Posted by: bishopgonzalez | November 7, 2013

Pensando en la muerte y en el más allá

Pensando en la muerte y en el más allá

RESURR~1

 MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF Obispo Auxiliar de Washington

 §2 Mac. 7, 1-2.9-14

§Sal. 16

§2 Tes. 2, 15-3, 5

§Lc. 20, 27-38

En la primera lectura nos encontramos la narración de un hecho lleno de poesía y de crueldad: el martirio de unos hermanos que prefirieron dar la vida antes de ofender a Dios quebrantando su ley. Me atrevo a decir que es una lástima que la lectura litúrgica comprenda los versículos del 20 al 23 de este mismo capítulo para contemplar la reacción extraordinaria de la madre que vé sacrificar a sus siete hijos y cómo, esta mujer “admirable de todo punto y digna de glorioso recuerdo”, anima a sus hijos a la fidelidad a Dios, incluso cuando esa fidelidad tiene como consecuencia el martirio.

Este es también un pasaje donde encontramos la idea de la resurrección, no una reencarnación como algunas religiones defienden, del alma volviendo una y otra vez reencarnada según la vida que ha llevado anteriormente, sino como la profesamos nosotros: “Creo en la resurrección de la carne”. El segundo y cuarto hijo hablan “de la resurrección” para los que han cumplido con la voluntad de Dios.

En el evangelio nos encontramos de nuevo con el tema de la vida venidera. Los saduceos parece que quieren ridiculizar la creencia en la resurrección y por eso le presentan a Jesús un caso un tanto insólito: siete hermanos que, de acuerdo con la Ley del Levirato, a la muerte de uno y sin descendencia el siguiente debe casarse con la viuda para darle hijos. Resulta que todos van muriendo, todos se han ido casando con la viuda, ¿de cuál de ellos, preguntan a Jesús, será esposa en la vida futura?

El Señor, como siempre, contesta sin contestarles. Esta vida es temporal, nuestras relaciones humanas son temporales, nuestra relación con Dios es perpetua, por tanto la pregunta no tiene razón de ser. No tiene razón tampoco, pues porque aquí las personas sí se casan, pero en la otra vida no se casan.

Podríamos hacernos la pregunta que Pablo hace en 1Cor. 15,35 según explicó Javier Gafo, SJ, q.e.p.d., en unas de sus publicaciones: “Alguno preguntará: ¿Y cómo resucitan los muertos? ¿Qué clase de cuerpo traerán? Necio, lo que tú siembras no cobra vida si antes no muere. Igual pasa en la resurrección de los muertos: se siembra lo corruptible, resucita incorruptible; se siembra lo miserable, resucita glorioso; se siembra lo débil, resucita fuerte; se siembra un cuerpo carnal, resucita un cuerpo espiritual”.

No sabemos cómo será esa vida, pero sí sabemos que Dios es Dios de vivos, y todo eso está en sus manos. Dicen de Lutero que, estando para morir, alguien le preguntó: ¿Cómo será la vida futura? Él respondió: Eso es cosa de Dios.

Estamos en pleno mes de noviembre, mes que comenzamos recordando a los que nos han precedido. En el Día de los Difuntos celebramos la vida y la muerte de nuestros seres queridos, y pensamos en ellos, y los echamos de menos, y lloramos por ellos y damos gracias porque Dios nos los dió por un tiempo. Un mes propicio para pensar en la muerte y en el más allá. Nuestra fe dá sentido a ese momento crucial de nuestra vida, la muerte. Nuestra fe nos habla de resurrección y vida eterna, nuestra fe está en el Cristo Resucitado, nuestra fe nos dice que todo eso “es cosa de Dios”.

A nosotros nos toca en el ahora, en el hoy, seguir e imitar a Cristo que es el Camino, la Verdad y la Vida para poder decir con la misma esperanza del salmista: “Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor”.


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