Posted by: bishopgonzalez | August 22, 2010

El padre corrige porque ama a su hijo

El padre corrige porque ama a su hijo

Mons. Francisco González, SF
Obispo Auxiliar de Washington

Is 66,18-21
Sal 116
Heb 12,5-7.11-13
Lc 13,22-30

La primera lectura que nos viene del profeta Isaías es la conclusión de su libro, y dicha lectura comienza anunciando que van a reunirse todos los pueblos de todos los idiomas. El Señor los va a retener y el Señor va a mostrar su poderío que al verlo cambiarán sus actitudes, se pondrán de parte de él y aprovechará para mandarlos hasta el extremo del mundo. Allí donde todavía no le conocen, pero éstos que han sido testigos de su gloria la anunciarán a todos y todos los pueblos volverán a él, no importa cómo, pero volverán como una ofrenda purificada.

Sabemos que la salvación se ofrece a todos, y este es uno de esos pasajes de la Sagrada Escritura en la que se enfatiza su universalidad: todos los pueblos de todos los idiomas.

De aquí pasamos a la segunda lectura con el pasaje tomado de la carta a los Hebreos. Se trata en él un tema de entonces y de ahora, un tema con una pedagogía sana, muy sana y clara, que algunos aceptan y otros no: el sentido del castigo divino, que Pablo lo compara o quiere explicarlo basado en aspectos del comportamiento humano, en este caso el del padre.

Dios castiga, el padre corrige y castiga porque Dios, Padre nuestro, nos ama. El castigo era parte de la corrección y la corrección servía para ayudar en el desarrollo de la persona. Era una forma de aprender a vivir. Los padres corrigen porque de lo contrario no serían padres. El padre que ama a su hijo/a tiene que corregirle si verdaderamente lo ama. Dejar hacer a otro lo que le dé la gana, no es señal de amor, si no desinterés por la persona, por su bienestar. El dejar a un hijo/a hacer su “santa voluntad”, dejarles crecer en un completo libertinaje, más tarde será la causa de un sufrimiento personal y de los que nos rodean que se podía haber evitado, con un poco más de gracia y responsabilidad.

Pablo se expresa extraordinariamente bien: “Hijo, no menosprecies la corrección del Señor; no te desanimes cuando te reprenda. A quien ama el Señor lo corrige y castiga a todo aquel que recibe por hijo”.

Para concluir la Liturgia de la Palabra de este domingo se nos ofrece el pasaje evangélico de San Lucas tomado del capítulo 13 y que comprende los versículos del 22 al 30. El evangelista nos sitúa a Jesús de camino a Jerusalén, durante cuyo trayecto Jesús aprovecha para continuar sus instrucciones, las cuales, cada vez más le van a crear conflictos con algunos grupos, especialmente las autoridades.

Un extraño se le acerca con una pregunta que posiblemente preocupaba a muchos, tal vez tanto o más que ahora: “Señor, ¿es verdad que pocos hombres se salvarán?

Y Jesús, una vez más decide no dar una respuesta directa: “Esfuérzate, le responde, por entrar por la puerta angosta, pues yo les digo que muchos tratarán de entrar y no lo lograrán”. Y continúa explicándoles como algunos querrán valerse de hechos y presunciones, creyendo en los propios méritos, cuando nada de eso les valdrá. Vestir hábitos, llevar insignias, pertenecer a grupos más o menos numerosos, haberse sentado a la mesa de dignatarios eclesiásticos o paseado con ellos ante la mirada atónita de la gente sencilla… nada de todo eso es meritorio. Y las palabras del Señor suenan como la actividad atmosférica de rayos y truenos: “No sé de dónde son ustedes, aléjense de mí todos los malhechores”.

¿Cuántos se van a salvar? ¿Cuántos nos vamos a salvar? Pues no lo sé, además de que no va a ser tan fácil -parece indicarnos el Señor- y si alguno cree que se podrá entrar en el cielo con recomendación de alguna “amistad importante”, por influencias o sonrisas cautivadoras… nada de nada. Sepamos estar donde debemos estar, pongámonos en el lugar que nos corresponde, dejemos de lado todas esas exterioridades que viene el viento y se las lleva o la lluvia y las encoge. Confiemos en el Señor, hagamos su santa voluntad pues a pesar de todos los pesares, él quiere la salvación de todos, incluso de todos aquellos que no se han enterado o quieren olvidarse que el Señor “quiere reunir a todos los pueblos, de todos los idiomas”.

El Señor “quiere reunir a todos los pueblos, de todos los idiomas.”


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