Posted by: bishopgonzalez | July 22, 2010

Salir de sí mismo para encontrarse con el otro

Salir de sí mismo para encontrarse con el otro

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington

Gn 18,20-21.23-32
Sal 138
Col 2,12-14
Lc 11,1-13

El ser humano nace de una relación, está llamado a la relación, y madura a través de relaciones con otros. Tiene una necesidad de salir de sí mismo para encontrarse con el otro, pues es incompleto. La relación nos ayuda a ir controlando nuestro egoísmo y crecer en el amor, lo cual es la base para una relación que da vida. La conversación y el diálogo son otros aspectos que nos ayudan a relacionarnos pues facilitan el conocimiento de la otra persona.

Sirva la anterior como pequeño preámbulo para entrar en la reflexión de este domingo: orar.

Hoy en día, incluso en medio de tanta secularización e individualismo, mucha gente, muchísima gente pide y busca fórmulas, métodos de oración. Algunos lo admiten, y otros no. Algo hay en el corazón humano que busca esa relación con lo trascendente, con el misterio, con el Dios, lo llamen como lo llamen.

El padre Rex A. Pai, SJ, tiene un libro hermoso que titula “Orar es sencillo”, donde nos presenta 70 modos de rezar y comienza diciendo: “Orar es entablar una relación”, y continúa con descripciones de la acción de orar como abrirse, escuchar, reverencia, adoración, poner los ojos en Él, alabar, hacerse niño, esperar, ser auténtico, decir sí, amar, olvidarse de sí, dejarse llevar, comunión, entrar en el misterio, dar vida al mundo, etcétera.

Jesús está en constante relación con el Padre, y hay ocasiones que se retira para orar, para conversar con Él a solas. En una ocasión, nos dice el evangelio, que cuando acabó su oración se le acercó uno de los discípulos y le dijo: Señor, enséñanos a orar. Jesús respondió a la petición diciéndoles: Cuando oréis, decid y les dio esa magnífica oración que tantas y tantas veces hemos pronunciado, El Padrenuestro.

Jesús nos invita con esta oración, primero que todo a llamar “Padre” a Dios, recordando así que somos sus hijos/as, al mismo tiempo que hermanos/as entre nosotros. Las dos primeras peticiones, como debe ser, se refieren a Dios como centro de todo, en especial de nuestras vidas y el deseo que su Reino se establezca entre nosotros.

Hay tres peticiones más que se refieren a nosotros. Pedimos por todo lo que necesitamos para nuestro diario vivir, o sea, “el pan nuestro de cada día”. Si la vida es relación, oramos para que nada la impida, como es el pecado y si en él hemos caído, pedimos la reconciliación para seguir viviendo en paz con Él, y con nuestros hermanos: pedimos perdón y también perdonamos. Por último rogamos a Dios para no caer en tentación, en esa idolatría que nos separaría de Él, único y verdadero Dios.

Finalmente nos presenta una parábola que tiene que ver con la hospitalidad y la respuesta ante la insistencia de un necesitado que llega a la hora más intempestiva, o sea, a media noche cuando todos están en la cama, es el primer sueño. Pero el viajero insiste y lo hace con tanta fuerza que al final consigue lo que necesita.

Jesús continúa su instrucción: Pedid y recibiréis; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá. La oración debe ser constante, no necesariamente que pasemos el día recitando oraciones, sino que estemos llenos del espíritu de oración, del espíritu de relación profunda e íntima con el Señor, que nuestra vida sea testimonio de esa unión, de esa comunión con nuestro Dios.

Volviendo al Padrenuestro podría nuestra reflexión para hoy estar basada en algunas preguntas a cerca de nuestra actitud y respuesta a las peticiones del mismo, como podrían ser: ¿Qué hago para que el nombre de Dios sea honrado y santificado? ¿Trabajo para que el Reino se convierta en realidad? ¿Qué hago para que el pan de cada día llegue a los demás, comparto el mío con los necesitados? ¿Pido perdón cuando ofendo… sé perdonar cuando me ofenden? ¿Acepto las bendiciones que recibo de Dios para vencer la tentación y no exponerme a la misma?

La oración, como decía Santa Teresa, no consiste en pensar mucho, sino en amar sin medida.


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