Posted by: bishopgonzalez | April 12, 2013

El amor, el principal mandamiento

El amor, el principal mandamiento
vocaciones 3
MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington

Hech 5,27-32.40-41
Sal 29
Ap 5,11-14
Jn 21,1-19

La primera lectura nos recuerda algo histórico, algo que se viene repitiendo desde los primeros días: predicar el evangelio puede traer dificultades, sufrimientos, e incluso la muerte a aquellos que lo proclaman. El Sanedrín ve en los seguidores de Cristo una amenaza para lo que ellos son y defienden. Los dirigentes espirituales del pueblo encarcelan y castigan a los apóstoles, les prohíben la predicación, además de azotarles y sin embargo esos mismos apóstoles responden que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres y se “marchan contentos de haber sufrido por el Señor”.

De una forma u otra, la historia se repite hasta hoy, en los comienzos del siglo XXI de cristianismo.

La lectura evangélica nos presenta como dos historias distintas: la pesca milagrosa y las preguntas de Jesús a Pedro antes de darle el encargo de pastorear el rebaño.

Jesús, y esta es la tercera vez, se les aparece a los apóstoles. Son siete de ellos que están pescando en el lago de Tiberiades. Han tenido una noche fatal, o sea que han faenado sin ningún resultado. El Señor les señala dónde echar las redes y pescan ciento cincuenta y tres (el número de especies que se conocían entonces) como para indicar la universalidad de la pesca de hombres.

Como lección para aprender, especialmente en nuestro intento misionero o de evangelización es que debemos buscar y hacer de acuerdo con la voluntad de Dios y la guía del Espíritu. Nosotros solo somos instrumentos en las manos del Señor y el éxito (la pesca abundante) depende de Él.

Después de desayunar lo que el mismo Jesús les había preparado, Jesús entabla un diálogo con Pedro y por tres veces le pregunta: ¿Me amas más que estos? ¿Me amas? ¿Me quieres? Pedro responde en afirmativo las tres veces, incluso en la última respuesta la ofrece con un cierto sentimiento de tristeza/remordimiento, pero con la firmeza de que sabe dice la verdad: “Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero”.

Este diálogo de Jesús con Pedro ha estado muy presente en mi cabeza y corazón estas últimas semanas. Desde que el papa emérito Benedicto XVI anunció su renuncia al ministerio petrino, todos los expertos y los que creían serlo, escribieron, hablaron y públicamente declararon la clase de Papa que debería ser elegido. Revisando todas las necesidades de la Iglesia, reales y ficticias, describían las cualidades que debía tener el sucesor de Benedicto XVI: edad, salud, nacionalidad, dotes administrativos, de derecha, de izquierda. Y si no recuerdo mal, nadie se esperaba al padre Jorge, como le llamaban por su querida Argentina.

Yo no soy juez, ni profeta, ni historiador, en realidad soy poca cosa, pero me atrevo a decir que tal vez eso del amor a Cristo haya tenido algo que ver en la elección. No sé si el antiguo cardenal Bergoglio amaba a Jesús más que los otros Señores Cardenales, pero de lo que estoy convencido es que él amaba y ama a Jesús de todo corazón, y por eso en su primera homilía predicada a los cardenales electores les hablaba de abrazarse a Cristo, al Cristo crucificado y que eso era lo que verdaderamente nos hace discípulos del Señor, pues como les recodaba y nos recuerda a todos: seremos todo lo que queramos ser, incluso sacerdotes, obispos, cardenales, Papa, pero si no nos abrazamos cariñosamente al Cristo colgado en la cruz, no seremos sus discípulos, y menos aún, añadiría yo, podremos ser pastores del rebaño que nos ha señalado.

Es el amor el principal mandamiento, es el amor lo que nos distinguirá como sus discípulos, es el amor lo que resolverá los retos de nuestra sociedad. El amor vivifica, el amor abre nuestros corazones hacia Dios y a nuestros hermanos/as, el amor llena los valles, rebaja las montañas y endereza los caminos. El amor hace que brille la sonrisa del enfermo incurable a quien cuidamos, del anciano que alimentamos, del criminal a quien perdonamos, del niño de la calle que adoptamos, de la joven abusada a quien le damos el respeto que se merece y se le proporciona la libertad que le pertenece.

Amar a Jesús y amar a nuestro hermano/a. Si alguien tiene mejor formula para la convivencia y desarrollo de la humanidad, que lo anuncie lo antes posible, pues de sufrimiento ya tenemos bastante.

 


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