Posted by: bishopgonzalez | August 26, 2010

Humildad: fundamento para dirigirse a Dios en oración

Humildad: fundamento para dirigirse a Dios en oración

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington

Eclo 3,19-21.30-31
Sal 67
Heb 12,18-19.22-24
Lc 14,1.7-14
Palabras claves de la Liturgia de la Palabra para este domingo son: sencillez, humildad, mansedumbre. El autor de la primera lectura les da mucha importancia, tanto es así que se atreve a afirmar que el que obra siguiendo dichas virtudes: será amado de Dios y sus amigos, conseguirá gracia ante el Señor. Lo opuesto a la humildad, o sea el orgullo, produce angustia sin remedio.

El santo evangelio sigue la misma línea: exaltación de la humildad, algo de lo que no se oye hablar mucho en nuestros días. Cada uno está empeñado en avanzar, y algunos lo hacen arrimándose al que manda, al dirigente, al que tiene poder y dinero y en extremos es capaz de vender la propia vida espiritual.

El Catecismo de la Iglesia Católica define así la humildad: Virtud por la cual el cristiano reconoce que Dios es el autor de todo bien. La humildad, continúa el Catecismo, evita la ambición desordenada o soberbia, y es el fundamento para dirigirse a Dios en oración.

El evangelio designado para este domingo nos presenta a Jesús que había sido invitado a comer por un fariseo, uno de los más importantes de la comunidad, añade la narración. Como siempre que se encontraba en situaciones parecidas, le estaba espiando.

Muy posiblemente la gente alrededor de la mesa eran importantes o muy importantes. Esa era la costumbre, el honor requería que fueran del mismo rango. No había costumbre de aceptar la invitación de un inferior, eso era una humillación, y tampoco se invitaba a los de posición inferior a la de uno mismo para no rebajarse. El “honor” había que preservarlo a toda costa.

El honor se adquiría por pertenencia a una familia de clase alta, por dinero o por poder. Jesús tenía fama, había hecho cosas extraordinarias (milagros), se le reconocía como maestro.

Jesús observaba como los invitados buscaban los primeros puestos, algo que podía resultar peligroso y embarazoso, pues las personas más importantes llegaban al final y había la posibilidad de que el anfitrión dijera a alguno: “Deja tu lugar a esta persona”.

Una segunda enseñanza de Jesús está dirigida al anfitrión: “No invites a tus amigos, parientes o vecinos ricos pues ellos también te invitarán a su vez y recibirás de ellos lo mismo que diste”. ¿Qué diste?  Posiblemente sólo comida, y sentarse a la mesa tiene unos requerimientos más profundos, como amistad, amor, servicio, reconciliación, futuro, hermandad.

Esta lectura para poderla digerir bien, debe ser leída y conectada a las Bienaventuranzas, a ese perfeccionamiento que Jesús viene a traer a la ley antigua.

Seguimos sufriendo de lo que Jesús vino a sanar: nuestro orgullo. ¿Cuántos pobres se sientan a la mesa de los líderes políticos y religiosos? Tal vez una vez al año para el Día de Acción de Gracias y la Navidad y cuando personas importantes se ponen un delantal y van a uno de los shelters de la ciudad a servir a los pobres, previo aviso a la prensa. Muchos siguen buscando los primeros asientos, los lugares para y con los VIP, para lo cual firman grandes cheques, y cuanto más grandes son más cerca estarán del mero mero. Claro que también es verdad que todo eso es una forma de recoger ayuda para los necesitados.

La humildad es virtud indispensable para nuestra relación con Dios, debemos reconocer y aceptar en plenitud que Él es el creador y nosotros somos las criaturas. La humildad es necesaria para las relaciones interpersonales y recordar como la Imitación de Cristo nos señala que “de hombre a hombre va cero”. La humildad, no sólo personal, sino a nivel social, nos ayudaría a mejorar las relaciones internacionales y erradicar muchos de los males que afectan el mundo.  La humildad, que no es otra cosa que el reconocimiento de la verdad, nos ayudará a ser más fieles a Cristo, quien muy claramente declaró ser el camino, la verdad y la vida.

Oremos para que en nuestras comunidades de fe, seamos todos fieles a las enseñanzas de Jesús, especialmente comprometidos con su persona.


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