Posted by: bishopgonzalez | May 2, 2013

El ‘pecado’ de ser diferente

El ‘pecado’ de ser diferente
paz
MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington

•Hch 15,1-2.22-29
•Sal 66,2-8
•Ap 21,10-14.22-23
•Jn 14,23-29

El viaje misionero de Pablo y Bernabé abrió las puertas de la fe a muchos gentiles. Vale la pena notar que este hecho causó gran alegría en la comunidad primitiva de los seguidores de Cristo, sin embargo algunos quisieron forzar a estos nuevos cristianos a aceptar ciertas reglas que eran culturales y no necesarias para la salvación.

Al leer la primera lectura nos encontramos con algo tan humano como es defender la propia ideología, añadiendo, como muro de sostén, consecuencias de la propia cosecha que no tienen que ver con la verdad: “Si no se circuncidan, no podrán salvarse”. Pablo y Bernabé protestan ante semejante disparate, pero siempre hay apóstoles de la nostalgia con quienes hay que trabajar, y por eso la gente de Antioquía deciden consultar con los que poseen la verdadera autoridad y así mandan representantes a la iglesia madre en Jerusalén. Por eso fue necesario reunir un concilio y en plena colegialidad, después de una escucha humilde a la voz del Espíritu Santo, se decide por la universalidad y en contra de las cargas innecesarias, esas tradiciones que no son necesarias para la salvación, fe en Cristo Jesús sí es necesaria.

Nos encontramos ante un ejemplo de inculturación, algo que todavía no hemos conseguido del todo en nuestra comunidad de fe.

La segunda lectura está en la misma línea del domingo pasado. De nuevo estamos ante un mensaje de esperanza, incrustado en todo ese simbolismo: la nueva Jerusalén viene de Dios, trae la gloria de Dios, brilla como piedra preciosa, su fortaleza y solidez se representa por las grandes y altas murallas. Por las doce puertas se nos recuerda al pueblo de la Antigua Alianza, por las doce piedras de cimientos con los nombres de los doce apóstoles del Cordero, se nos habla del pueblo de la Nueva Alianza (La Iglesia) y los cuatro puntos cardinales, la universalidad de este nuevo Pueblo. En la nueva Jerusalén ya no hay templo pues ya está ahí el Dios Todopoderoso y el Cordero.

Tanto la primera lectura como la segunda son una gran enseñanza para nosotros, que a veces, queriendo o sin querer, cerramos las puertas de nuestra comunidad de fe a gentes, ideas, culturas y costumbres diferentes a las nuestras. Su único “pecado” es que son diferentes y nada más, de ninguna forma son amenaza destructiva, si no más bien una pieza más del mosaico, que cuando está bien colocada, da brillantez al mismo.

En el evangelio seguimos a la mesa con el Señor durante la Última Cena. Los apóstoles presienten y sienten una separación inmediata y Jesús, siempre el Buen Pastor, trata de dar una respuesta a sus miedos: Mientras ellos le amen, no habrá separación, “porque Él y el Padre harán morada en ellos”; van pronto a entender todas esas cosas que han visto y oído durante casi tres años, “pues el Espíritu Santo Defensor les va a ayudar en todo”; les dice que no se angustien “pues Él es el que les da la paz, la verdadera paz”.

Hoy en día parece que el stress es una actitud dominante en la vida de una gran mayoría de gente. Si tienen salud, dinero, amistades, etcétera, sufren stress porque hay alguna posibilidad, por remota que sea de perder algo de lo que tienen; si no se tiene, hay stress, claro está porque no hay para cubrir las necesidades.

Dentro de la comunidad eclesial hay quienes quieren ser los inquisidores, y no faltan los que prefieren ser contestatarios o inconformistas, casi ya revolucionarios y así, entre un extremo y otro, vivimos angustiados, ansiosos, o sea, tocando con los dedos la infelicidad, que hace de nuestra fe una carga, un peso pesado que no nos deja caminar con elegancia.

San Agustín tiene una fórmula extraordinaria que nos debe hacer pensar. Dice él: “En lo necesario, unidad; en lo dudoso, libertad; pero en todo, caridad”. Hay muchas cosas superficiales, hay muchas preocupaciones innecesarias, hay muchas actitudes dañinas. Jesús insiste: “Les dejo la paz, les doy la paz…que no haya en ustedes ni angustia ni miedo”.

Oremos por todos los que hoy formamos la Iglesia: para que, con la luz y la fuerza del Espíritu, seamos en medio de los hombres y mujeres de hoy, fieles a la Buena Noticia que recibimos de Jesús.


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