Posted by: bishopgonzalez | October 4, 2012

El varón es nada sin la mujer

El varón es nada sin la mujer

 

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo 
Auxiliar de Washington

»Gn. 2, 18-24
»Sal 128
»Hb. 2, 9-11
»Mc. 10, 2-16

 El pasaje que hoy se no presenta como comienzo de la Liturgia de la Palabra, y que está tomado del libro de Génesis, debería ser lectura requerida para muchos en nuestra sociedad. Aunque hemos avanzado bastante en lo que se refiere a los derechos de la mujer, todavía sigue muy arraigado en ciertas culturas y grupos, ese machismo que deshonra a la humanidad entera, pues es contrario al plan de Dios.

 Comienza el pasaje diciéndonos “que no es bueno que el hombre esté solo”. Da la impresión, y creo que correcta, que el varón es nada sin la mujer. Hasta el mismo Dios reconoce que el hombre sin la mujer está reducido a una completa soledad, y por eso crea a la mujer, y lo hace tomando parte del cuerpo de Adán, de ese lugar sagrado cercano al corazón mismo, para señalar que ambos van a gozar de la misma dignidad, y que están llamados a esa unidad completa, “formar una sola carne”, para lo cual dejan algo tan precioso como son los propios padres, y juntos a semejanza del Creador dan nueva vida por el amor que ellos sienten el uno por el otro.

 Como muy bien dice Joaquín Menchén Carras-co en su comentario del libro del Génesis: “El texto hace hincapié que el hombre sin la mujer es un ser incompleto. La vida del hombre va más allá del mero existir; si fuera así tendría suficiente con el huerto y los animales; precisa del otro, de la comunidad, del amor”.

 ¡Qué lástima que, para tantos y en tantas ocasiones, la mujer no ocupa el puesto que le corresponde en la creación! ¿Por qué tanto abuso físico, económico, psicológico, religioso y social? El ser humano, en sus dos formas de existir, por sí mismo o en sí mismo es incompleto y por eso la relación entre ambos es una relación de complemento, de ordenamiento del hombre hacia la mujer y de la mujer hacia el hombre. Nuestra fe o compromiso cristiano, nos exige a todos un entendimiento de lo que Dios quiso hacer desde un principio.

 Algo tan digno como es el santo matrimonio, se vio más adelante amenazado por lo que conocemos como divorcio, la separación de esas dos personas.

 El evangelio para este XXVII domingo nos habla del encuentro de Jesús y unos fariseos que le preguntaron, y con una cierta mala intención: ¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su esposa?

 La esposa de aquellos tiempos estaba condenada, en muchas ocasiones, al sufrimiento, a la inseguridad, a los caprichos del marido. Y aunque debemos pensar que también hubo familias felices, las escuelas rabínicas permitían el divorcio solo a petición del marido. Las razones podían ser varias, entre ellas el adulterio, pero también en algunos casos, por cualquier antojo del marido.

 Jesús antes de contestar a la pregunta que le hacen, les pregunta por lo que dice la ley, ya que ellos son los expertos. Moisés, el gran legislador, lo permite, fue su respuesta.

 El Maestro entonces les recuerda el por qué de dicha ley: “la dureza del corazón de ustedes”, y añade que en un principio no fue así, que Dios les hizo hombre y mujer para que se convirtieran en un solo ser, unidos por el amor, unidos por el mismo Dios, y que lo que Él ha unido no lo debe separar el hombre.

 Trabajo tenemos por delante para presentar el matrimonio al mundo entero como “buena noticia”. El matrimonio, en esa situación de complementariedad en que existe el ser humano, hombre/mujer, es un bien que la sociedad debe reencontrar, pero eso tal vez no se consiga mientras sigamos soñando, deseando, defendiendo y viviendo esos antivalores como el egoísmo, el individualismo, el hedonismo y todos esos otros ismos, que al fin de cuentas, nos llevan a la soledad, lo cual no es nada bueno para nosotros.

 Sin embargo, no nos apresuremos a juzgar a los demás, pues en la mayoría de los casos hay mucho sufrimiento encerrado en una separación y si es verdad que debemos seguir y cumplir con las leyes de la Iglesia, debemos recordar que ante el sufrimiento, más vale ser consoladores que jueces.

 “Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor se dilata libremente entre nosotros” (1 Jn. 4, 12).


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