Posted by: bishopgonzalez | March 30, 2012

Bendición de los Ramos: un práctica de la humildad por parte del Señor

Bendición de los Ramos: un práctica de la humildad por parte del Señor

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF

Obispo Auxiliar de Washington

• Mc 11,1-10 (Bendición de Ramos)
• Is 50,4-7
• Sal 21
• Fil 2,6-11
• Mc 14,1-15,57

 

Entramos hoy en la Semana Santa, la Semana Grande la semana en que celebramos los grandes acontecimientos en la vida de Jesús y que tuvieron lugar durante la última semana de su vida según nos lo presentan los evangelios sinópticos. Este año la lectura de la Pasión del Señor para el Domingo de Ramos está tomada del evangelio de San Marcos.

La primera lectura, parte del conocido tercer cántico del Siervo de Yahvé, se nos presenta como el siervo que escucha, el siervo que sufre, el siervo que no pierde la esperanza. Él presenta su espalda para que lo golpeen y su mejilla para los que le hieren, al mismo tiempo que no oculta su rostro de los insultos y salivazos que le llegan. Pero él ha escuchado la palabra del Señor y por eso se siente con la fuerza de afrentar todo lo que le echen encima, pues el Señor le ayuda y así saldrá triunfante.

Todo esto ahora nos recuerda, y parece una descripción con lo que Jesús se va a enfrentar en estos últimos días de su vida: rechazo, golpes, insultos, salivazos.

En la segunda lectura nos encontramos con lo que Pablo relata a los Filipenses en el que vemos cómo Jesús acepta la gran humillación y que ningún otro ser la puede igualar, pues Él “no hace alarde de su categoría de Dios…se despoja de su rango…toma la condición de esclavo…se somete a la muerte, una muerte en la cruz”.

En la lectura evangélica para la Bendición de los Ramos encontramos esa práctica de la humildad por parte del Señor.

Dicen algunos historiadores que en ese momento de la historia de Israel había una particular expectación sobre la venida del Mesías, del Enviado de Dios. ¿Cómo iba a ser ese Mesías? Poderoso como un gran guerrero, al estilo de David, quien los libraría del goliat romano, que les conseguiría la libertad, la independencia, que cancelaría todos esos impuestos que en esos entonces tenían que mandar a Roma.

Sí, el Mesías había llegado a la Ciudad Santa, a Jerusalén, el centro de todo: religioso, político y militar donde se hacían las decisiones que afectaban la vida diaria del pueblo judío. Y este Mesías esperado entra en la ciudad montado en un borrico, un animal que no inspira elegancia, poder y esplendor, todo lo contrario de un caballo, montura de reyes, de conquistadores y famosos militares y de entradas triunfales en sus ciudades después de grandes batallas. Jesús el Mesías, que se había vaciado de todo poder y gloria entra en la Ciudad Sagrada, pero también la ciudad donde residen sus enemigos, montado en un animal de poca gracia, que si lo hubiera hecho andando tal vez hubiera resultado más triunfante.

No han salido a recibirlo las autoridades, sino que es acompañado por sus discípulos y toda aquella gente que se acercaba a Jerusalén para celebrar la Pascua, esa fiesta que les recordaba su salida de Egipto, su escapada del poder del Faraón, de su liberación de la esclavitud. La Pascua cuando Jerusalén se llenaba de toda clase de gente, momento propicio de un pueblo descontento para expresar su disgusto, para levantar los ánimos de los que querían su independencia, de los que esperaban ver al gran libertador, al Mesías Davídico según sus esperanzas.

Durante esos días la autoridad romana estaba muy alerta pues había un grupo de gente conocido como los zelotas que aprovechaban cualquier manifestación, tumulto o aglomeración de gente para incluso matar y propagar su ideología nacionalista.

En medio de todo esto Jesús llega y va directamente al templo. En el camino la gente va tirando sus mantos para que pase el Señor, otro signo de que viene, en la mente de toda esa gente es rey y Mesías. Al llegar al lugar sagrado del templo, nos dice el evangelio, “dio un vistazo a todo alrededor…y se marchó a Betania con los Doce”.

El estaba consciente de lo que se avecinaba, lo había anunciado, había llegado al lugar señalado, pero todavía no era el momento preciso y por eso se va a donde están sus amigos.

El momento crítico se acerca, sus enemigos no descansan, los amigos no acaban de entender, él sabe lo que va a suceder, pero el Siervo sufriente no abandona su camino, y aunque el Viernes de Dolor está a la esquina, Jesús sabe que ese día no es el último, que no es el fin…


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