Posted by: bishopgonzalez | June 17, 2010

Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Mons. Francisco González, SF
Obispo Auxiliar de Washington

Zac 12,10-11; 13,1
Sal 62,2.3-4.5-6.8-9
Gal 3,26-28
Lc 9,18-24

Parece ser que Jesús ha dejado atrás a la multitud, ha ido predicando por las aldeas y hasta ha alimentado a miles de personas con muy poca comida pero ha satisfecho a todos y hasta ha sobrado.

El evangelio de hoy comienza presentándonos a Jesús en oración, está sólo en ese momento, como en otras ocasiones que nos lo presenta Lucas, especialmente en momentos cruciales de su vida. Aquí da la impresión, tanto por lo que se dice como por lo que nos da a conocer la totalidad de este texto, que Jesús está pasando por un momento bajo en su vida. Ha tenido un momento de triunfo, el gran milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, su fama, sin duda alguna está alcanzando a mucha gente y hoy es para él el momento de “revisión de vida”. ¿Me estará entendiendo toda esta gente? ¿Estaré afectando sus vidas de una forma positiva de acercamiento al verdadero Dios?

Centros pastorales desarrollan planes pastorales, catequesis de un tipo u otro, retiros, misiones, institutos. Todos buscando lo que hoy en día nos gusta llamar “las mejores prácticas”, pues estamos interesados en no perder el tiempo y principalmente en ser efectivos.

Jesús está en oración, está reflexionando, se está haciendo preguntas, y sobre todo está en comunicación con el Padre a quien acude constantemente.

En una pausa se le acercan sus discípulos y él les hace una pregunta: ¿Quién dice la gente que soy yo? La pregunta la hace entre curiosidad y el celo apostólico que le mueve. Para entonces había recorrido bastantes lugares de Galilea, había asistido y predicado en la sinagoga, había expulsado demonios, sanado enfermos graves, curado a leprosos y paralíticos, dado de comer a necesitados, proclamado alguna doctrina un tanto chocante para los oídos judíos. ¿Quién dice la gente que soy yo?

Después de recibir varias respuestas que representaban las diferentes percepciones que de él tenía el pueblo, se enfrentó a ellos, a los llamados, a los íntimos, a los que han estado con el desde el principio: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Pedro responde en nombre de todos: “Tú eres el Mesías de Dios”. Magnífico, ha dado en el clavo, la respuesta es correcta: Jesús es el Mesías de Dios. Claro que esto no es final, pues si Pedro ha dado la respuesta correcta, ¿Por qué la enérgica prohibición de repetirlo y proclamarlo públicamente?

La respuesta la encontramos tanto en la primera lectura de este domingo como en los versículos siguientes de este evangelio. “Mirarán al que traspasaron”, referencia clara a Cristo y ese mismo Cristo quien acabada la confesión de Pedro les anuncia algo muy antimesiánico según la mente del pueblo: mesianismo y sufrimiento no van juntos y por eso Jesús/Mesías y Jesús/El Crucificado no tiene sentido. Mesías va con triunfo, conquista, poder, dominio, expulsión de los opresores, etcétera.

Jesús es profeta, no necesita el permiso del orden establecido, habla como profeta porque recibe su poder directamente de arriba y no del Templo o la Ley, defensores de un mesianismo real, político y/o religioso.

El Mesías, el Hijo del Hombre debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los Maestros de la Ley. Lo matarán.

Los que escucharon estas palabras de Jesús por primera vez y muchos de los que las hemos repetido centenares de veces, tal vez nos hacemos la misma pregunta: ¿qué clase de mesianismo es éste? Un mundo plagado por los desastres naturales, la malicia del hombre, la dictadura, el poder de los deshumanizados y el sufrimiento de los inocentes, ¿Qué clase de mesianismo es éste?

Yo diría que es el verdadero, porque después de tomar la cruz y seguir a Cristo, después de ofrecer la vida por los demás y para la mejora de vida en el mundo, de proclamar a Dios sin vergüenza alguna y con todas las consecuencias, después de haberlo sacrificado todo, incluso la propia vida, llegaremos a la resurrección, como Jesús prometió y nos mostró el mismo.

El Mesías, el Hijo del Hombre debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los Maestros de la Ley. Lo matarán.


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