Posted by: bishopgonzalez | January 20, 2013

Momento oportuno de renovar nuestra fe

Momento oportuno de renovar nuestra fe

 MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF

Obispo Auxiliar de Washington

 -Is 62,1-5

-Sal 95

-1 Cor 12,4-11

-Jn 2,2-11

 Después de celebrar el Bautismo del Señor y hasta comenzar la santa Cuaresma hay cuatro semanas que son parte del Tiempo Ordinario dentro del calendario litúrgico de la Iglesia. El Tiempo Ordinario no celebra en sí algún misterio en particular de la vida del Señor, excepto claro está, que todo domingo es celebración Pascual.

 La primera lectura de este segundo domingo del Tiempo Ordinario nos habla de la ciudad que fue destruida, Jerusalén, y a la que ahora están volviendo algunos encontrándola sin Templo y desecha. El profeta les recuerda las promesas del Señor sobre la misma, lo que la hace pasar ser conocida como “abandonada” y “devastada” a ser “mi favorita” y “desposada”. Todo un cambio, pues ahora el Señor la prefiere, ya no es castigada, y su relación con ella la compara al joven que se casa con su novia, a la alegría que el marido encuentra con su esposa.

 La Escritura con frecuencia usa los términos de boda y matrimonio para explicar la relación profunda que Dios tiene con su pueblo. Y en este pasaje del tercer Isaías, nos recuerda que Dios no se olvida de sus promesas, y así restaura a la destruida Jerusalén, como restaura siempre la relación quebrantada con el pecador, cuando este se arrepiente y vuelve.

 La segunda lectura nos recuerda la variedad que debe existir en la Iglesia, en contra de la uniformidad, la grandeza y maravilla de los diferentes miembros que forman el cuerpo, miembros todos que dentro de su diferencia están todos al servicio de uno, del cuerpo que forman, y la importancia de cada uno es su contribución al bien común. La grandeza de la Iglesia se realiza al darnos cuenta y en nuestra docilidad al único Espíritu que la guía, al único Dios que obra todo en todos. Es el Espíritu quien reparte los carismas o dones de acuerdo con su propia voluntad, y que no podemos creernos, por más alto que sean nuestros cargos, que los tenemos por méritos personales.

 Finalmente, en la celebración litúrgica nos ponemos de pie para escuchar la lectura del santo evangelio que en este caso cubre los primeros 11 versículos del segundo capítulo de San Juan. Un pasaje encantador y con un mensaje profundo. Este es el primer milagro de Cristo en el evangelio de Juan y que no lo llama milagro, sino “signo”, con el cual manifiesta su gloria y ayuda a crecer la fe de sus discípulos.

 Todo esto como resultado de la intercesión de su madre, quien le hace notar que se han quedado sin vino.

 Jesús, después de una respuesta que podría haber desanimado a otros, no impide que María, su nombre no se menciona, haga un acto de fe profunda y mande a los sirvientes hacer lo que su hijo les diga, y el resultado es que aparecen seiscientos litros del mejor vino.

 Las tinajas de agua eran para la purificación. El vino es el signo mesiánico de su gloria, sin olvidar que el vino es símbolo de la alegría, del amor, y también de la conversión por la que nosotros, con la ayuda de Dios, trabajamos para conseguir y vivir esa plenitud de gracia que nos proporciona el Señor.

 Hoy es un momento oportuno para renovar nuestra fe, para comprometernos con la nueva evangelización, para dejar atrás toda esa esterilidad en nuestra vida religiosa, ese agua de lo antiguo para celebrar con el vino de la nueva vida, de la alegría, de la verdadera paz interior, de una renovación no solo personal, sino influyendo en la sociedad en que vivimos, sacando de ella todas esas injusticias, toda la deshumanidad que encontramos, todo ese dolor innecesario e injustificable, para que los signos de nuestros tiempos sean signos de salvación.

 Hay una frase en el evangelio de hoy que nos puede, que nos debe servir de guía. Es esa frase de María a los meseros: “Haced lo que Él os diga”.

 ¡Qué diferente hubiera sido mi vida, pienso yo, de haber siempre seguido ese consejo! Oremos unos por otros para que todos y cada uno, incluidas las instituciones de todo género, aceptemos en nuestro corazón esa invitación de la Madre del Salvador.


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