Posted by: bishopgonzalez | July 16, 2010

He venido para compartir y estar entre amigos

He venido para compartir y estar entre amigos

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF

Obispo Auxiliar de Washington

Gn 18,1-10
Sal 14
Col 1,24-28
Lc 10,38-42

Estamos hoy delante de un pasaje que ha hecho correr mucha tinta. Hay interpretaciones y más interpretaciones, incluso la variedad en las mismas se puede ver si la persona es hombre o mujer. ¡Gloria a Dios! No todo tiene que ser interpretado desde un punto de vista patriarcal o del hombre. La sociedad ha desperdiciado mucho al no haber contado más con la mujer como líder, como persona que puede pensar por sí misma. Sea como sea hoy nos encontramos con el relato evangélico que nos cuenta como Jesús, en su camino hacia Jerusalén, entra en una aldea y una mujer de nombre Marta, lo recibe en su casa. Esta mujer tiene una hermana, su nombre es María.

Ya aquí hay algo que se sale un tanto de lo común, pues es una mujer la que actúa de anfitriona. En todo el relato no hay mención de hombre alguno relacionado con las hermanas. Tampoco hay alusión a la presencia o no de los discípulos, da la impresión que los únicos en la casa son Jesús y las dos hermanas.

Marta está preparando todo para que la estadía del amigo de la familia sea de lo más agradable posible. Es fácil imaginar yendo de la cocina al huerto, al pozo, al comedor para que no falte detalle alguno. Y en medio de este ajetreo, siente que no va a disfrutar de la presencia de Jesús debido a todo el trabajo que está haciendo, y sin embargo, piensa ella, si mi hermana me ayuda pronto podríamos sentarnos todos a la mesa y gozar de la conversación. En un momento dado lleva esta queja al Maestro: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en la tarea? Dile que me ayude”.

Jesús, el Maestro y amigo muestra su afecto por ella al pronunciar su nombre dos veces: “Marta, Marta”, y añade “andas inquieta y preocupada por muchas cosas, cuando en realidad sólo una es necesaria”.

Parece como si quisiera recordarle que lo principal alrededor de la mesa son los comensales, y si los vasos y cubiertos no están todos puestos, pues no hay que apurarse. Y si en vez de un lechón asado, sólo hay una ensalada y un trozo de pescado, pues también ese es sustento. Parece como si Jesús le dijera: Mira, mi querida Marta, si he venido a vuestra casa, no ha sido por la comida, aunque tú cocinas muy bien, he venido para estar con vosotras, para estar entre amigos, para charlar un rato, para compartir como Maestro y discípulas, y por eso debo decirte que tu hermana María, “ha escogido la mejor parte, y nadie se la quitará”.

Este episodio me acuerda algunas veces que me han invitado a cenar en alguna casa, y después de recibirme me ofrecen algo para tomar y alguno que otro entremés y me dejan sólo porque están preparando la gran cena, para que todo salga bien pues, como te dicen, no tenemos un obispo en casa cada día. Y la verdad es que uno se siente un alagado por tanta consideración, pero también uno se cansa de mirar las paredes, los cuadros, las fotos que tienen, etc., y en ocasiones me he levantado y me he ido a la cocina para estar con ellos, que para eso he ido a visitarlos.

Esta presencia de Jesús en una casa, como algunos exegetas han indicado, nos recuerda las primeras comunidades cristianas, cuando se había abandonado el Templo y los hogares se convirtieron en iglesias, y no solamente para la reunión de la comunidad, sino que cada hogar aspiraba a ser “una iglesia doméstica”.

El episodio de Marta y María puede muy bien ser para nosotros una muestra de los dos aspectos del discipulado: la diaconía, o sea, el servicio y caridad hacia los demás y la proclamación de la Palabra.

Hoy la Iglesia tiene una profunda necesidad de ser más y más servidora, de cuidar de los necesitados, de practicar la caridad pues como constantemente podemos constatar cada vez hay más pobres y que son más pobres. Al mismo tiempo debemos hacer que nuestra Iglesia sea cada vez más acogedora, y que sus palabras sean para proclamar la verdad, defender la justicia y promover la paz.

Yolanda


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