Posted by: bishopgonzalez | October 21, 2010

La humildad siempre se encuentra en la verdad

La humildad siempre se encuentra en la verdad


MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington

Eclo. 35, 15-17.20-22
Sal. 33
2 Tim. 4, 6-8.16-18
Lc. 18, 9-14

 

Estamos ya acercándonos al final del año litúrgico.  Una vez más nos encontramos con uno de los temas que recorren el evangelio de San Lucas: La oración.  Creo conveniente recordar que San Lucas es el evangelista que con más frecuencia nos presenta a Jesús en oración.  También es verdad que no nos habla del contenido de dichas oraciones, algo que estoy seguro nos encantaría a todos.  En una ocasión sí nos da las palabras de Jesús en oración: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya”.  (Lc 22,42).

El domingo pasado vimos la importancia (necesidad) de la oración, de la perseverancia de la oración.  Observábamos cómo un juez que “no creía en Dios, ni le importaba la gente” decide escuchar las quejas de una viuda, por la insistencia de la pobre mujer en reclamar justicia.  Hoy escuchamos una parábola muy conocida: el fariseo y el publicano que van a orar al Templo.

El fariseo, quien es cumplidor de la ley a todas, regresa a su casa pero sin alcanzar la justificación.  El no escatima nada a la ley, incluso va más allá de lo mandado, pues como él dice: “ayuna dos veces por semana y da el diezmo de todo lo que posee”.  Jesús, sin embargo, dice que salió del Templo sin estar en gracia de Dios.

¿Por qué este hombre no alcanza la gracia?  El mismo evangelio nos da las razones: “está convencido que es justo, se cree superior a los demás y los desprecia”.  Cualquier persona que lea esta parábola entenderá muy bien que una actitud como la del fariseo, no es la mejor, ni siquiera buena, para ofrecer una oración al Señor.

El fariseo, es verdad, practica unas acciones que son indispensables para el crecimiento espiritual de la persona: oración, mortificación y caridad.  El problema de esta buena persona es que en su interior, en su corazón, está llena de un egoísmo destructor; en su interior se cree ser algo que en realidad no es.

Tal vez algunos de nosotros también “nos sentimos superior a los demás”.  Gracias a Dios no nos atrevemos a decirlo públicamente, de lo contrario, no solamente nos equivocaríamos, sino que haríamos el ridículo.

Santa Teresa habla de que la “humildad está en la verdad”, y un ejemplo de tal lo vemos en la segunda lectura de este domingo, donde Pablo habla de sus buenas obras, al mismo tiempo que reconoce que todo eso ha sido posible, incluso el aceptar el sacrificio final de su vida, “porque el Señor, dice él, estuvo a mi lado dándome fuerza”.

Conocerse a sí mismo no es fácil, al mismo tiempo que es signo de gran sabiduría.  Conocerse a sí mismo es una gran ayuda en nuestra peregrinación hacia al Padre.  Muchos hablan de “encontrarse a sí mismo”, de ver el verdadero yo.  El mundo de hoy nos invita a presentarnos enmascarados, a mostrar la superioridad que creemos poseer, por razones de posición económica, de origen étnico, de nacionalidad, de religiosidad, etc., etc.  Qué gran equivocación la nuestra en ese caso, lo mismo que cuando nos sentimos inferiores a otros porque vienen de lugares con más historia, zonas más desarrolladas o de gran poderío económico o militar.  Nunca debemos olvidar que “de hombre a hombre va cero”, y que ante Dios somos sus hijos e hijas, incluso aunque a veces estemos un tanto rotos.


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