Posted by: bishopgonzalez | February 2, 2013

El mejor camino: amor a Dios y al prójimo

El mejor camino: amor a Dios y al prójimo

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington

•Jer 1,4-5.17-19 •Sal 70 •1 Cor 12,31-13,13 •Image

La primera lectura nos presenta el llamado del profeta Jeremías. Un extraordinario profeta, pues como todos es elegido por Dios con una misión: “Diles lo que yo te mando”. La lectura de hoy no nos presenta su resistencia al llamado, algo que manifestó inmediatamente después de recibir el mensaje. Dios le exige obediencia, al mismo tiempo que le promete su ayuda pues lo va a convertir “en plaza fuerte, columna de hierro, en muralla de bronce”. El Señor no lo quiere engañar y le anuncia las dificultades, pero también le señala su victoria, porque el Dios que le llama, será el Dios que lo librará de los enemigos.

Un pasaje de antes pero que nos viene como anillo al dedo en nuestros tiempos de evangelización, para cuando nos sintamos sitiados por el enemigo, y dudando de nuestras capacidades, que si nos creemos que esto es solo nuestro, ciertamente que fracasaremos, pero no será así si verdaderamente aceptamos la ayuda “del que nos llamó y prometió estar con nosotros en la misión”.

La segunda lectura de nos viene de Pablo, el apóstol nos recuerda la ética de nuestro comportamiento y el espíritu con que hemos de responder al llamado de Dios: el amor, o como lo denomina el autor de la carta a los Corintios: el camino mejor, ese amor desdoblado en amor a Dios y al prójimo, algo que no se puede separar.

Ya en la tercera, lectura, o sea el santo evangelio, continuamos con el pasaje de la semana pasada. Todavía está Jesús en la sinagoga, todavía está hablando, pero lo que dice no es del agrado de todos, la verdad parece que no agradó a nadie, pues aunque quedaron maravillados en un principio de su palabras, resultaron demasiado para los asistentes.

Jesús era uno del pueblo, pueblo de poca monta, donde todos se conocen por nombre, y lo que es más, se creen conocer la vida de cada uno, y por eso parece que en situaciones semejantes hay tantos jueces como habitantes.

Todos conocen a Jesús, conocen su oficio, conocen a su familia, es simplemente uno de ellos, y ahora escuchan de su boca que es “el enviado” de Dios. ¡Hasta ahí, podíamos llegar, dirían algunos! Y en esa línea, como Él mismo indica, quisiera verle hacer esas cosas maravillosas que han oído decir ha hecho en Cafarnaún, y otros lugares”.

El Maestro les recuerda que su corazón no está donde debe estar, que no están en la onda de Dios, que solo quieren ver lo extraordinario, en vez de cambiar de vida. Y así cuando les recuerda el hecho de que “ningún profeta es bien recibido en su tierra natal”, y les recuerda el hecho de de viuda de Sarepta y de Naamán el leproso. Ninguno de ellos miembro del pueblo elegido, y sin embargo recibieron el favor de Dios, la primera comida para su sustento y el segundo la sanación de su enfermedad.

Algunos pensaron que ya no se podía escuchar o tolerar tanta desfachatez, y alborotando a toda la congregación, todos a una agarraron a Jesús, lo empujaron fuera del pueblo, con la intención de despeñarlo.

¡Pobres profetas! Nos vienen con la misión que se les ha encomendado de lo Alto, vienen para corregirnos como médico que nos aconseja para conseguir o recuperar la salud, nos anuncian que esa salud/salvación es posible si aceptamos el mensaje, lo cual exige cambio radical, claro está, pero preferimos deshacernos del profeta/médico, despeñarlo por el terraplén, sofocar su palabra y seguir en las nuestras, en nuestro lodo.

A pesar del griterío en Nazaret, de los empujones de unos y otros, de los gritos, insultos y amenazas de los jefecillos, “Jesús se abrió paso entre ellos y se alejó de ellos”, y es que lo mismo que Dios prometió al profeta Jeremías que “estaría con él para librarle”, así lo mismo hizo que Jesús, pues todavía no había llegado la hora, hora que señala Dios y no los hombres.

En muchas de nuestras reuniones solemos reservar un momento para rezar por las vocaciones, y creo que está dando resultados. Se nota un aumento en las vocaciones sacerdotales, diaconado permanente y vida consagrada. Tal vez deberíamos añadir alguna petición por los profetas, que libres de toda atadura proclaman la misión que Dios les ha confiado, aunque en el proceso sean criticados, juzgados, sentenciados y a veces ajusticiados, siendo ellos los que nos anuncian, en imitación de Cristo, quien nos lleva hacia la vida eterna.


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