Posted by: bishopgonzalez | March 25, 2010

No exige nada de lo que él no sea ejemplo

No exige nada de lo que él no sea ejemplo

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington

Lc 19,28-40
Is 50, 4-7
Sal 21
Flp 2,6-9
Lc 22,14-56

Hemos llegado, por la gracia de Dios, al Domingo de Ramos, de La Pasión del Señor. Con este día entramos en la semana mayor o Semana Santa donde vamos a celebrar el gran misterio de nuestra salvación por la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

Reflexionando acerca de este día me doy cuenta lo felices que debemos ser los cristianos. Nuestro Dios se debe escribir en mayúscula, los demás son diositos. Parece que toda su actuación está hecha en vista a nuestro bien, hasta el punto que se hace uno de nosotros. Hoy conmemoramos esa llamada “entrada triunfal en Jerusalén”. Tuvo un sabor populista, pero no al estilo de esos líderes políticos que muy del pueblo durante el día donde prometen todo y para todos, pero acabado el mitin los pobres siguen en su pobreza y el líder se va a su mansión, a su palacio a degustar una opípara cena, rodeado de amigos para divertirse, empleados que le sirven y guardaespaldas para que nadie estropee su descanso, que según él bien merecido lo tiene después del cansancio que le ha producido tanta promesa que ha hecho.

La entrada triunfal la hace montado en un borrico y no en un animal noble, me imagino que hasta los caballos de los soldados romanos que estarían por allí se reirían de semejante cabalgadura. Y cuando llega se retira no es a un palacio, sino a orar en algún lugar recogido. No manda a nadie que le sirva, sino que se sienta a la mesa con sus amigos a quienes sirve y por quienes se convierte en alimento.

Pone paz entre los asistentes que discuten por el primer puesto donde de palabra y obra les enseña lo que verdaderamente tiene valor. Al más hablador le reconoce su buena voluntad y corazón enormemente grande, pero le avisa que no se confíe tanto en sí mismo, pues caerá y es que va a ver lucha, Satanás no descansa. No acepta guardaespaldas, cuando llega el momento del enfrentamiento él va a la cabeza como para proteger a los que deberían defenderlo. Y se deja besar, el saludo de amistad, por el amigo que acaba de comer con él y ahora le traiciona. Ha estado rezando, hincado en la tierra mientras los demás dormían después de la buena cena.

Aquella noche no la pasó en mansión alguna, tomando trago con los amigotes, sino sufriendo una parodia de juicio que le prepararon sus enemigos, con la presencia de testigos falsos, autoridades envenenadas por el odio y la envidia, bajo la presidencia de un juez cobarde y oportunista, y custodiado por una muy pobre representación de los encargados del orden y protección de todos.

Esa noche Nuestro Señor fue acusado falsamente, juzgado, condenado, abofeteado, escupido, azotado, humillado. Y la cosa no había terminado, pues a la mañana siguiente le cargaron un madero y lo llevaron al Calvario donde lo crucificarían entre dos criminales y a la vista de todo el que pasaba por allí, tratando de arrebatarle hasta la última gota de dignidad que aún los condenados a muerte todavía tenían.

En ese camino hacia la muerte todavía le queda fuerza para consolar a las mujeres que lloraban a su paso y ya colgado en la cruz perdona a los que ahí le han colocado, salva al ladrón arrepentido y en vez de gritar y desesperarse y maldecir, con toda humildad y serenidad entrega su espíritu al Padre.

Este nuestro Divino Salvador no nos exige nada de lo que él no sea ejemplo. Es un líder del pueblo, de los rechazados y olvidados que camina, vive con ellos y sufre con ellos para que no estén solos y que lo único que nos pide es que nos amemos unos a otros y nos dejemos abrazar por él, por ese amor que nos tiene.

“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos”.

Oremos, como se nos recuerda en la revista Homilética, para que la Iglesia, sin renunciar al anuncio de la Buena Noticia, recupere el aliento profético desde la sencillez y el abandono de todo poder, riqueza y prepotencia, en seguimiento de Jesús que entra en Jerusalén montado en un asno.


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