Posted by: bishopgonzalez | September 6, 2012

Esa sordera espiritual

Esa sordera espiritual

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington

 Is 35,4-7

Sal 145
St 2,1-5
Mc 7,31-37

Ahora que ya estoy avanzando en edad uno empieza a tener sus miedos. Miedos de toda clase, el pedir que te repitan las cosas, el tener que cambiar los lentes con más frecuencia, el ver que cuesta subir las escaleras y unas cuantas cosas más. El miedo a la soledad, e incluso a la muerte. El miedo paraliza, incluso ese miedo que a veces tenemos a dar a Dios un sonoro y profundo “sí”. No queremos perder control de nuestra vida.

En la primera lectura nos encontramos con las palabras consoladoras del profeta: “Sed fuertes, no temáis”. ¿Por qué no temer? Y el anuncio del profeta es: “Mirad a vuestro Dios. viene en persona, resarcirá y os salvará”.

Ahí está Dios, Dios salva, Dios libera, Dios da vida, Dios hace brotar agua en el desierto y convierte el páramo en un estanque lleno de agua, de vida. En otras palabras, el que ha de venir, el Mesías nos va a abrir la puerta de lo que fue el Paraíso donde había de todo: abundancia de manjares, libertad, bondad (justicia) y la amistad con el Dios que se paseaba por el jardín con sus criaturas.

En la segunda lectura el apóstol Santiago continúa haciéndonos reflexionar, pues lo que nos dice era válido para entonces, lo es en nuestros días y continuará por años hasta el final de los tiempos. No hace falta comentario, pero sí acción.

En la tercera lectura del domingo, o sea, la porción del evangelio que se nos presenta esta semana es algo de suma importancia, pues lo que sucede a la vista de todos, tiene un significado muy profundo y de mayor alcance que la simple curación de la sordera.

Jesús camina por tierras paganas, y algunos le trajeron a alguien que ni oía, ni podía hablar bien, apenas se le entendía. Le piden que le impongan las manos y Jesús acepta su petición de sanación para el sordo-mudo. Jesús toma al enfermo, se lo lleva a una cierta distancia y lo sana. Instruye a los testigos de que no digan nada de lo que ha sucedido y, claro está, inmediatamente lo anunciaron a todo el que quiso escuchar.

La sordera impide escuchar lo que te dicen, y aquí nos enfrentamos con esa sordera espiritual por la que no oímos, o no queremos oír lo que el Señor nos quiere decir. El abrir los oídos en el relato evangélico nos indica también abrir el corazón al mensaje de Jesucristo, a lo que él nos dice, a esa llamada a la conversión como leemos en el primer capítulo del evangelio de Marcos.

En ocasiones respondemos a lo que nos dicen con el famoso: “Eso son tonterías”, con lo cual nos excusamos de escuchar el mensaje que nos han querido dar, y lo hacemos porque así nos excusamos de echar una mirada a nuestro interior y hacer el cambio que se nos propone, pues para eso se necesita esfuerzo.

Estamos en medio de lo que estamos llamando la “nueva evangelización”. De todas partes nos vienen esos mensajes de cambio, se nos anuncia de nuevo a Jesús, se nos pide nuestra entrega a Jesús, se nos habla de un compromiso con Jesús y su misión, y algunos nos hacemos el sordo, no oímos, o no queremos oír y como consecuencia, si no oímos bien, mal vamos a anunciar la Buena Nueva, difícilmente hablaremos de esa persona, Cristo, a la que no hemos escuchado.

Lo interesante es que hoy tenemos toda clase de medios para comunicar, incluso para oír, pero no conseguiremos gran cosa hasta que sepamos abrir nuestro corazón y expresar nuestro cambio de actitud con esas palabras de “habla, Señor, que tu siervo escucha”, y continuar hacia el hermano extendiéndole la mano en señal de fraternidad e interés por solucionar sus necesidades.

Retrocediendo un poco, el apóstol Santiago (segunda lectura) nos recuerda: “Queridos hermanos, escuchad: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que le aman?”

Cuando abramos el oído del corazón para escuchar al hermano, también abriremos la cartera, las puertas de nuestra casa, las fronteras del país y las escuelas al pobre, al desamparado, al indocumentado, y así colaboraremos con el Dios que viene en persona para salvar a todos aquellos que acepten su oferta.

La sordera impide escuchar lo que te dicen… La sordera espiritual nos impide oír, o no queremos oír, lo que el Señor nos quiere decir.


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