Posted by: bishopgonzalez | December 7, 2012

Una invitación a la esperanza

Una invitación a la esperanza

 2º domingo de adviento

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF

Obispo Auxiliar de Washington

 •Bar 5,1-9

•Sal 125,1-6
•Flp 1,4-6.8-11
•Lc 3,1-6

 El domingo pasado se hacía un gran énfasis en “la atención y vigilancia”. En este segundo domingo de Adviento encontramos una invitación a la esperanza. En la primera lectura encontramos el final del libro de Baruc. Lo que este autor nos ha dejado son cuatro páginas: una introducción de tipo histórico, un servicio penitencial, una exhortación a la sabiduría y una profecía llena de promesas de felicidad para un pueblo que había salido de su tierra a pie y encadenado y que ahora se le invita a “despojarse del vestido de luto y aflicción y a vestir las galas perpetuas de la gloria de Dios”. Ese Dios se ha comprometido a arreglar los caminos, allanándolos para que no se cansen y poniendo árboles para que los protejan contra el calor.

 Cuando Dios invita, Él mismo provee de lo necesario para facilitar nuestra respuesta. Él es el Dios del amor que sufre el alejamiento de sus hijos/as.

 En el evangelio vemos a Juan el profeta que predica la conversión. Este Juan está enmarcado en el tiempo y en la geografía. Se nos da una referencia al momento de la historia, al mismo tiempo que al lugar donde ejerció su ministerio. Su predicación es exigente, pide la conversión, el cambio. No pide que todo el mundo se vaya al desierto, sino que cada uno, allí donde esté, dé un cambio, vuelva al verdadero Dios.

 Nos recuerda el oráculo de Isaías (Is. 40,3-5), que concuerda con la primera lectura: allanar, igualar. Igualar los caminos y “así todos verán la salvación de Dios”.

 ¿Qué debemos igualar en nuestra sociedad para que todos podamos participar de la salvación, del bienestar social, de gozar de la justicia y de disfrutar de la paz?

 Igualar no es uniformar, no significa perder la propia identidad y convertirse en masa amorfa. “Igualar”, dice Jesús Peláez, es situarse en un nivel que haya para todos, y ésto no sólo en lo económico, sino en lo cultural, en tiempo, en derechos, recursos, esperanza de futuro. “Igualar” es acortar la distancia que existe entre ricos y pobres, entre gobernantes y gobernados, entre hombre y mujer; es acabar con la dominación de unos sobre otros. Solo se puede “igualar” desde una actitud de servicio incondicional, de poner de lado los privilegios que hacen que algunos/as sean más “iguales” que otros/as.

 Cuando los profetas Isaías, Baruc y Juan el Bautista hablan de “Allanar” los caminos, ¿estarán pensando en medios de comunicación entre ciudades y pueblos, o entre personas que el correr de los tiempos ha separado en categorías sociales? ¿Qué debo yo “allanar” en mis relaciones familiares, en el trabajo, en la parroquia, en el vecindario para hacer realidad esa salvación de Dios?

 Tal vez no tengamos que ir muy lejos para encontrar una guía, una respuesta. San Pablo (2ª lectura) dice a los Filipenses que ora con alegría y pide que “esa comunidad de amor siga creciendo en sensibilidad… y así lleguen al día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús”.

 ¡Oh Señor, Pastor de la casa de Israel…ven a rescatarnos por el poder de tu brazo…ven a enseñarnos el camino de la salvación…Hijo de David, estandarte de los pueblos y reyes, a quien clama el mundo entero, ven a libertarnos, Señor; no tardes ya”.

 Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos. Todos los hombres verán la salvación de Dios.


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