Posted by: bishopgonzalez | July 29, 2010

Las mejores cosas de este mundo no se pueden comprar

Las mejores cosas de este mundo no se pueden comprar

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington

Ecl 1,2; 2,21-23
Sal 89
Col 3,1-5.9-11
Lc 12,13-21
Estamos en pleno verano, tiempo para descansar y reponer fuerzas. Muchos viajamos para tomar unas vacaciones, visitar la familia, ver los colegios o universidades donde los hijos ingresarán en poco tiempo. Hay quienes cambian de trabajo o aprovechan para arreglar la casa. En fin, hay mucha cosa en nuestro programa. Ojalá también encontremos tiempo para reflexionar un poco sobre la vida, nuestra vida.

La lectura evangélica para este domingo comienza con una petición de alguien que estaba escuchando entre la gente. Sus palabras fueron: “Maestro, dile a mi hermano que reparta la herencia conmigo”. No sabemos exactamente cuáles eran las circunstancias entre los hermanos. La costumbre más generalizada era mantener toda la propiedad bajo uno sólo y así se intentaba conservar la unidad familiar y la fortaleza económica. ¿Pedía este hermano que su hermano mayor le diera parte de la propiedad, o tal vez, que fuera más generoso, o haberle pedido ciertas tierras que tal vez el mayor quería para sí mismo?

La verdad es que no lo sabemos. Jesús no quiere entrar en esta disputa familiar, principalmente porque no es parte de su misión. Nada de esto tiene que ver con el establecimiento del Reino, y así aprovecha y trata de educar a la gente en el verdadero valor de las cosas: “Tened cuidado y evitad toda clase de avaricia; porque aunque alguien esté en la abundancia, su vida no depende de sus bienes”.

Todos hemos visto funerales, funerales de héroes militares, de reyes y príncipes, de papas y cardenales, de multimillonarios, de científicos, de políticos que nunca perdieron una elección. En el cementerio también hay enterrados traidores de la patria, siervos, criados y esclavos, simples clérigos, pobres desconocidos, niños, jóvenes y ancianos. La muerte no hace distinción entre unos y otros. No importa el tamaño de la esquela mortuoria, todos pasamos por el mismo trance, y todos morimos solos, por más gente que rodee nuestro lecho.

Jesús confirma su enseñanza con una parábola. Un rico se hace más rico pues la cosecha es tan abundante que se ve en la necesidad de construir nuevos y más grandes graneros para poder almacenar la enorme cosecha que ha conseguido. No le ha pasado por la cabeza haber dicho a sus obreros que después de llenar los graneros que ya tenía, que el resto se lo llevaran a sus casas para alimentar a sus familias.

Cuando terminó los nuevos almacenes y ya toda la cosecha había sido recogida, posiblemente invitó a una gran cena a otros potentados, tal vez para darles envidia y gozarse en su éxito. La cena duraría bastante porque hubo muchos platos, el vino corría generosamente y los músicos alegraron la celebración. Las risas y carcajadas se oían hasta fuera de la casa. Finalmente acabó la fiesta, se fueron los invitados, el anfitrión se tomó un último trago y pensó en todo lo que había acumulado. Lo de esta noche había que repetirlo y se dijo a sí mismo: Alma, tienes suficientes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y diviértete”. Y con tan prometedor futuro se fue a su habitación, apagó el candil y se acostó con una sonrisa en los labios y…ya nunca se despertó.

¡Insensato! -le dijo Dios- esta noche morirás. ¿Para quién será todo lo que has guardado?

El sabio de la primera lectura nos habla de que toda esa vanidad, en otras palabras, nada es permanente, ni la vida ni la riqueza, ni el poder ni la salud: Vanidad de vanidades, todo es vanidad.

En la misma vena habla Pablo: Pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Destruid, pues, lo que hay de terreno en vosotros: fornicación, impureza, liviandad, malos deseos y codicia, que es una forma de idolatría.

Alguien, muy acertadamente dijo: Las mejores cosas de este mundo, no cuestan dinero, no se pueden comprar.


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