convertirnos y ser proveedores de esperanza para los que ya la han perdido. El Santo Padre Francisco nos exhortaba a ser signos visibles, claros y radiantes de esperanza para todos. El mismo Santo Padre al hablar de esa segunda venida del Señor nos anima a que “nos preparemos para un encuentro, un hermoso encuentro con ese Cristo”, al mismo tiempo que nos exhorta a que no miremos ese momento final de la historia, ese juicio final con miedo alguno, sino que sea un motivo, una razón para vivir bien el presente pues nos ofrece este tiempo con paciencia y misericordia para que aprendamos a reconocer en Él al pobre y desamparado.

Esta insistencia del evangelio para que no nos durmamos y perseveremos en la vigilancia, no debemos tomarla como una amenaza, sino más bien como una oportunidad que el Señor nos concede, para que ayudados de su gracia y en comunión con nuestros hermanos en la fe, vayamos acercándonos más y más a esa santidad a la que todos hemos sido llamados. Esa sí que será una buena forma de estar vigilantes y despiertos, siempre alertas para participar en el banquete celestial.

Este domingo prendemos la primera vela de la corona de Adviento. Ojalá que según vayan pasando los días, aumente la luz de la justicia, la paz, el entendimiento, el amor y la reconciliación en este mundo y vayan desapareciendo del mismo las tinieblas de la injusticia, la opresión, las guerras, el hambre. Dios quiera que cuando el Niño Jesús (inmigrantes, pobres y enfermos) venga estas Navidades, encuentre posada.


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