Posted by: bishopgonzalez | October 18, 2012

La lucha entre el poder y el servicio

La lucha entre el poder y el servicio

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington
» Is. 53,10-11
» Sal 32
» Hb. 4,14-16
» Mc. 10,35-46
No estoy muy seguro cómo mucha gente leerá, hoy en día, este cuarto cántico del Siervo de Yahvé (1º lectura). Los cuatro poemas del Siervo, que encontramos en el libro de Isaías, deben de sonar a muchos como música celestial. En una sociedad pragmática e individualista, que busca y honra el hedonismo, el ejemplo y mensaje del siervo que sufre por el bien de los demás, y que va al matadero como oveja sin balar, no es una figura fácil de visualizar y, mucho menos, imitar generosamente. Es poema que nos habla más de esperanza, de tenacidad y de lucha que de sufrimiento pasivo o resignación.
En los últimos juegos olímpicos que se realizaron en Inglaterra, el atleta sudafricano Oscar Pistorius me impresionó sobremanera, sin quitar mérito a todos los demás atletas, que tantos sacrificios tuvieron que afrontar para ser escogidos y representar a sus países. Veíamos por la televisión cómo subían al podio emocionados por el triunfo. La figura en el centro, era siempre el número uno, el mero mero. Muchos tomarán a esos grandes atletas como modelos a imitar y me parece muy bien. Asimismo, ¿No crees, apreciado lector, que también deberíamos tener una especie de olímpicos para honrar los campeones de la generosidad, del entendimiento humano, de los forjadores de la paz, de los que desinteresadamente se sacrifican por el bien común?
Sin duda alguna que hay muchos campeones en la ‘liga’ del comportamiento humano, pero como no les dejamos subir al podio pasan desapercibidos. Es más: no damos oportunidad para que otros imiten sus hazañas. ¡Una lástima!
El Salmo (32) nos sirve de puente entre la primera y la segunda lectura, al recordarnos que la Palabra de Dios se identifica por su capacidad para ayudarnos a reconocer la verdad. Una verdad que no es un asunto metafísico o etéreo, sino la encarnación del proyecto de Dios en la historia por medio de la justicia y el derecho.
San Pablo (2º lectura) al presentarnos a Cristo, lo llama “supremo Sacerdote” que nos entiende en nuestras debilidades, porque Él fue sometido a las mismas pruebas. Este sacerdote que rogó por nosotros, y más aún, que se ofreció como víctima por nosotros, nos espera siempre y por eso mismo el apóstol nos invita a “acercarnos con confianza a Dios, pues nos tiene reservada su bondad y nos espera su misericordia y su gracia”.
Este Cristo Jesús se ofreció por nuestra salvación, sin esperar nada en recompensa por su amor. Por eso creo que es importantísimo que fijemos intensamente nuestra mirada en Cristo, en el Cristo sufriente, para que nos empapemos, no de nuestro pecado y culpabilidad, sino del gran amor que nos tiene.
Como decía arriba, es difícil entender y más difícil todavía, imitar el sacrificio generoso de algunas personas. Incluso en los tiempos de Jesús, que va camino de Jerusalén y que tiene muy claro a lo que va, que tenga que oírse esas peticiones de sus más allegados que no acaban de comprender la misión que Él trae. Se lo ha explicado varias veces, pero ni a la de tres. El predica “servicio”, y los apóstoles buscan “poder”. ¡Qué desilusión! Marcos 10,35-45 nos dice que “Los seguidores de Jesús deben ser siervos de todos, pues Jesús no vino a que le sirviéramos sino a servir. Él vino para dar su vida por nosotros y redimirnos.”
Pero no solamente los apóstoles, hoy y en el pasado, la Iglesia ha sufrido esa lucha eterna entre el poder y el servicio. No pocas veces, como dice J. Apecechea, también ella se ha visto enredada, manchada, desfigurada y atizada por la pasión del poder, del sistema beneficial y del dominio terrenal.
Gracias que, ya más tarde, tanto Juan como Santiago entendieron lo que Cristo había venido a hacer y supieron beber generosamente la copa que Jesús había bebido y ser bautizados con el bautismo con el que el Señor se estaba bautizando. En ellos hubo una conversión, algo tan indispensable que sin esa constante metanoia no podemos acercarnos al Maestro/Servidor.
Hay algunos que nos acusan de predicar y no practicar lo que predicamos. El Señor hincado a los pies de los apóstoles lavándoles los pies, sigue siendo una imagen muy poderosa y un gran ejemplo a seguir.


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