Posted by: bishopgonzalez | May 31, 2012

Necesitamos cristianos serios, no en serie

Necesitamos cristianos serios, no en serie

Mons. Francisco González, SF
Obispo Auxiliar de Washington

Dt 4,32-34.39-40
Sal 32
Rom 8,14-17
Mt 28,18-20

 


En la última visita que hice a Tierra Santa junto con otros obispos, sacerdotes, seminaristas y laicos, vinieron a hablarnos varios líderes religiosos, entre otros. Uno de ellos, clavando su mirada en los obispos y con una gran sonrisa, nos dijo: “Acuérdense que todo empezó aquí en Galilea”.

El pasaje evangélico que nos ofrece la Liturgia de la Palabra de esta Fiesta de la Santísima Trinidad, parece que quiere recordar a los Apóstoles este mismo pensamiento que el mencionado arzobispo nos ofreció: todo empezó en Galilea y por eso Jesús parece que quiere recordarles lo mismo. Él está a punto de partir y les lleva al lugar donde comenzó todo esto, en un monte de Galilea.

Antes de comenzar el ascenso a la ciudad Santa, Jesús caminó, recorrió Galilea y allí predicó e hizo discursos muy importantes, sana a enfermos, calma tempestades, expulsa a demonios, ha resucitado a muertos y ha hablado de eso tan extraordinario como es el Reino de Dios. Todo esto ha sucedido, los apóstoles han sido testigos y ahora, cuando él se reúne con ellos en el monte de Galilea que les había señalado, algunos se postran al verlo, pero hay otros, que a pesar de tanta prueba, siguen vacilando. Tal vez este es el itinerario de la fe: aceptación y duda, hay momentos que ni yuntas de caballos briosos pueden hacer que nuestra fe se tambalee, y en otras una suave sonrisa nos arrastra no solamente a la duda ligera, sino también a la apostasía rotunda.

Jesús se encuentra con ellos, todo se da por aceptado, y les da, les encarga una misión que comprende tres aspecto: hacer discípulos de todas las gentes, bautizarlos, al mismo tiempo que enseñarles a guardar todo lo que Él les ha mandado.

La tarea no es fácil, algo que ya les había advertido antes de la Pasión. Por eso tal vez les recuerda algo: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Algo que les debería traer a la memoria aquella otra frase cuando recibieron el llamado, el llamado para estar con Él y ser enviados.

Esta última promesa de estar con nosotros, no se refiere solamente a cuando recibimos la Sagrada Comunión, sino también cuando “dos o tres se reúnen en su nombre”, y también de una forma muy particular e importante, Él se hace presente en los cruces de las calles cuando alguien se acerca al coche con la mano extendida pidiendo un dinerito, cuando nos acercamos a los “homeless” bajo un puente, y les ofrecemos una cobija para que se protejan; cuando llevamos unas sopas calientes para que comiéndolas sientan ese calorcito en el estómago, puedan poner una sonrisa en los labios; cuando, no faltaría más, regalamos nuestros boletos para el concierto que hemos esperado tanto tiempo, y nos vamos al hospital o a la cárcel a visitar aquellos que la familia y la sociedad ha olvidado.

El Señor está presente, muy presente, cuando hacemos una opción preferencial por los pobres y necesitados, pues da la impresión que en la abundancia y en el poder se nota menos su presencia, aunque, como muy bien sabemos, Dios es omnipresente.

Jesús en esa misión que les encarga, les recuerda que él ha recibido pleno poder o autoridad, y basado en ese poder y autoridad les encarga que continúen su misión, la de hacer discípulos. Esa es la gran tarea encomendada a los apóstoles, y a todo bautizado: hacer discípulos, gente que sin condiciones está dispuesta a seguirle. Sí se necesitará predicar, celebrar liturgias, tener bellas y conmovedoras procesiones, dar conferencias, edificar escuelas, escribir libros, establecer WebPages, y etc. Ojalá todo eso vaya dirigido a lo principal: hacer discípulos, verdaderos discípulos, convencidos testigos. El número tal vez no sea lo más necesario o indispensable, pues como dice un recién elegido abad: Necesitamos cristianos serios, no en serie.

La Fiesta de la Santísima Trinidad, misterio central de nuestra fe, nos recuerde el trabajo que tenemos para crear una verdadera familia, donde todos cabemos. Ojalá aprendamos que lo más importante es nuestra filiación con Dios, nuestra relación con Jesús en el Espíritu Santo.

Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.


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