Posted by: bishopgonzalez | September 10, 2011

El perdón, pedirlo y darlo, para desterrar peleas y rencores

El perdón, pedirlo y darlo, para desterrar peleas y rencores

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington

•Eclo 27,33-28,9
•Sal 102
•Rom 14,7-9
•Mt 18,21-35

La primera lectura para este domingo 24 del Tiempo Ordinario está tomada del libro de la Sabiduría de Ben Sira, mayormente conocido como Eclesiástico, nombre que le viene por haber sido leído con mucha frecuencia en la Iglesia primitiva, o sea en la asamblea.

Esta primera lectura y el santo evangelio de este domingo tienen mucho que ver con algo que es clave para la buena salud de las relaciones humanas, tanto individuales como a nivel comunitario, ya sea entre familias, países, etnias: el perdón, en su doble pendiente, pedirlo y darlo para luchar en contra de las peleas y rencores.

El autor atribuye tanto la ira como el rencor al pecador, eso es lo que lleva en su interior. Todo lo contrario de lo que Dios quiere y aprueba. Tanto el sabio como el religioso buscan la reconciliación, y sugiere acordarse de los mandamientos y de la alianza. En contra del odio, rencor, venganza y ofensa, cuyas consecuencias son muerte y corrupción se ofrece perdón, compasión. Todo lo contrario a aquella ley del talión: ojo por ojo y diente por diente, que nos llevaría a un mundo de ciegos y en necesidad de dentadura postiza.

Continuamos en el discurso eclesial o comunitario del domingo pasado. Como indica el título está dirigido a la comunidad, no a los extraños. Pedro, consciente de que todo ser humano tiene sus límites, hace una pregunta sobre los límites o número, aunque sea aproximado, de las veces que debemos perdonar al hermano que nos ofende. El número que ofrece él se puede considerar como bastante generoso y Jesús le responde con una parábola, y así el que quiera entender que entienda y el que no, él/ella se lo pierde.

Un súbdito debe al rey unos 100 millones de denarios (un denario es el jornal de un día de trabajo). El súbdito no tiene para pagar la deuda y el rey manda venderlo, junto con toda su familia y posesiones. El trabajador pide misericordia, y cosa insólita, el rey se compadece y le perdona la deuda.

Al salir de la presencia del rey se encuentra con un compañero que le debe 100 denarios, y aunque le promete que se los pagará y le pide tiempo y perdón, el que había recibido la cancelación de la deuda por parte del rey, ahora se vuelve violento, casi lo ahoga y lo hace encarcelar. Menos mal que los compañeros no quisieron ser cómplices y avisaron al rey, quien inmediatamente lo entregó a la justicia para que recibiera el castigo merecido, una especie de cadena perpetua pues nunca podría pagar la deuda que tenía con el rey.

A esas siete veces siete de Pedro, Jesús le responde con un setenta veces siete. Ambos números tienen un significado simbólico, indicando una cifra generosa, siendo mucho más generosa la de Cristo, como indicando sin límite alguno, no sólo esas 460 veces que indica el número.

Durante la visita del Papa a Madrid se levantaron en el Parque del Retiro unos doscientos confesionarios. Hace unas pocas semanas la Renovación Carismática de la Arquidiócesis celebró su VIII Congreso se confesaron, unas cuatrocientas personas. Ya llevamos varios años que los miércoles de Cuaresma, todas las iglesias de la arquidiócesis están abiertas para el que se quiera confesar. Mucha gente se confiesa, pide perdón a Dios. Pero no nos olvidemos que el pedir perdón y perdonar es también algo profundamente humano, genera paz y no sólo entre personas, sino en uno mismo. Las víctimas, sean de la clase que sea, nunca alcanzarán paz interior y liberación hasta que perdonen. La justicia seguirá su curso, pero el perdón es indispensable para la sanación.

Necesitamos no sólo perdonar a otros, sino perdonarnos a nosotros mismos por nuestras debilidades después de un arrepentimiento sincero. Debe-remos pedir perdón a todos esos pobres, hambrientos, rechazados, olvidados que no tienen para vivir, porque la compasión y solidaridad hacia ellos todavía no se la mostramos, aunque la virtud de la justicia nos lo está exigiendo.


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