Posted by: bishopgonzalez | August 24, 2013

Destruye todo lo que separa

Destruye todo lo que separa
puertaestrecha
MONS. FRANCISCO GONZÁLEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington

Is 66,18-21
Sal 116
Hebr 12,5-7.11-13
Lc 13,22-30

La primera lectura nos trae un mensaje de esperanza para el mundo entero. Verán la gloria de Dios no solo aquel primer pueblo elegido, sino también los paganos, pues va a reunir a las naciones de todas las lenguas. De entre todos ellos elegirá sacerdotes y levitas. El Señor destruye, aborrece todo lo que sea fronteras, todo lo que sean murallas que separan unos de otros, desea que todos vayan a él, como hermanos y de la forma que sea, anuncia que hasta el Monte Santo de Jerusalén vendrán a traer ofrendas al Señor, llegarán a caballo y en carros y en literas, en mulos y dromedarios. Todos y de todas partes como única familia del Dios creador.

El evangelio de este domingo vigésimo primero nos presenta a Jesús camino de Jerusalén y que mientras camina va enseñando, va tratando de convertir a la gente y que pasen de una religión, por decirlo de alguna forma, a comprometerse con el reino de Dios, que eso es lo que ha predicado desde el comienzo de su vida pública/misionera.

En esta ocasión se le acerca uno de entre la gente y que parece estar un tanto preocupado con los números: ¿serán pocos los que se salven? Todavía seguimos contando, tal vez porque sea lo más visible y lo más sencillo, y sin embargo no es lo más importante. Siempre estamos averiguando cuántos entran a la Iglesia en la Vigilia Pascual, cuántos asisten a misa, cuántos nos han dejado, etcétera.

Habrá en algún momento la necesidad de preguntarnos, digo yo, si los que entran se quedan, y si se van sería bueno, en lo posible, preguntarles el por qué. Sin duda alguna que Dios quiere la salvación de todos, esas distinciones que nosotros hacemos no afectan su plan salvífico. Lo que si lo afecta, si queremos ir al meollo de la cuestión, es la actitud que nosotros desarrollemos ante su propuesta. El entrar por la “puerta estrecha”, no se refiere al tamaño de la misma, sino al compromiso, incluido sacrificio, de seguir a Jesús con todas las consecuencias.

Algunos queremos exigir nuestra salvación basado en el haber hecho cosas extraordinarias, como nos cuenta el evangelio de los que clamaban haber hecho milagros, de haber comido y bebido con el Maestro, de haber predicado y dado clases de catecismo o teología. Si eso es todo, es posible que oigamos esa terrible respuesta del Señor: “No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados.”

Lo que nos pide Dios para poder entrar en el cielo es pasar por la puerta, que no es otra que el mismo Jesús, y lo que él nos pide, como muy bien nos dice Pagola: “No es rigorismo legalista, sino amor radical a Dios y al hermano”. Eso sí que es “puerta estrecha”. En nuestra sociedad nos centramos cada uno en uno mismo, todo lo quiero para mí, y no me abstengo de nada que me haga sentir bien, disfrutar y mandar: ancha es Castilla, como dice algunos.

La salvación, mi salvación no va a depender de todas esas cosas externas que yo hice, pues las pude hacer para que me vieran, para impresionar a los demás, para tener la oportunidad de una foto con este o aquel personaje, o de una invitación a aparecer en un programa de televisión. Mi salvación depende, en primer lugar, en esa gran misericordia de Dios, y en mi respuesta al llamado para seguir y ser discípulo de Jesús, llegando a beber de su cáliz y recibir su bautismo, llegar a ser su testigo todos y cada día de nuestra vida, subiendo con él al altar del sacrificio abrazados a él en la cruz, como nos recordaba el papa Francisco en la primera misa después de su elección.

Todo lo que hagamos debe hacerse en el nombre del Señor, para gloria de él y el bien de nuestros hermanos. El hecho de que lleguemos puntualmente primeros al banquete, no significa que vamos a sentarnos en la presidencia, tal vez ese puesto se lo den a los que llegaron tarde, a los que llegaron los últimos porque se habían entretenido ayudando a un pobre malherido que se habían encontrado en el camino.

Lo que Jesús nos pide… ‘no es rigorismo legalista, sino amor radical a Dios y al hermano’


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