Posted by: bishopgonzalez | February 7, 2013

Todo cristiano tiene una vocación

Todo cristiano tiene una vocación
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MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington

-Is. 6, 1-2.3-8
-Sal 137,1-8
-1 Cor. 15, 1-11
-Lc. 5, 1-11

Si buscamos un tema común que corre a través de Liturgia de la Palabra para este fin de semana es, sin duda alguna, el tema de la “vocación”. En la primera lectura, el llamado de Isaías. En la segunda lectura, San Pablo explica que él es también apóstol porque fue llamado por el Señor. Por último, en este comienzo del capítulo V de San Lucas encontramos la narración del momento en que Cristo anuncia a las dos parejas de hermanos, que desde ahora en adelante serán “pescadores de hombres”.

En tiempos pasados más que ahora, aunque sin embargo todavía se dá, que al hablar de vocación, se pensaba siempre en los llamados a la vida consagrada. Todo cristiano tiene una vocación, pues todo cristiano ha sido llamado por Dios a la fe por el bautismo que hemos recibido y de ahí se sigue que hemos sido todos llamados a la conversión, al discipulado, a la santidad y al apostolado. Cada uno según los carismas que haya recibido, pero todos participamos de ese llamado.

Por el bautismo recibimos la vida de la gracia, la vida divina, el Espíritu que nos fortalece y guía para hacer profesión de nuestra fe en Dios. Cristo desde el comienzo de su ministerio público llama a la conversión, que cuando respondemos con generosidad podemos llegar a la santidad, no por nuestros méritos propios, sino por la gracia del mismo Dios que nos ha llamado y nunca nos abandona. Por último, todo llamado de Dios incluye una misión, el apostolado que todo bautizado debe hacer y que en estos tiempos el Papa y nuestro arzobispo nos lo recuerda constantemente con la invitación urgente que nos han hecho a toda la Iglesia para una nueva evangelización, que es el mismo mensaje de siempre: CRISTO RESUCITADO, pero anunciado con una nueva energía y entusiasmo, en una forma que llegue al corazón del ser humano y de las instituciones políticas, sociales, económicas, artísticas y demás que están a su servicio.

En los relatos de estos tres llamados que estamos contemplando en la liturgia de este fin de semana, encontramos en los tres casos el itinerario del desarrollo de la vocación que se dá en la Sagrada Escritura. Comienza todo con la iniciativa de Dios que llama y el asombro, rayando en un miedo reverencial por parte de la persona que ha entrado en contacto con la divinidad. Un segundo paso ocurre cuando el Dios que llama explica la misión que le quiere confiar y por último la respuesta del que ha sido llamado.

En la primera lectura vemos al profeta Isaías, una vez purificado, respondiendo al Señor: “Aquí estoy, mándame”. San Pablo cuenta cómo también a él se le apareció el Señor y cómo desde entonces, cambiando su vida totalmente, se ha dedicado a responder y ser fiel al llamado recibido, y que como muy bien apunta todo se lo debe a la gracia de Dios. Por último los pescadores que abandonan la seguridad de su propio trabajo, para dedicarse a algo que todavía es más incierto que su propio oficio.

Jesús claramente nos dá a entender que busca colaboradores para su misión y trabajo. Él ha decidido no hacerlo todo, por eso, llama y sigue llamando a la gente para convertirla en “pescadores de hombres”. El establecimiento del Reino de Dios pide que colaboremos con Jesús en esa misión.

En las confirmaciones y donde quiere que vaya trato de hablar de las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa. ¿No te gustaría responder a la pregunta del Señor sobre tu disponibilidad? Como lo hizo Isaías y más tarde Pedro y sus compañeros: “Aquí me tienes, mándame a mí.”

Se necesitan voluntarios para la misión de proclamar la Buena Nueva, que es (2º lectura): Jesús murió por nuestros pecados y resucitó al tercer día, y nosotros estamos llamados a participar de la misma. Todo un mensaje de Buena Nueva.

Nuestra fe se fortalece, nuestra conversión se profundiza, nuestra santidad se realiza, nuestra misión se cumple cuando permitimos que Dios opere en nosotros sin que le pongamos obstáculos ni cortapisas. El ejemplo más sublime de vocación lo tenemos en la Santísima Virgen. El llamado fue divino, la respuesta perfecta: ‘Soy la esclava del Señor, hágase en mí según tu voluntad’ (Lc. 1,38).


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