Posted by: bishopgonzalez | May 13, 2011

Promovamos las vocaciones en la Iglesia local

Promovamos las vocaciones en la Iglesia local

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington

Hech 2,14.36-41
Sal 22
1 Pe 2,20-25
Jn 10,1-10

De nuevo en este cuarto domingo escuchamos una preciosa página del evangelio, aunque hoy en un mundo tan cosmopolita no se la entienda con la profundidad que se podía en los tiempos de Cristo e incluso en tiempos no muy lejanos al presente. El pastor es la persona que se dedica al cuidado del ganado, de una forma particular lo asociamos con las ovejas.

Pastor y labrador son los oficios más nombrados en los evangelios, los cuales eran muy comunes, pues gran parte de la economía tenía que ver con ellos. Ya en el Antiguo Testamento el calificativo de pastor no se da solamente a los cuidadores del ganado, sino que también se les aplica a profetas, líderes e incluso al rey. El cuidado de otros es de suma importancia, y por eso Cristo mismo se declara como Buen Pastor, cuyas cualidades son el conocimiento de las ovejas, el reconocimiento de su voz por parte de ellas, el ir siempre delante para guiarlas, para reconocer el camino, para evitar el peligro.

Jesús instruye a los oyentes presentándose como la puerta por la que se entra en el aprisco, y señala que quienes no lo hacen así son ladrones y salteadores. Son esos que van para matar, destruir y penetran en el recinto por lugares insospechados para evitar que las ovejas les descubran por lo que son. Ni siquiera las llaman, pues sólo reconocen la voz del pastor. Un poco más adelante en el evangelio, Jesús se proclama “Buen Pastor”.

El arte y la literatura nos han dado obras preciosas sobre este motivo, entre las que me gusta destacar el “Buen Pastor” de Murillo y que tengo colgado en mi despacho del obispado (¡lástima que no es el original!). Siempre me da un sentido de serenidad y de no estar solo.

En la iglesia primitiva al sacerdote se reconocía como pastor, en imitación a Cristo, por el cuidado de la feligresía que ellos tenían. Los protestantes han sido más fieles a esa tradición que nosotros los católicos, aunque no la hemos olvidado del todo.

Este evangelio es muy propio para la celebración a nivel mundial que este cuarto Domingo de Pascua nos proporciona: la Jornada Mundial de las Vocaciones.

El Santo Padre Benedicto XVI nos ha mandado un mensaje muy especial para esta ocasión, cuyo título es “Promover las vocaciones en la Iglesia local”.

En esta iglesia local de Washington estamos bendecidos de varias formas en lo que se refiere a las vocaciones sacerdotales, tanto en lo que se refiere al número de seminaristas como a la calidad de los mismos, tanto en el aspecto académico, como humano y espiritual. Con todo y con eso necesitamos más sacerdotes, necesitamos más jóvenes que respondan al llamado de Dios, y de una forma en particular para servir a la comunidad hispana/latina.

Hay comunidades que sienten la necesidad de ese pastor. Pero cabe hacerse la pregunta: ¿habéis mandado algún joven al seminario? ¿qué hacemos para que nuestras familias sean pequeños seminarios/semilleros de vocaciones? Jesús pide que oremos para que Dios mande operarios a la viña.

La misión del pastor, siguiendo el estilo de Cristo, es para gente dedicada a personas con nombre propio y en concreto, con particular énfasis en los débiles, desprotegidos, rechazados, perseguidos, inmigrantes, enfermos, sin olvidar todos los demás, que también son hijos/as de Dios.

Antes de elegir a sus apóstoles, según los diferentes relatos evangélicos, Jesús siempre pasa largos ratos, incluso la noche entera en oración, en comunicación y comunión con el Padre. Al hablar de vocaciones, tanto al sacerdocio como a la vida consagrada, debemos comenzar con la oración, porque el Jesús lo puede todo, como escuchábamos decir a Pedro en la primera lectura, que el Padre lo había constituido Señor y Mesías, no solamente continuará llamando, sino que también podrá tocar el corazón de esas mismas personas para que respondan con generosidad, dispuestas a todo por el bien del rebaño, sin pensar en el propio beneficio, carrera o poder, sino al servicio de los hermanos y hermanas, como hizo el que se denominó a sí mismo Buen Pastor, que no vino a ser servido, sino a servir.

Oremos para que la voz del Señor sea escuchada, y nos dejemos guiar por él, quien es el verdadero y único pastor.


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