Posted by: bishopgonzalez | June 11, 2010

‘Esto es imperdonable… y, sin embargo, todo se puede perdonar’

‘Esto es imperdonable… y, sin embargo, todo se puede perdonar’

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington

2 Sam 12,7-10. 13
Gal 2,16.19-21
Lc 7, 36-8,3
Una vez más las lecturas señaladas para la liturgia de este domingo son de lo más consoladoras para todos nosotros, comenzando ya por la segunda lectura donde Pablo, en este pasaje de la carta a los Gálatas nos habla de lo que verdaderamente es esencial en la vida del cristiano: “Ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí”. Vivir en Cristo, vaciarnos de nosotros mismos para que él se posesione de nosotros, debe ser el objetivo de nuestra peregrinación en este mundo, llegar a ser uno con Cristo.

Hay retos, dificultades, impedimentos para conseguir esa intimidad con el Señor, entre los cuales está el pecado que comienza debilitando esa relación y si no hacemos nada por restaurarla, puede llegar a morir. Sin embargo el antídoto para la recuperación de la salud espiritual, si es que se ha perdido o enfriado, es el arrepentimiento, y por encima de todo, la misericordia de Dios.

La primera lectura nos habla del gran pecado de David. Dicho pecado causa la muerte de Urías, un soldado valiente, fiel e inocente. También carga otra muerte inocente, la del propio hijo nacido de su adulterio; el horror y sufrimiento de Betsabé abusada por el rey y madre del bebé. Si hablamos de pecado, el de David tiene un poco de todo, mejor dicho, tiene un mucho de todo: lujuria, adulterio, homicidio premeditado, soberbia y abuso de poder, deseo de engaño y de ser hombre justo que castiga el mal, sin reconocer que él es el malhechor.

Un hecho de esta magnitud, dirían algunos, no tiene perdón de Dios… y sin embargo, sí lo tiene. Cuando David recapacita a instancias del profeta Natán, hace penitencia, vuelve los ojos que le llevaron al pecado, hacia el Dios que perdona y salva.

Si pasamos ahora al santo evangelio, el evangelio de la misericordia, como se suele conocer el evangelio de Lucas, vemos otra situación: una cena donde el invitado principal es Jesús, a quien un fariseo de nombre Simón invitó a su casa, pero que, como Jesús le recuerda no ha cumplido con él lo que requiere la hospitalidad: no le ha ofrecido el agua para la limpieza de sus pies; tampoco le ha dado el beso de bienvenida y ni le ha hecho la unción. O sea que la invitación tiene muchos matices que indican que no ha sido del todo tan sincera.

Y mientras están sentados en la mesa, horror de horrores, una prostituta se presenta con un frasco de alabastro y perfume, se sienta a los pies de Jesús, se pone a llorar, y con las lágrimas le baña los pies, se los perfuma con la colonia que había traído y se los seca con sus cabellos. ¡Qué osadía la de esta mujer! Esto es imperdonable… y sin embargo, todo se puede perdonar, y así Jesús no solamente alaba la osadía de esta mujer comparada con el recibimiento tan frío que le ha hecho su anfitrión, sino que además Jesús dice a la mujer: “Tus pecados quedan perdonados. Tu fe te ha salvado; vete en paz”.

Estamos ya concluyendo la primera década del siglo XXI, estamos disfrutando de grandes avances en muchos aspectos de nuestra vida, nos encontramos a las puertas de cosas ciertamente maravillosas, y sin embargo estamos repitiendo equivocaciones que nos acompañan desde los primeros seres humanos: una pelea de Adán y Eva echándose la culpa uno a otro de sus acciones; uno de sus hijos mata al hermano y la sangre continúa corriendo por el mundo, y a veces como en grandes diluvios.

Nos hemos olvidado del poder sanador y salvador del perdón, del verdadero perdón, del perdón que viene y está basado en la imitación de Cristo. Pedir perdón basado en un verdadero arrepentimiento; perdonar después de una mirada escudriñadora a nuestro interior y otra mirada contemplativa al rostro de Cristo. Esposos y esposas, madres y padres, hermanos y hermanas, jefes y trabajadores/empleados, líderes religiosos y miembros de comunidades de fe, opresores y oprimidos, abusadores y víctimas, líderes políticos y constituyentes, miembros de ejércitos conquistadores y pueblos sometidos, primer mundo y tercer mundo, iglesias y religiones separadas, clérigos y laicos.

Un pensamiento, un deseo, un comienzo: “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Que así sea. Nada fácil, pero puede ser un comienzo.


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