Posted by: bishopgonzalez | March 28, 2013

Semana Santa: un reto a mirar el mundo

Semana Santa: un reto a mirar el mundo

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington

Hech 10,34.37-43
Salmo 117
Col 3,1-4
Jn 20,1-9

Hemos vivido una semana de grandes acontecimientos. El domingo pasado escuchábamos esa historia bellísima de Jesús entrando en la Ciudad Santa, la ciudad del Templo, de la Casa de Dios. Aunque por otro lado es también la ciudad donde matan a los profetas.

Siguiendo la Semana Santa , el Jueves Santo, vimos al Señor cenando con… sus más íntimos amigos y colaboradores. Un momento gozoso como son las comidas con los amigos, aunque en este caso, no del todo pues entre esos doce había un traidor que lo vendió, otro que negó conocerlo, tres que no supieron acompañarlo en su momento de depresión, y el resto que echaron a correr en cuanto vieron el peligro. Parece ser que solo uno regresó a su lado en el momento más crítico.

El Viernes Santo escuchamos con gran atención esa narración de la Pasión: prendimiento, juicios, falsos testigos, latigazos, escupidas, corona de espinas, burlas, madero pesado sobre los hombros, caídas repetidas, desnudamientos, clavos, crucifixión.

Y allí en ese monte llamado Calvario había gente, gente dividida en grupos. Sobresalían los líderes religiosos, allí estaba la jerarquía vestida con sus mejores galas como para demostrar su autoridad, sintiéndose representantes de Dios Padre, mientras mataban a su Hijo, a quien habían condenado abusando de su poder, como queriendo expresar la voluntad divina, cuando en realidad lo único que buscaban era su propio honor, y que nadie les quitara el puesto.

También había otro grupo en uniforme, eran los soldados que con la excusa de obedecer, habían abusado de su posición para destrozar al inocente, que en vez de revelarse, los perdonó de todo corazón.

Había también, como no, los curiosos que les gusta estar en medio de todo pero que nunca se comprometen con nada. Están al corriente de todo y lo saben todo, excepto lo que verdaderamente está sucediendo.

No faltaron los transeúntes que se acercaban a Jerusalén con los animales que serían sacrificados para la celebración de la Pascua, pero que por ser forasteros, no se daban cuentan que el verdadero sacrificio, el sacrificio del Cordero de Dios, se estaba realizando ante sus ojos.

Dos personajes más estaban allí, aunque en contra de su voluntad: eran criminales, uno de los cuales entendiendo lo que sucedía se salva, y el otro, cegado por la ira, no parece aceptar la salvación que tenía allí a su lado.

Por último, también había un grupo de buena gente: una madre con el corazón rasgado, unas discípulas inconsolables y un discípulo, más hermano que otra cosa.

Cabe preguntarnos: ¿Con quién de ellos me identifico yo?

Ayer Sábado de Gloria nos tuvimos que enfrentar con el Cristo en la tumba, con la soledad de habernos quedado solos, aunque por poco tiempo ya que una vez que el sol se había escondido, comenzó esa Vigilia de la luz, del agua (vida), del nuevo fuego para anunciarnos lo que pasó hace unos dos mil años: el muerto ha resucitado, la vida ha destruido la muerte, la gracia ha vencido al pecado, el amor ha triunfado sobre el odio, y el perdón ha substituido al rencor y la enemistad.

Sí, Jesús, como había anunciado y prometido, ha resucitado y ha marcado el camino que nos lleva a nuestro destino, que no es la muerte, sino la vida, la vida eterna pues hemos escuchado su Palabra y hemos creído en ella: “Yo soy, decía Él, la resurrección y la vida. El que crea en mi, aunque haya muerto vivirá”.

Hoy celebramos la Resurrección del Señor.

María Magdalena buscó a Jesús, donde no estaba, aunque luego se encontró con Él. ¿Dónde lo buscamos nosotros? No en el simple cumplimiento (cumplo y miento) de una religión puramente ritual, en una iglesia dividida (nos lo recordaba Benedicto XVI), en una fe estéril y solo de apariencias, en formas o formularios afectados por una artrosis espiritual. Jesús está vivo y nos invita a la vida, nos desea la paz y nos reta a no tener miedo, porque estando junto a Él nos convertimos en la fuerza de mayoría absoluta.

La elección del papa Francisco nos está retando a mirar el mundo, la vida, el cargo, incluso algunos aspectos de la misma Iglesia y todo lo que nos rodea, de una forma un tanto distinta. Todo debemos hacer que se convierta en instrumento que nos ayude a abrazar al Cristo Crucificado, la única forma de poder celebrar con el Cristo Resucitado.


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