Posted by: bishopgonzalez | March 9, 2012

El Señor nos exige autenticidad

El Señor nos exige autenticidad

 

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington

 

»Ex 20,1-17
»Sal 18,8-11
»1 Cor 1,22-25
»Jn 2,13-25

 La primera lectura está tomada del libro del Éxodo donde encontramos el pasaje conocido por el ‘Decálogo’, o sea, los diez mandamientos. Este pasaje de la Sagrada Escritura tiene que ver con la alianza que Dios hace con su pueblo, concretizada en el estilo de vida. Habrá gente que al leer estos versículos del capítulo 20 los pueden tomar como algo agobiante, unos mandatos que sirven sólo para quitar la libertad de acción. Sin embargo, la realidad es todo lo contrario, pues como “palabra” de Dios, nos traen vida. El mismo Señor se los dice: “Yo soy el que os saqué de Egipto”, en otras palabras, “Yo soy el que os ha sacado de la esclavitud de Egipto”, y para que verdaderamente podáis ser libres, aquí tenéis la forma de serlo.

Hermano, lee detenidamente esta primera lectura e imagínate, aunque sólo sea por un momento, que todos viviéramos de acuerdo con esta “palabra” de Dios: no habría opresión de unos por otros, no habría violencia, ni racismo, no habrían ladrones, ni asesinos, ni familias destrozadas. Imperarían unas relaciones basadas en el respeto y amor a Dios y a los seres que nos rodean. Esa sí que sería libertad, pero en mayúscula.

En la segunda lectura nos encontramos con que entre los Corintios había ya gente que pensaba mucho como algunos de hoy en día. No es difícil encontrar gente que busca los grandes portentos, milagros y toda clase de ideologías con gancho. Encuentran o encontramos fuerza en el éxito de los números: ¿cuántos se han inscrito?, ¿cuántos asistieron?, ¿vino la prensa?, ¿salimos en la televisión? Con todo y con eso, las palabras de Pablo tienen que ser de actualidad, no podemos cambiarlas: “Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para unos y necedad para otros, pero para nosotros cristianos, es fuerza y sabiduría de Dios”.

Si pasamos ya al Santo Evangelio de este tercer domingo de Cuaresma, vemos a Jesús “purificando” el templo “Él fue al Templo y encontró a la gente comprando y vendiendo. Con látigo les echó fuera”. El templo es común a todas las religiones, aunque se le llame de diferentes formas. En ese lugar sagrado la comunidad de creyentes, presidida muchas veces por sus líderes religiosos, se acerca a la divinidad. Jesús en esta ocasión, con una acción un tanto violenta y de seguro innovadora, no solamente quiere limpiar la “casa de oración” de todo abuso y comercialidad, sino que también quiere purificar la misma oración, el culto que se ofrece: Dios no escucha de acuerdo con el peso del becerro o la cantidad de monedas, Dios escucha porque nos ama, y su generosidad no tiene fronteras.

Jesús no pudo permitir que la casa de su Padre fuera una especie de mercado. Por eso no podemos nosotros tener una relación con Dios, como si fuera una transacción religiosa/financiera: “yo te digo unos Padre-Nuestros y tú, mi Dios, me das la salud”; “yo te rezo unos Ave-Marías y tú, mi Dios, me encuentras trabajo; “yo te pago una misa y tú, mi Dios, me dices el número de la lotería”. ¿Orar? Sí. ¿Dar culto a Dios? Sí, pero de una forma auténtica, en espíritu y en verdad. (Jn. 4,23)

El Señor nos pide, nos exige autenticidad. El discípulo del Señor no puede conformarse con un culto de simples ritos, por muy bonitos que sean. Nuestra conversión tiene que ser radical, desde lo más profundo de nuestro ser.

Señor, tú tienes palabras de vida eterna. (Sal. 18)


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