Posted by: bishopgonzalez | September 21, 2012

El que acoge a un niño… me acoge a mí

El que acoge a un niño… me acoge a mí

 

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington

 » Sb 2,12.17-20

» Sal 53

» St 3,16-4,3

» Mc 9,30-37

 En la primera lectura nos encontramos con ese enfrentamiento, de un lado el bueno y del otro el malo. Dos cosas parecen preocuparle al malo. Una es si el bueno aguantara los ataques y permanecerá como tal, y la segunda si un Dios vendrá para ayudarle.

 Para el malo la simple existencia del bueno ya es razón para tratar de quitarlo del medio. Las obras del bueno son una acusación contra el malo, algo que no puede tolerar. Pero a pesar de todos los pesares, el justo confía en el Señor, y no usa sus sufrimientos para cuestionar a Dios.

 El apóstol Santiago nos habla de las actitudes que nos pueden destruir, de esos deseos de la propia satisfacción, de los placeres. Cuando uno piensa exclusivamente en uno mismo y no consigue sus deseos, comienza a crear divisiones, peleas, guerras para obtener y acumular bienes que satisfagan sus ambiciones.

 Por el contrario, el apóstol invita a buscar y aceptar la sabiduría que viene de “arriba” pues es pura, amante de la paz, constante, sincera, compasiva, dócil y llena de misericordia y buenas obras. Esta sabiduría, debemos concluir, hará posible la convivencia en paz y armonía. La primera lectura nos presenta al siervo que no pierde su fe ni esperanza en el Señor, a pesar de la persecución y el sufrimiento. En la segunda lectura el apóstol nos habla de la sabiduría de viene de arriba y da fruto, y del egoísmo que trae destrucción y muerte.

 Entramos ahora en el evangelio, pasaje tomado de Marcos. A veces vemos a Jesús seguido o rodeado de grandes multitudes. En esta ocasión nos presenta a Jesús como evitando multitudes para dedicarse a los suyos, a los discípulos. Según caminan hacia Cafarnaún les va instruyendo, y les anuncia la muerte que él ha de sufrir, seguido de la resurrección. Parece que ellos oyeron solamente lo de la muerte, y eso les afectó, tanto que no aceptaron eso, posiblemente pensaron que no podía ser verdad, aunque por si acaso, no quisieron preguntarle.

 Durante el camino comenzaron a discutir quien era el principal, el más importante.

 Jesús sigue insistiendo en su final, mejor dicho en su pasión y muerte, pues el final es la resurrección. Pero eso de que no habrá un triunfo glorioso, con fiestas y banquetes, y condecoraciones y títulos nobiliarios para los que le han seguido, está afectando mucho a esos discípulos, aunque me da la impresión que afecta también a muchos en nuestros días. Incluso a los pastores no nos desagradan todas esas distinciones honoríficas, tanto en los títulos, como en las vestimentas, sin olvidar al trato y reverencias que recibimos.

 Los discípulos, van detrás de Jesús, pero no le siguen pues a sus espaldas van por otro camino muy distinto del que el Señor y Maestro se ha trazado. Este único Señor y único Maestro decidió hacerse hombre, inmigrante, trabajador. No aceptó riquezas, honores ni poderío. Se convirtió en siervo de los demás, actuó en ocasiones como esclavo de los demás, se convirtió en alimento de los que quisieran recibirle, solo aceptó ser Coronado con espinas, y por trono eligió una cruz, y no dejó herencia porque en vida había dado todo a los demás, solo nos ha quedado, y la verdad es que no necesitamos nada más.

 El pasaje evangélico concluye poniéndonos como ejemplo a un niño y esas palabras tan extraordinarias: “El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado” (Mc 9,37).

 El niño hoy en día sufre, a veces porque no tiene lo necesario, y en otras veces porque de tanto que tiene (cosas materiales y caprichos) resulta vivir en una pobreza mayor. Hoy necesitamos, como Cristo hizo, abrazar al niño con un amor verdadero y sin límites; con una formación que le ayude a ser el ser que Dios quiere que sea; con una enseñanza para que modele su corazón y rodeado de la familia que le ayude a crecer “en edad, sabiduría y gracias”, como el mismo Jesús creció.


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