Posted by: bishopgonzalez | August 30, 2012

Autenticidad y coherencia de la fe

Autenticidad y coherencia de la fe

 

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF

Obispo Auxiliar de Washington

 

• Dt 4,1-2.6-8

• Sal 14

• Sant 1,17-18.21-22.27

• Mc 7,1-8.14-15.21-23

En la primera lectura, que nos viene del libro del Deuteronomio, el predicador de la ley la está anunciando como la palabra de Dios, y como tal deben cumplirla, y no de cualquier forma, sino con exactitud, responsabilidad y fidelidad. El que así lo hace posee la sabiduría. No se le puede añadir nada, ni tampoco quitarle. Al mirar la ley de Dios, la ley que Él nos ha dado, debemos comprender que solamente hay una: la cumplimos o no. Pues no hay eso con que nos referimos a algunos productos como “light”, o descafeinada a la que se le ha quitado su calidad o sustancia original.

Santiago apóstol, en su carta no se anda por las ramas y, como se suele decir, llama al pan, pan y al vino, vino. Y si el predicador de la ley en la primera lectura nos exige exactitud y responsabilidad en su cumplimiento, aquí en la segunda lectura, Santiago pide “autenticidad y coherencia de la fe”. Todo beneficio y perfección, nos recuerda, viene de arriba. La Palabra es don de Dios y es capaz de salvarnos, si la llevamos a la práctica, claro está.

Y para aquellos que nos inclinemos a pedir algo más concreto, el autor de esta carta, de donde proviene la segunda lectura de este domingo, dice así: “La religión pura e intachable a los ojos del Padre es esta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos en este mundo”.

Ya llevamos un tiempo oyendo hablar de la Nueva Evangelización, de volver anunciar a Cristo y sus enseñanzas. ¡Magnífico! La prensa está llena de noticias, artículos y opiniones sobre la Iglesia, en muchos casos para criticarla. Por otro lado la prensa católica también tiene su material que en muchos casos es para explicar, desmentir y defender la institución, algo muy laudable en sí mismo.

Tanto en un caso como en el otro, adelantaríamos más si nos centráramos en Cristo, y en buscar verdaderamente cual es la voluntad de Dios para nosotros en estos momentos extraordinarios de nuestra historia.

En el evangelio de hoy nos encontramos a Jesús que se enfrenta a un grupo de fariseos y letrados de Jerusalén. Estos se fijan en que los discípulos comen sin lavarse las manos, contrario a la tradición, pues tenían el mandato de lavárselas, y no de cualquier forma, sino que “se las restregaban bien”. Estaban escandalizados que esos seguidores de Jesús no lo hicieran.

Jesús no tiene otra opción que llamarles hipócritas, y recordarles lo que el profeta Isaías había profetizado de ellos: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”.

La Iglesia, que siempre está en necesidad de conversión, debe leer pausadamente estas palabras del Maestro, y al hablar de Iglesia entramos todos los bautizamos, pues todos estamos en necesidad de orientar nuestro corazón hacia la conversión pedida por Cristo, para construir un mundo nuevo, el reino de Dios, una sociedad, una humanidad según el corazón de Cristo, que vino para hacer la voluntad del Padre.

En ocasiones, nuestra comunidad mira a los Sacramentos y sacramentales como oportunidades de celebración, pero más social que religiosa. ¿Qué es lo que buscamos o nos preocupamos primero al acercarse un bautismo, primera comunión o boda? La costumbre, la tradición nos ha establecido ciertas normas, que para muchos resultan más importantes, y en las que emplean más tiempo y energía, que en la verdadera preparación para la recepción del sacramento, que es, ni más ni menos, que el encuentro con Cristo. El vestidito, el trajecito, la música, el fotógrafo, la comida, etcétera. Llegan a ser tan importantes, que sin ello se pospone el bautismo, se deja la comunión para más adelante o se opta por el matrimonio civil, hasta que tengamos el dinero suficiente… ¿Qué diría Jesús ante actitudes semejantes basadas en costumbres o tradiciones por muy antiguas que sean?

La enseñanza que podemos sacar de este evangelio, para mí, está muy bien expresada en las palabras de J. A. Pagola: “Lo que nos ha de preocupar no es conservar intacto el pasado, sino hacer posible el nacimiento de una Iglesia y de unas comunidades cristianas capaces de reproducir con fidelidad el evangelio y de actualizar el proyecto del reino de Dios en la sociedad contemporánea”.


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