Posted by: bishopgonzalez | September 11, 2010

La misericordia de Dios y la buena nueva

La misericordia de Dios y la buena nueva

MONS. FRANCISCO GONZÁLEZ, SF

Obispo Auxiliar de Washington

Ex 32,7-11.13-14

Sal 50

1Tim 1,12-17

Lc 15,1-32

Este domingo 24 del Tiempo Ordinario es fácil encontrar la palabra que resuena como mensaje principal de toda la Liturgia de la Palabra: misericordia, la misericordia de Dios.

La primera lectura nos introduce en este tema. Dios está furioso pues el pueblo ha abandonado sus leyes, han construido un ídolo y lo están adorando. Dios informa a Moisés que de él hará un gran pueblo, pero a Israel, por ser pueblo rebelde, lo destruirá. Moisés reconoce que Dios tiene razón, sin embargo le suplica, le recuerda sus obras maravillosas y extraordinarias que había hecho por su pueblo, amén de las promesas a sus siervos Abraham, Isaac y Jacob. Nos dice la Escritura que Dios tuvo misericordia y renunció a castigar a su pueblo.

El gran apóstol Pablo reconoce su pasado, había sido blasfemo, perseguidor y furioso contradictor, pero también reconoce que Dios tuvo compasión de él… y le perdonó, porque Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores. En esta segunda lectura resalta de nuevo la misericordia de Dios.

Y llegamos al Evangelio, aquí podemos muy bien ‘ver’ por qué llamamos evangelio al mensaje de Cristo, todo es Buena Noticia, Buena Nueva.

Jesús con estas tres parábolas quiere dar una lección a todos aquéllos que en su día le criticaban porque comía, bebía y compartía con pecadores. Jesús desde su naturaleza divina y su corazón tan humano quiere que la gente se salve, desea que todos disfruten de la gran amistad con Dios que quiere ser y es Padre de todos.

Comienza el relato hablando de quien pierde una oveja, de la mujer que pierde una moneda y del padre que pierde un hijo. ¿Qué hacen, cómo actúan estos tres personajes?

Ante todo entran en acción. El pastor busca la oveja, la mujer barre y limpia la casa y el padre sale al monte cada día esperando, soñando, deseando el regreso del hijo perdido. Los tres son bendecidos de Dios pues recobran lo que estaba perdido.

El pastor al encontrar la oveja no le echa los perros, no la ata a una soga, sino que se la pone sobre los hombros, se siente feliz e invita a los amigos. La mujer en vez de desesperarse porque ha perdido algo que necesitaba, limpia la casa con cuidado y cuando encuentra la moneda se siente tan contenta que llama a las vecinas a que participen de su alegría.

Por último el hijo perdido, el hijo que quiso perderse pues abandona padre, familia, casa, cultura, religión y amigos y se pierde en la vorágine del mundo del placer sin límites, de la fiesta sin descanso. Y de repente da un cambio la tortilla y empieza a sufrir las consecuencias de sus acciones, de su libertinaje, de su insolencia, de su indiferencia ante el sufrimiento del padre y seres queridos y entonces piensa en lo bien que estaría en casa y comienza su retorno. Para ejemplo de lo que es el amor y que él nunca supo apreciarlo ni darlo, su padre, el ofendido, la victima está esperándolo y este padre no quiere escuchar ni las excusas del hijo ni su confesión. El padre sólo está interesado en una cosa: tener en sus brazos al hijo perdido, al hijo que había muerto.

El viejo siente que le tiemblan las piernas, y con todo y con eso corre hacia el hijo, le abraza, pide que le pongan la mejor ropa (señal de respeto y alegría); el anillo de la familia (señal que es familia); unos zapatos para los pies (los esclavos van descalzos, pero el joven ya es hombre libre en el sentido más amplio de la palabra). Además hay que hacer partícipes a todos de esa alegría que siente el padre, algo que se expresa con el banquete, la música y el baile… El Padre está tan lleno de gozo que no cabe en sí mismo; Dios está felicísimo por el hijo pecador que ha regresado.

Queda el hijo mayor que vuelve del trabajo y no quiere participar de la fiesta, de la alegría.  ¡Qué lástima no saber ser feliz!

Oremos para que la Iglesia, la Iglesia toda, sepa, sepamos buscar, dar la bienvenida y celebrar el retorno de los que se fueron y a los que por primera vez se acercan a nuestras puertas.


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