Posted by: bishopgonzalez | November 13, 2011

Describiendo a la mujer perfecta

Describiendo a la mujer perfecta

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington

 Prov. 31, 10-13.19-20.30-31

Sal 127,1-5
1 Tes. 5, 1-6
Mt. 25, 14-30

Un pasaje muy interesante, un poema describiendo a la mujer perfecta, encontramos en la primera lectura (Prov. 31.10-13.19-20.30-31). ¿Quién escribió este poema, un marido feliz contando su experiencia o uno desafortunado que sueña con la felicidad?

No me extrañaría encontrar personas que no estén conformes con esta descripción de la mujer perfecta. Aunque hay cosas muy válidas en este poema, no parece describir lo que hoy entenderíamos como perfección, hoy cuando se está promocionando la mujer. Parece ser que solo le alaban su “producción”, se le dá casi todo el énfasis a lo que hace en vez de a lo que es, ni siquiera se menciona el amor. Claro que su solidaridad con el necesitado traspasa todo tiempo y es un ejemplo a seguir, lo mismo que el reconocer que lo exterior, que la belleza, no es ni el todo, ni lo principal para construir una verdadera y sabia relación humana.

En el evangelio (Mt. 25, 14-30) nos volvemos a encontrar con una parábola sobre el Reino de los Cielos. Un hombre reparte diferentes responsabilidades (talentos-tesoros) entre sus servidores. ¿Cómo responden ante dichas responsabilidades? Dos lo hacen espléndidamente bien, el tercero haciendo uso de una prudencia estéril, esconde su holgazanería.

Todos los bautizados, la Iglesia entera tiene una misión, y cada uno de nosotros, de acuerdo con nuestras capacidades (talentos) estamos llamados a participar en la misma. Sería contraproducente que la Iglesia se encerrara en sus laureles y enterrara los talentos en fosas, por más adornadas que fueran.

Estamos siempre en misión: se nos ha dado la Palabra para que la proclamemos, hemos aceptado la fe para vivirla, hemos recibido la esperanza para que la disfrutemos, hemos abrazado la caridad para compartirla.

Toda esa vida divina que recibimos en el Bautismo es para dar fruto, y hacerlo en abundancia. Quedarse simplemente con lo que se nos ha dado de la vida divina es puro egoísmo, falta de generosidad, abundancia de miedo. Seremos juzgados por el amor, y el verdadero amor siempre dá vida, incluso en la muerte: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no produce la espiga”.

Esta parábola parece indicar que no es suficiente defender, guardar, proteger. El tercer siervo guardó su tesoro para no perderlo, y el dueño se refirió a él como “Servidor malo y flojo”.

Por último vemos a Pablo (1 Tes. 5, 1-6) instando a sus feligreses a la vigilancia. El Día del Señor, les recuerda, vendrá aunque no sabemos cuando, lo mismo que no sabemos en qué momento de la noche vendrá el ladrón. La ventaja que nosotros tenemos, como nos dice el Apóstol, es que, por el Bautismo, somos hijos de la luz y no estamos en tinieblas.

¿Cómo nos encontrará el Señor cuando venga? ¿Estaremos en la claridad de la Gracia o en las tinieblas del pecado? El mes de noviembre, cuando oramos de una forma especial por nuestros difuntos, tal vez nos haga pensar en nuestro último momento y cree en nosotros ansiedad y temor. El que vive en gracia no tiene miedo, así se sentía San Luis Gonzaga, que estando jugando un día, alguien la preguntó que haría si supiese que en ese momento iba a morir.El contestó: “Seguiría jugando”.


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