Posted by: bishopgonzalez | April 15, 2010

¡Pedro y los apóstoles dieron testimonio de su fe en Jesús!

¡Pedro y los apóstoles dieron testimonio de su fe en Jesús!

Mons. Francisco González, SF
Obispo Auxiliar de Washington

He 5,27-32.40-41
Sal 30
Ap 5,11-14
Jn 21,1-19

En el evangelio de hoy vemos algo muy interesante, algo que nos da esperanza a todos los que de una forma u otra hemos abandonado al Señor. Este último capítulo de San Juan es como una añadidura al final del libro, un apéndice, podríamos decir. En él vemos un punto doctrinal a cerca de la Iglesia. Los apóstoles han comprobado que Jesús sí ha resucitado y ahora piensan que han de continuar su misión pero sin él, aunque lo sienten presente.

Ellos han vuelto a Galilea, al lago de Tiberíades donde comenzaron hace algún tiempo. Según se desarrolla la narración parece como la segunda llamada y definitiva con la nueva organización. Pedro va de pesca y varios de ellos le siguen. Pasan una noche en valde, pues no pescaron nada. En medio del posible desánimo alguien desde la orilla les pregunta si tienen algo que comer. Ante la negativa les dice que echen la red a la derecha de la barca y que allí encontrarían. Ellos obedecen y casi se hunden por la abundancia de peces. Y en ese momento el “discípulo amado o preferido del Señor” lo reconoce y dice a Pedro: “Es el Señor”.

El discípulo amado o preferido, en la opinión de expertos no es necesariamente el autor del evangelio, sino todo “verdadero discípulo” que se caracteriza por su fe, que es capaz de reconocer al Señor a la menor señal.

El hombre que había negado al Señor, se lanza al agua, no quiere esperar, desea estar siempre con el Señor, quiere borrar con obras, la obra tan disparatada que había hecho al negar que conocía al Maestro y lo negó tres veces. El Señor quiere darle la oportunidad de enfrentarse a sí mismo y decidir. Tres veces le pregunta: Simón hijo de Juan, ¿me amas, incluso más que éstos?

Pedro, con el corazón dolorido por el recuerdo de las negaciones y también porque la pregunta se la repite tres veces, contesta con toda humildad y sinceridad que sí, que sí lo quiere, que él, el Señor que pregunta, sabe, conoce su amor. Y en ese momento de vuelta para Pedro, el Señor le confía el cuidado del rebaño, usando la primacía del amor y del servicio, algo que le llevará hasta el último sacrificio por el cual daría testimonio de su pastoreo y al mismo tiempo esa sería la forma como daría gloria a Dios.

Han estado pescando en el lago Tiberíades, lugar pagano. La Iglesia ha sido comparada o descrita como una barca y esta barca va a encontrar dificultades porque en ocasiones estará rodeada de no-simpatizantes, incluso enemigos. La pesca será difícil, sin embargo la misión es hacia el mundo entero y Pedro arrastra en la red a toda clase de gente. Esta iglesia debe ser universal, abierta a todas las gentes y culturas con la invitación de hacerse discípulos del Señor, al que buscan, al que reconocen, en quien creen y a quien siguen por amor.

Este pasaje evangélico está llenó de símbolos que nos hablan de discipulado o seguimiento y de la misión. Lo mismo que María Magdalena reconoce al Resucitado al oír su nombre, y también los discípulos lo reconocen al oír su palabra que les pregunta por la comida, y que finalmente la celebran con Jesús, en comunidad, la comunidad que vive bajo la autoridad del Pastor, de Jesús y que le sucederá Pedro su Vicario, sin olvidar al profeta que podemos ver en el discípulo amado, y los discípulos amados y preferidos de todos los tiempos.

La autoridad y la profecía van de la mano, ambas deben dar testimonio evangélico. La primera lectura de hoy nos habla de cómo Pedro y los apóstoles dieron testimonio de su fe en Jesús y de su seguimiento, cuando predicando en el Templo los llevaron ante el Sanedrín y allí anunciaron su intención de continuar hablando de aquel que ellos habían matado, porque “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”, y no solamente sufrieron azotes por su predicación, sino que “estaban contentos por haber sido considerados dignos de sufrir por el Nombre de Jesús”.

La Resurrección de Jesús había transformado a los apóstoles, y por su apertura al Espíritu tuvieron la fuerza necesaria para el “sí” sin condiciones a quien les llamó y envió.


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