Posted by: bishopgonzalez | August 18, 2012

Virtudes de la Sabiduría: prudencia y sensatez

Virtudes de la Sabiduría: prudencia y sensatez

 

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF

 Obispo Auxiliar de Washington

 Prov 9,1-6
Sal 33
Ef 5,15-20
Jn 6,51-58

 En la primera lectura encontramos la Sabiduría que se nos presenta personificada e invitándonos al banquete que ha preparado. ¿A quién invita? Me inclino a decir que a todos, pero de una forma especial a los inexpertos, a los faltos de juicio, pues ellos carecen de esa gran virtud, que es la prudencia, y pueden gastar su vida, o buscar el alimento que verdaderamente no da la vida que vale la pena vivirla. En el banquete preparado por la Sabiduría hay el pan y vino que nos dan el sustento, el alimento que hace posible podamos vivir nuestra vida en plenitud.

 En la segunda lectura Pablo, el Gran Apóstol, exhorta a los Efesios y a todo el mundo a ser sensatos, a ser prudentes, como se nos decía en la primera lectura. Hoy estamos sufriendo una crisis, gran crisis global en el mundo financiero, que afecta a la inmensa mayoría de la gente, y como siempre y de una manera más profunda a los más necesitados. Tal vez los llamados expertos han buscado la ganancia en sus cuentas, y han aconsejado inversiones que estaban condenadas al fracaso, haciendo que los “no expertos” les entregaran su dinerito, y así estos últimos han perdido “su dinerito”, y los que ya tenían han aumentado “su dinerazo”.

 “Sabed comprar, les decía el Apóstol, y no os emborrachéis con vino que lleva al libertinaje, sino dejaos llenar del Espíritu”, del Espíritu en mayúscula, que es el que da del bueno, como el que sirve la Sabiduría a los que se han acercado al banquete que ella ha preparado.

 El evangelio, ya llevamos cuatro domingos seguidos reflexionando sobre el capítulo VI de San Juan, se conecta muy bien con las dos lecturas anteriores de este vigésimo domingo del Tiempo Ordinario. En nuestra vida tenemos prioridades, hay algunas cosas que las consideramos más importantes que otras, lo cual es muy lógico, aunque a veces la lógica desaparece al discernir las prioridades. Cuando uno carece de las virtudes mencionadas en el libro de la Sabiduría y la carta a los Efesios, o sea la prudencia y sensatez, cae en la trampa de lo que puede ser simplemente atractivo, sin ningún otro valor, o eligiendo lo que es bueno, usa medios que no ayudan a conseguirlo.

 En nuestro cotidiano vivir ponemos por encima de todo la buena salud, pues sin ella es difícil disfrutar de la vida. El Señor en el pasaje evangélico de esta Liturgia de la Palabra nos habla de dónde nos viene la formula para que nuestra vida sea saludable, para que podamos vivir satisfechos: “”Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que como de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. Más adelante vuelve a insistir el Señor: “Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”.

 “Comer su carne y beber su sangre”, esa Comunión que verdaderamente nos da vida, esa Comunión que algunos Padres de la Iglesia, como San Ignacio de Antioquia en una de sus cartas la describe llamándola “medicina de la inmortalidad, antídoto para no morir, sino para vivir siempre en Jesucristo”. Por eso, como nos recuerda un autor moderno, al comulgar tenemos que recordar que “esa carne fue entregada y esa sangre fue derramada” para la salvación del género humano, y que nosotros en imitación del Señor, salimos a dar, entregar y derramar nuestra vida a favor de nuestros hermanos, de esa forma habrá vida, y la podremos disfrutar en plenitud.

 En este pasaje evangélico encontramos una invitación que se nos hace para orar y trabajar para poder llevar no sólo esa Comunión por el mundo entero, sino también añadir el pan material, la harina, el arroz, el agua potable, las medicinas que puede servir para quitar el hambre a tantos millones de personas; para llevar la educación a tantos millones de personas que podrían mejorar ellas mismas su vida a través de los conocimientos adquiridos. Todo eso y mucho más podríamos conseguir si sentándonos en el banquete que nos ofrece la Sabiduría cambiáramos nuestra falta de juicio por la prudencia; si sabiendo comprar lo que es importante nos dejáramos llenar del Espíritu: si comiendo Su carne y bebiendo Su sangre aprendiéramos a ofrecernos a favor del prójimo para su bien, para que pudiera disfrutar su vida a plenitud.


Responses

  1. Gracias Obispo por sus palabras tan inspiradoras. Tenemos mucho que hacer.


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