Posted by: bishopgonzalez | May 10, 2012

Infierno: la vida de los que no aman, ni son amados

Infierno: la vida de los que no aman, ni son amados

 

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington

•Hch 10,25-26.34-45.44-48

•Sal 97

•1 Jn 4,7-10

•Jn 15,9-17

 

Creo que es bueno que antes de comenzar esta reflexión dominical, hagamos un paréntesis en lo que se refiere al comentario y reflexión bíblica, y aprovechemos la oportunidad para felicitar a las madres, deseándoles todo lo mejor. Poetas, escritores, artistas de una rama y otra han dedicado palabras y obras a exaltar a la madre, a esa mujer con la que hemos formado un cuerpo, que nos ha dado vida, que nos ha cuidado, que nos ha ido guiando, aconsejándonos y que por encima de todo, nos ha amado sin medida.

Tan maravillosa es la vocación y dignidad de la madre, que hasta el mismo Dios se buscó la suya, para que al hacerse uno de nosotros no ser diferente, y poder disfrutar de ese tesoro como todos los demás seres humanos.

Lo mismo que el amor de nuestras madres no tiene límites, tampoco debe tenerlos nuestro agradecimiento hacia nuestra propia madre, hacia todas las madres. Hoy que todos buscaremos el regalito especial para dárselo, ojalá decidamos que todos los días, son “el día de nuestra madre”, que milagrosamente, y cada una de ellas, siempre es la mejor de todas. ¡Feliz Día de la Madre!

En la primera lectura se nos da una lección extraordinaria, y es que para Dios, no hay distinción de personas. Pedro rompe barreras entre los diferentes grupos, por un lado la comunidad judía y por otra los gentiles, que incluso antes de ser bautizados ya han recibido el Espíritu Santo.

Pasando a la primera carta de Juan nos recuerda ese mandato/necesidad de amarnos unos a otros, es en ese amor como podemos comenzar a amar al mismo Dios, llegando hasta tal punto que el “discípulos amado” nos asegura que quien no ama, no ha conocido a Dios. Nos recuerda que es en el amor como Dios manda a su Hijo como propiciación por nuestros pecados, y así, en este tema, entramos en el evangelio, el evangelio del mismo apóstol, en su capítulo 15.

En este corto pasaje evangélico se menciona el verbo amar y amor nueve veces: el amor de Dios, de Jesús, y entre nosotros y hacia Él. En un principio tal vez no nos demos cuenta de todo lo que implica pues la palabra amor ha sido y es tan usada y abusada que su verdadera esencia se ha perdido un poco, tal vez un mucho.

Jesús habla y pone el ejemplo del amor entre Él y el Padre, y lo mismo que el Padre le ama, Él nos ama a nosotros, y nos pide que permanezcamos en su amor, algo que solo conseguiremos si cumplimos sus mandamientos, como Él cumple con la voluntad del Padre. La consecuencia de todo eso es nuestro gozo y felicidad.

Parece que sea un deseo innato en cada uno de nosotros el buscar la felicidad, incluso se ha declarado un derecho humano. Hay una expresión muy común en referencia a los seres queridos que es muy significativa y que confirma lo dicho: “Con tal de que sea feliz…”

El caso es dónde buscamos esa felicidad. Los medios de comunicación, libros, conferencistas van dando recetas, prometiendo toneladas de felicidad a quienes compren y usen ciertos productos. Se busca la felicidad en el poder, en el placer, en el dinero, en infinidad de productos y lugares y solo se consigue una pequeña y muy imperfecta muestra de lo que verdaderamente es.

Jesús nos habla del amor, que permaneciendo unidos a Él podremos participar de su gozo, de su alegría, de su felicidad y así ese gozo, alegría y felicidad será completo, y para ayudarnos a vivir en ese amor, lo eleva a mandamiento y lo extendió a todos: “Amaos los unos a los otros”. Poniéndose como ejemplo: “Como yo os he amado” -sin límites, sin condiciones, dándolo todo, incluso la propia vida por el hermano/a.

Unidos a Cristo al haber respondido a su llamado, nos recuerda eso mismo, que el llamado viene de Él, y ese llamado trae consigo una misión, la de dar fruto abundante en su nombre.

Cuando lo pensamos bien, nos damos cuenta de lo bendecido que estamos: es Cristo mismo que nos llama a ser sus ministros, sus embajadores, los continuadores de su misión, la misión de salvar al mundo por el amor.

Alguien muy acertadamente ha dicho que el infierno es la vida de los que no aman, ni son amados. Cristo nos llama a una vida llena y feliz.


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