Posted by: bishopgonzalez | October 20, 2013

Ora siempre, sin desanimarte

Ora siempre, sin desanimarte
MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF Obispo Auxiliar de Washington

 -Ex. 17, 8-13

-Sal 120

-2 Tim. 3, 14-4,2

-Lc. 18, 1-8

Estamos en el vigésimo noveno domingo del Tiempo Ordinario. Con éste y los dos domingos siguientes habremos terminado “la subida a Jerusalén” acompañando al Señor, mientras Él impartía sus enseñanzas a los discípulos, y también a todos los que le hemos seguido. El evangelio de hoy tiene una cierta afinidad con el señalado para el domingo decimoséptimo (Lc. 11, 1-3). Al comenzar el evangelio de hoy muy claramente nos dice el evangelista lo que podemos esperar: “Jesús les propuso a sus discípulos este ejemplo sobre la necesidad de orar siempre, sin desanimarse jamás”.

Podríamos decir que las palabras claves para la reflexión de este pasaje evangélico son: esperanza y perseverancia. Jesús enfrenta a una viuda, que en la Sagrada Escritura representa a los más desamparados, a un juez sin principios “que no temía a Dios ni le importaba a nadie”.

Al echar una ojeada al mundo en que vivimos y que nos rodea vemos la violencia que reina tanto contra las personas como contra la naturaleza: sentencias injustas, acusaciones falsas, abuso de poder, falta de solidaridad, opresión abusiva, estilos de vida deshumanizantes. Ante semejante cuadro, en especial al ver que en muchas ocasiones el mal nos lleva la delantera no nos podemos desanimar, se nos pueden caer los brazos como a Moisés ante el peso de tanta perversión.

El mal, incluso la abundancia del mismo, no puede ni debe ser razón para que el cristiano pierda la esperanza. La roca (1 lectura) en que nosotros podemos y debemos apoyarnos es Jesucristo mismo, porque Él nos ha enseñado cual es el camino, mejor dicho, quien es el camino. Necesitamos ser miembros de “la resistencia”, debemos resistir toda inclinación al desánimo y desconfianza, porque como Pablo recuerda a su discípulo Timoteo (2 lectura), debe “permanecer firme en lo que ha aprendido”.

Lo que ha aprendido es ni más ni menos que “tenemos salvación por la fe en Cristo Jesús”; que un hombre viejo y cansado como Moisés por el poder de Dios vence a los que le atacan; que pastorcillos como David pueden vencer a gigantes como Goliat.

La promesa del triunfo del bien sobre el mal está ahí, aunque el calendario de Dios no es el mismo que el nuestro. Sin duda que se hará justicia y se escuchará a los pobres, a los necesitados, a las viudas, a los leprosos. El grito del desamparado llega a los oídos de Dios y Él ha prometido acción: pedid y recibiréis, buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Pues al que pide se le dará, el que busca, hallará y al que llama se le abrirá. ¿Cuándo? La fe nos dice que eso ocurrirá en el momento oportuno. Mientras tanto hay que “orar siempre, sin desanimarse jamás”, pues si “vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará! (Lc. 11, 12).

Este fin de semana celebramos la 87º Jornada Mundial de las Misiones, recordamos y damos gracias por todos esos misioneros y misioneras, laicos, religiosos/as y sacerdotes comprometidos por un mundo mejor.

También este fin de semana se clausura el Año de la fe, a cincuenta años de distancia del inicio del Concilio Vaticano II, “es un estímulo para que toda la Iglesia reciba una conciencia renovada de su presencia en el mundo contemporáneo, de su misión entre los pueblos y las naciones,” nos dice el papa Francisco en su mensaje. Coincidiendo con el reto de la nueva evangelización ,a la que nos han exhortado los últimos tres Papas, y que San Pablo le recuerda a Timoteo: predica la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo.
La Buena Noticia del Reino se ha de proclamar, incluso en aquellas circunstancias en las que no caiga bien y nos cueste algunos sacrificios, como les sucedió a los 522 mártires de la Guerra Civil Española que murieron por odio a la fe y cuya beatificación se llevó a cabo este pasado domingo 13 de octubre con una celebración eucarística en Tarragona, con el lema ¨Los mártires del siglo XX en España, firmes y valientes testigos de la fe.” Siempre confiando como nos recuerda el Salmo 120: “El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra”.


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