Posted by: bishopgonzalez | August 3, 2010

La vigilante espera de la salvación de los justos

La vigilante espera de la salvación de los justos

Mons. Francisco González, SF
Obispo Auxiliar de Washington

Sab. 18, 6-9

Sal. 32,1y12.18-19.20y22

Heb. 11, 1-2.8-19

Lc. 12, 32-48

Este domingo es el decimonoveno del tiempo ordinario. Desde el decimotercero estamos viviendo el camino de Jesús hacia Jerusalén. Todavía estamos en la primera etapa, como señalan algunos estudiosos en este Evangelio. En este subir a Jerusalén estamos siendo enfrentados por la Palabra: Acoger la Palabra, la Palabra nos enseña a cómo ver los bienes temporales y hoy esta Palabra nos llama a una vida de expectación, de vigilancia, de estar alerta.

En la primera lectura, tomada de la Sabiduría, se nos recuerda “la noche”, aquella primera noche en la que el Pueblo Elegido estuvo vigilante en espera de la salvación de los justos y la destrucción de sus enemigos, pues habían confiado en la promesa y así fueron testigos de dos cosas:  su liberación y el castigo de sus enemigos.

El santo evangelio, Jesús dijo a sus discípulos que confiaran en el reino de Dios. “Acumulen en el cielo un tesoro que no se acaba”, con las palabras dulces animando a sus discípulos para que no tengan miedo, pues aunque son pocos, “pequeño rebaño les llama”, el Padre les protege, que es lo mismo que sucedió en la Noche de Pascua, cuando el pueblo oprimido por los egipcios fue liberado por el poder de Dios, todo lo cual nos puede dar una tranquilidad, a lo mismo que una lección a la Iglesia (rebaño), que debe entender que su seguridad no está en su poder ni en su prestigio, sino en la gracia y el Espíritu del Señor que cuida de ella, como apunta muy bien Luis F. García, en su comentario al evangelio de San Lucas.

En nuestra sociedad, especialmente aquí en Estados Unidos, hablamos constantemente de “nuestros derechos”, lo cual llevado al extremo dan por sentado que se les debe todo, e incluso en el aspecto o mundo religioso actúan de la misma manera y llegan a exigir aún del mismo Dios: es que yo estoy bautizado… es que yo soy católico… es que todos en mi familia somos católicos… es que yo siempre ayudo a la Iglesia… es que… y así sucesivamente.

En el evangelio de hoy, después de esas palabras consoladoras de Jesús, él presenta tres parábolas donde invita y por las que reta al individuo y a la Iglesia a permanecer vigilantes, pues el Señor que de seguro vendrá a pedir cuentas, no ha señalado a qué hora va a llegar y por eso se nos recuerda lo incierto de la hora.  La tercera parábola tiene que ver mucho con los pastores y todos aquellos que en la comunidad cristiana ejercen el don de la autoridad: no abuséis del rebaño.

Cuando se venía el tercer milenio se habló y escribió del que se acababa y del que iba a empezar, hay quienes estaban calculando hasta el minuto y segundo del fin, de la llegada del Señor, de nuestro propio fin. Después de una década nos hemos dado cuenta que ni las computadoras más avanzadas consiguieron adivinar lo que iba a pasar. En la Sagrada Escritura lo que sí se nos dice es: (1) El fin llegará; (2) No se sabe cuándo; (3) Debemos estar preparados cumpliendo con lo que Dios nos ha pedido y encomendado y por último, habrá juicio y sentencia. “Estén prevenidos, porque el hijo del Hombre vendrá a la hora que menos piensan.” Mt. 24.42.44.

Sigamos el consejo de San Pablo quien nos invita encarecidamente a vivir intensamente la vida de fe.


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