Posted by: bishopgonzalez | March 1, 2012

‘Aquí me tienes, Señor’

‘Aquí me tienes, Señor’

 

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington

 

• Gen 22,1-2.9a.10-13.15-18
• Sal 115
• Rom 31-24
• Mc 9,1-9

 

Seguimos caminando y adentrándonos en la Cuaresma camino de la Pascua. Los cuarenta días de Jesús en el desierto donde, en nuestro esfuerzo de ser mejores, de ser lo mejor que podemos ser, nos enfrentamos como Jesús con las tentaciones que el diablo nos manda, con las dificultades e impedimentos que nos pone para que caigamos en su trampa, para que nos desanimemos, para que dejemos nuestros intentos de conversión.

Cuando nos enfrentamos a todo eso, debemos sentirnos bien, pues el diablo no tienta a los pecadores, pues ya los tiene, sino a los que todavía no son suyos. Así lo vemos en el desierto, que como leíamos el domingo pasado, es el mismo Espíritu quien empuja a Jesús al desierto “para dejarse tentar por el demonio”, y para darnos el ejemplo de que el demonio no es el rey del universo, el todopoderoso, sino que esos títulos le pertenecen sólo a Dios y a su Hijo que nos ha mandado para nuestra salvación.

Estos son los momentos para entregarnos, para ponernos completamente en las manos de Dios, para exclamar desde lo más profundo del corazón y con la voz más fuerte: “Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad”.

Abrahán, nuestro padre en la fe, es el gran ejemplo de la esperanza y confianza puesta en Dios, que aunque le pide el sacrificio de su “único hijo, a quien quieres”, le dice, el patriarca con un corazón destrozado pero confiando en Dios, y posiblemente sin comprender del todo, no sabe decir otra cosa que “aquí me tienes, Señor”. Y el hijo que iba a ser sacrificado, Isaac, se convierte, por la fe, en el cimiento de la promesa de un pueblo fecundo.

Abrahán se pone a disposición de Dios: “aquí estoy”. Abrahán escucha a Dios.

Leyendo este pasaje del Génesis nos hace pensar en el escuchar, algo no muy común en nuestros días. Todos tenemos algo que decir, y en muchas ocasiones, algo que no tiene sentido. Creo haber oído en una ocasión que si sólo dijéramos lo que es importante, reinaría sobre el mundo un gran silencio. Parece que todos estos nuevos aparatos y tecnología de comunicación es para que yo diga, pero muy poco para que yo escuche.

En el evangelio de hoy nos encontramos con el relato de la transfiguración del Señor. Después de presentarnos a Jesús, quien se llevó consigo a tres de sus discípulos, que algunos piensan eran los más predilectos, y otros dicen que los más necesitados por oponerse a la subida de Cristo a Jerusalén, vemos que junto al Señor, aparecen Moisés, (la Ley) y Elías (la profecía). Jesús queda transformado, glorificado. Y en ese momento se oye una voz, una voz que sale de la nube (la presencia de Dios): ¡Este es mi Hijo amado; escuchadle!

Escuchar a Jesús. Eso me recuerda la elección de los apóstoles en este mismo evangelio, en su capítulo tercero, donde la primera razón por las que les llama es para que estén con Él. La predicación, los milagros y todas las demás cosas vendrán después. Pero lo primero y principal y “estar con Jesús”, lo cual nos indica que si alguien te llama es porque te quiere decir algo, o sea, para que le escuches: ¡Este es mi Hijo amado; escuchadle!

Pedro, Santiago, Juan y los demás parece que no escucharon bien a Jesús, ya desde un principio. El primero no quería que subiera a Jerusalén, que le valió la reprimenda del Maestro que incluso lo llamó Satanás. Los otros dos, no habían escuchado bien el mensaje del Señor, pues estaban emperrados que querían ser “los más importantes, hasta el punto de querer sentarse a la inmediata derecha e izquierda de su trono cuando lo consiguiera. No entendían eso del “Reino de Dios”.

¿Escuchamos al Señor? Hemos a veces llegado a tener una relación muy académica, una relación litúrgica bellísima, una relación histórica tradicional. Todo lo cual es bueno, pienso yo. Sin embargo, yo me pregunto: ¿estoy embarcado en una relación personal con Él, con mi Cristo, con mi Dios?

En esta Santa Cuaresma, entre todos esos sacrificios que hacemos, mortificaciones de un tipo u otro, asistencia a celebraciones litúrgicas, incluso dádivas a los necesitados, todavía sigue en pie el mandado del Dios de la nube: ¡Este es mi Hijo amado; escuchadle!


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