Posted by: bishopgonzalez | April 2, 2010

XXX Aniversario de la muerte de Monseñor Oscar Arnulfo Romero

XXX Aniversario de la muerte de Monseñor Oscar Arnulfo Romero

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington

Homilía. Basílica del Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción

27 de marzo, 2010

Quiero agradecer a Su Excelencia Don Francisco Altschul, por invitarme a participar en este aniversario, presidiendo la Santa Misa que hoy ofrecemos por Monseñor Oscar Arnulfo Romero, al conmemorar los treinta años de su muerte, de su asesinato, de su martirio como lo declara muchísima gente.

Hay un montón de sentimientos que floran en mi mente y corazón, entre ellos un cierto miedo o aprensión al hablar de un persona tan extraordinaria, una persona, querida, venerada, respetada y amado por muchos y al mismo tiempo odiada por otros. Monseñor Romero no es un santo canonizado, ni siquiera declarado oficialmente beato; eso todos lo sabemos. Sin embargo para muchos es el “mártir latinoamericano” por excelencia. Nuestro continente es rico en mártires: los hay campesinos y campesinas, estudiantes, abogados, intelectuales, religiosos y religiosas, sacerdote, obispos y más.

El mártir latinoamericano es un tanto diferente de lo que hemos leído en la vida de los muchos que a través de los siglos han sido inmolados por su fe, por su profesión de fe. En nuestros días muchos de nuestros hermanos han caído por haber proclamado esa fe y aceptado en sus vidas un estilo de vida de acuerdo con el evangelio, aceptándolo con todas sus consecuencias.

Monseñor Oscar Arnulfo Romero nació el 15 de agosto de 1917 en Ciudad Barrios. A los 20 años entró en el Seminario Mayor San José de la Montaña. El 4 de abril fue ordenado sacerdote en Roma, donde permaneció un tiempo para concluir sus estudios doctorales, pero que tuvo que abandonar debido a la guerra mundial. Durante veinte años fue párroco desarrollando una gran labor apostólica, sus predicaciones muy escuchadas. En el año setenta fue nombrado secretario de la Conferencia episcopal, siendo consagrado obispo el 21 de junio de ese mismo año como auxiliar del Arzobispo de San Salvador, en el 74 es nombrado obispo de Santiago de María. En sus años de obispo de esta diócesis se da cuenta del sufrimiento de los campesinos, de los abusos que sufrían, las masacres que sufrieron en propia carne. El abría las puertas del obispado para que durmieran los pobres, platicaba con ellos, les daba de comer.

Un autor indica que en ese entonces cuando Monseñor Romero comenzó a ver la realidad de la pobreza y miseria en que vivían la mayoría de los campesinos. Y también comenzó a ver que sus amigos ricos, los que le ayudaban en las obras de caridad, eran los que causaban esa pobreza, porque les negaban un salario justo y digno.

Al comienzo del año 1977 fue nombrado Arzobispo de San Salvador y tres años más tarde una bala segó la vida de este santo sacerdote y obispo, extraordinaria persona, humana hasta los huesos, discípulo, seguidor e imitador de Cristo, del Cristo sufriente, del Cristo maestro, del Cristo compañero de camino, del Cristo amigo de los pobres, del Cristo Buen Pastor del Cristo Redentor.

Cuando estaba celebrando la que fue su última Misa, fue su momento más glorioso: en el altar se realizaba el banquete eucarístico y al mismo tiempo, en imitación a Cristo se convirtió en víctima sacrificada para beneficio de muchos:

  • le quitaron la vida pero no pudieron matar su espíritu;
  • le destrozaron el corazón, pero no pudieron empañar su amor;
  • le taparon la boca, pero no pudieron con su mensaje;
  • creyeron que se habían desecho de él, y lo único que consiguieron fue acelerar su resurrección,

pues creo de todo corazón que Monseñor Romero hoy está más vivo que cuando estaba en medio de nosotros. Hoy hay más gente que le conoce, hoy hay más gente que le admira, hay más gente que lee sus escritos, que escucha sus homilías, incluso aquella del 23 de marzo donde desde lo más profundo de su corazón grito: “Les suplicó, les ordenó en nombre de Dios: ¡cese la represión!” y que se convirtió en la firma de su sentencia de muerte.

En programas, invitaciones para conmemorar este trigésimo aniversario se anuncia como, aniversario de la muerte, o asesinato, o martirio de Monseñor Romero, ¿podríamos hacer un pequeño cambio? y recordarlo como el aniversario de su resurrección, pues como muy bien él dijo “si me matan, resucitaré en el pueblo Salvadoreño”.

Toda esta semana hemos estado oyendo de todos los honores que se le han hecho al recordarle en su trigésimo aniversario de su muerte. Grandes eventos han tenido lugar en su Patria y entre su gente, pero también en Europa y en todo este nuestro continente de América. Demos gloria a Dios por todo ello, sin embargo yo pido respeto para este santo sacerdote y obispo, pues eso es lo que fue por vocación: SACERDOTE, otro Cristo como se dice en el día de la ordenación, el que obra o actúa en la persona de Cristo. No podemos politizar la vida de un ser como lo fue Monseñor Romero, eso sería desvirtuar su persona y su misión. Como sacerdote y obispo actuó, como se nos recuerda en la Santa Misa: “por Cristo, con Él y en él”. Como Pastor se le vio DIALOGANTE, siempre buscando a los otros, CERCANO y tanto que dejó el palacio episcopal para vivir en el hospital y estar con la gente, principalmente los más necesitados; SERVIDOR, guiando y aconsejando, estando al nivel de los pobres, CREYENTE pues es lo que le guiaba, su fe en Dios era su vida, y por eso era también ESPERANZADOR, pues creía que las cosas podían cambiar y que cambiarían, LIBRE pues no estaba atado a nadie ni a nada excepto LA GLORIA DE DIOS Y EL BIEN DE LAS PERSONAS.

Hoy, se ha dicho, que la Iglesia precisa pastores que sean verdaderos líderes y maestros con autoridad, pero nunca con poder. ¡Qué ejemplo nos da Oscar Romero!

Hoy se dice que el Obispo debe ser muy amante del mundo desde Dios y también de Dios desde el mundo. Monseñor Romero quería vivir en este mundo para llevarlo a Dios y traer Dios a todos los aspectos de la vida humana, por eso en sus homilías habla tanto de la liberación del hombre, porque quería que todos se sintieran miembros de la familia de Dios, hermanos y hermanas entre sí.

A él le tocó gobernar, regir pues era pastor, pero lo hizo más con el evangelio que con el báculo, más con el corazón que con la mitra. Él aceptó como obispo ser pontífice, que significa, constructor de puentes. El quiso hacer puentes para que nos acercáramos y viviéramos en paz, como se lo desea Jesús a sus discípulos después de la resurrección.

Dios quiera, mis hermanas y hermanos, que el pueblo tan querido y extraordinario de El Salvador viva en paz, y como él todos los países hermanos de nuestro continente. Para concluir permitidme una frase del también gran sacerdote, obispo y papa, Juan XXIII quien dirigiéndose a los capitanes regentes de la república de San Marino les decía: “Querer construir la paz sin Dios es como querer escribir sobre la superficie del mar”. Hagamos de Dios el centro de nuestras vidas, todo lo demás vendrá por añadidura.

Oscar Arnulfo Romero fue un ser humano que amaba los suyos, o sea, a todos. Por vocación fue sacerdote, ministro de Cristo y siervo de los que le fueron confiados, especialmente de los campesinos y de los necesitados. Eso es lo que fue por encima de todo, eso es lo único que quiso ser. No le quitemos ese honor.


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