Posted by: bishopgonzalez | September 20, 2013

Nadie puede servir a dos señores

Nadie puede servir a dos señores

 administrador-Sagaz

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF Obispo Auxiliar de Washington

-Am. 8.4-7

-Sal 112

-1 Tm. 2, 1-8

-Lc. 16, 1-13

Damos hoy comienzo a la vigésima quinta semana del Tiempo Ordinario. Comenzamos la Liturgia de la Palabra con la Cuarta visión de Amós: un canasto de frutas maduras. El significado es obvio: llegó el final para esas frutas. El Señor señala que ha llegado el final para su pueblo, pues cometen la injusticia y viven de ella a costa del pobre.

Para el profeta los pecados que Israel ha cometido no tienen remedio ya y el castigo está a la puerta. Los pecados contra los que él arremete son sociales y religiosos.

Entre los de aspecto religioso está la práctica de un culto vacío e hipócrita, que se hace para cumplir y nada más, es un culto de cumplimiento, de cumplo-y-miento. El profeta acusa a aquellos que incluso emplean el “día del Señor” para maquinar más injusticias y no ven el momento que acabe el sábado/domingo para ponerlas en práctica.

En el aspecto social, el profeta embiste contra el lujo, injusticia y opresión de los pobres. Los llama “explotadores” porque disminuyen la medida, aumentan el precio, usan balanzas con trampa y como el pobre no tiene dinero, se tiene que vender como esclavo para sobrevivir.

Sus palabras son duras y al fin acaba en el destierro. Pienso si el profeta no tendría una máquina del tiempo y estuviera viendo el mundo de nuestros días.

Imagínense, esas jóvenes que llegan a este país engañadas por personas sin escrúpulos; esos jóvenes soñadores que se les niega la educación; esos que abusan de sus empleados/as “guardándoles” su pasaporte, o no pagándoles su justo salario pues son indocumentados o porque hay miles más esperando tener un trabajito; esos que se aprovechan de la ignorancia de otros para negarles sus derechos porque no saben cómo defenderse o porque carecen de los medios para hacerlo.

Dios no se olvidará de cómo tratamos a los pobres. ¿Se fijará sólo en las corporaciones internacionales que exprimen a tantos pueblos sin invertir en el desarrollo de los mismos, o extenderá también su mirada y su juramento a nosotros, que si bien estamos prontos a señalar la injusticia, es nuestra compañera cuando nos conviene? El grito del profeta debe penetrar, no solamente nuestros oídos, sino, principalmente nuestro corazón: “…el Señor lo jura por su Santa Tierra, que jamás se ha de olvidar de lo que ustedes hacen”. (1a. lectura)

El salmo (112) de nuestra liturgia nos recuerda la actitud de Dios: “Levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre”.

San Pablo también nos habla del culto (2ª lectura) pero en otro sentido. él pide que se ore por todos, para que los líderes por la paz y la justicia y todos podamos vivir en paz y tranquilidad, y también oramos por todos porque “Dios quiere que todos los seres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”.

En este evangelio de la parábola del “mayordomo deshonesto”, no es él el verdadero protagonista de esta lectura, sino el reto que Jesús hace a los que estaban escuchando pues había quienes escondían bajo sus prácticas religiosas una gran cantidad de pecados, de injusticias, de abusos. Se contentaban con la mera práctica externa. Jesús les reta a ser “un poco más listos” para verdaderamente conseguir esa salvación que ellos ya creen tener, pero que la realidad es que están muy lejos de ella, pues bien claro el Maestro se los dice: “Nadie puede servir a dos señores”, y muy especialmente cuando estos señores tienen valores tan distintos y dispares: “Ustedes no pueden servir al mismo tiempo a Dios y al dios Dinero”.

La enseñanza que encontramos en el evangelio, creo yo, no es una condenación del dinero, pues ya desde tiempo inmemorial la sociedad lo estableció para funcionar bien: con él se consigue lo que necesitamos para vivir: el alimento, el vestido, la casa, el transporte, los medicamentos; con él somos remunerados por nuestro trabajo, etcétera. La cuestión es su uso y las motivaciones que tenemos para su uso. Como actuamos, movidos por el corazón o por el bolsillo.

Al acercarnos a la Mesa del Señor, compartimos de su abundancia. ¿Estoy yo dispuesto a compartir de lo que yo tengo? ¿uso Yo el dinero, o el dinero me usa a mí?


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