Posted by: bishopgonzalez | October 27, 2012

¿Soy ayuda o impedimento?

¿Soy ayuda o impedimento?

 

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF

Obispo Auxiliar de Washington

 •Jer. 31, 7-9

•Sal 125
•Hb. 5, 1-6
•Mc. 10, 46-52

 La primera lectura de este domingo está tomada del profeta Jeremías, y más concretamente, de una unidad literaria (cap. 30-31) conocida como “el libro de la consolación de Jeremías”. Basta con leer este corto pasaje para darnos cuenta de lo acertado del título. Aquí el profeta nos trae como una especie de “evangelio” o sea “una buena noticia”, y esta noticia no es otra cosa que un mensaje de salvación: Dios, de quien viene la salvación, va a llenar a su pueblo de consuelo, los va a llevar por caminos donde encontrarán torrentes de agua para calmar su sed, y esos caminos serán llanos para que puedan evitar los tropiezos. Al mismo tiempo, Dios será padre para todos ellos.

 El Señor tiene detalles muy característicos de su amor por el pueblo elegido, tanto es así que hasta los que tienen dificultades para caminar, como son los cojos, ciegos, las que están encinta y las que acaban de dar a luz, también volverán, porque Dios se cuida de todos, especialmente, de los más necesitados.

 ¿Qué hago yo para ayudar, para facilitar la vuelta al Padre, a tanta gente que se ha alejado de la Casa Paterna? ¿Soy ayuda o impedimento?

 En el evangelio leemos el episodio del ciego Bartimeo. El ciego, especialmente en aquella época, es un ser indefenso, depende en todo de los demás, y recibe de ellos ayuda, y en ocasiones, la burla y el rechazo. Bartimeo está “al borde del camino”, no es parte del grupo que camina y se mueve, o sea, está fuera de la comunidad sufriendo una soledad permanente, y por ser invidente, no tiene movimiento libre y propio, está viviendo una especie de muerte, está sufriendo un destierro.

 El evangelista coloca este hecho de Bartimeo, inmediatamente antes de llegar Jesús a Jerusalén. Jesús durante este viaje de subida a la Ciudad Santa, lo ha empleado para instruir a sus discípulos, los cuales siguen un tanto ciegos porque no han entendido el mensaje liberador de Cristo. Ellos están en otra onda, y sufren de una ceguera verdaderamente paralizante. Todavía están “al borde del camino” y todavía tardarán a imitar al ciego Bartimeo quien al oír que Jesús pasaba por el camino: soltó el manto (léase seguridad), dio un salto (se arriesga), para acercarse a Jesús. El ciego deja todo porque tiene una fe profunda en el Hijo de David.

 Una vez más vemos como Dios es el gran consolador. Jesús es la luz, en Jesús está la sanación, de Jesús nos viene la liberación y la salvación. Jesús hizo “la verdadera opción preferencial por los pobres” en su más amplio sentido. Jesús se solidariza tanto con el necesitado, con el rechazado, con el oprimido, con el inmigrante que se hace uno de ellos. Se solidariza incluso con el pecador, pues aunque el pecado no lo tocó nunca, carga con los pecados de todos, hasta el punto de sentirse abandonado por el Padre.

 Cristo, Sumo Sacerdote, ofrece su gran sacrificio por toda la humanidad, por una humanidad que se ha creído autosuficiente, sin necesidad de Dios, y de ahí su impotencia para dar sentido a la vida, de ahí que busca con desesperación la felicidad, la vida, la libertad en cosas que no se la pueden dar de una forma satisfactoria y definitiva pues el ser humano nunca queda satisfecho, como decía San Agustín, hasta que no descansa en Dios.

 El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres. (Sal. 125)


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