Posted by: bishopgonzalez | March 18, 2010

El que este libre de culpa que tire la primera piedra

El que este libre de culpa que tire la primera piedra


MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington

Is 43, 16-21
Sal 125
Fil 3,8-14
Jn 8,1-11

Hoy estamos leyendo una perícopa del evangelio de Juan, la de la mujer adúltera. Un gran número de expertos en estudios bíblicos están de acuerdo en que este pasaje no pertenece al evangelio de San Juan, sin embargo sí que están de acuerdo en que es parte de la Sagrada Escritura y así lo tomamos, como Palabra de Dios que es.

El domingo pasado veíamos el corazón de Dios, representado por el padre de la parábola, abrazando al hijo pecador perdido y recuperado, a quien el padre recibe con los signos más afectuosos y de bienvenida que le podía dar. Hoy vemos el rostro de Jesús iluminado por la paz interior que posee, la serenidad en sus respuestas y el amor que muestra a la persona necesitada de perdón.

Jesús ya ha llegado a Jerusalén y pasa la noche en oración en el monte de los Olivos, a donde volverá en esa crítica noche después de la última Cena. Por la mañana regresa al Templo donde ha experimentado algunos encuentros fuertes con fariseos, maestros de la Ley y otros. Mucha gente venía para escucharle y él les enseñaba.

Los maestros de la Ley y fariseos que no estaban de acuerdo con él ni con sus enseñanzas “le trajeron una mujer que había sido sorprendida en adulterio”. El adulterio tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo es pecado y pecado grave, lo mismo que hoy, pues el Señor que vino entre otras cosas a perfeccionar la Ley, así lo ha dejado, incluso ha añadido cuando sólo ha sido en el deseo. Tal vez la gran diferencia está en que vivimos una cultura basada en un profundo relativismo y cada uno va por las suyas dejando a Dios de lado. En los tiempos de Cristo era castigado con la muerte, como todavía lo hacen en algunos países hoy en día.

Los señores que la traen a la presencia de Jesús, lo hacen, no por seguir la Ley sino para atrapar a Jesús y deshacerse de él. Si Jesús se pone de parte de ella, claramente quebranta la Ley. Si por el contrario la condena lo acusarán de predicar una cosa y hacer otra.

Jesús no hace ni una cosa ni otra. Simplemente ofrece a los acusadores la oportunidad de enfrentarse con sus propias vidas, con su conciencia, con su comportamiento. Jesús no ha respondido inmediatamente, sino que se ha puesto a escribir en el suelo (¿qué escribiría?) y así se ha tomado su tiempo para no enzarzarse en discusiones bizantinas con esos señores, al mismo tiempo que con la espera les hace sentirse menos convencidos de lo que están haciendo: usar a una mujer para poder deshacerse de Jesús. En unos imaginarios olímpicos se hubieran llevado el oro por falsedad, hipocresía y desvergüenza.

Nos dice el relato evangélico que a la sugerencia de Jesús: el que sea inocente, tire la primera piedra. Uno por uno, comenzando por los más viejos, se fueron alejando. Y aquí viene esa delicadeza de Jesús, la misma del Padre del Hijo Pródigo, que al hablar a la mujer no hiere su dignidad de mujer, de persona, no le recuerdo el grave pecado que ha cometido, sino simplemente pregunta por sus acusadores: ¿Ninguno te ha condenado?

Su respuesta muestra su serenidad en ese momento: Ninguno, Señor. Y el Señor la libera de todo, tanto del pecado como del castigo: Tampoco yo te condeno. Y añade el requisito para entrar en esa nueva libertad que Jesús le ha conseguido: Vete y en adelante no vuelvas a pecar.

De vez en cuando hay quienes me preguntan por qué los sacerdotes no hablan más sobre el pecado, llamando a las cosas por su nombre. No estoy seguro, respondo, si lo que me dicen representa la realidad o una percepción personal. Podríamos reflexionar sobre cuál fue más efectiva si la predicación de Juan el Bautista o la de Jesús. Me imagino que la pregunta no tiene respuesta pues ambas fueron fructíferas y necesarias. Sin duda el pecado debe ser materia para la predicación y la enseñanza en nuestra Iglesia. Sin embargo el amor y el perdón de Jesús por todos nosotros es algo verdadero y maravilloso. Alguien ha dicho muy acertadamente: Dejémonos abrazar por el amor de Dios.


Responses

  1. hola monseñor es interesante como presenta la actitud de Jesus frente a la mujer no lavulve a juzgar sino que con una palabra le dice que no vuelva a pecar sin reprocharla. Yo soy hermano novicio de su congregacion hijos de la sagrada familia y estoy en medellin.

  2. Algo escrito en el polvo
    Todos conocemos el pasaje de Jesús con la mujer adúltera a la que querían matar a pedradas. Lo más famoso de ese pasaje evangélico es la frase que se ha hecho tan popular: El que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra.
    Junto a dicho momento, hay otro momento muy singular y que siempre ha provocado curiosidad, ha llamado la atención, ha permanecido en la oscuridad como algo inexplicable, como si fuera un juego o algo sin importancia: Jesús antes y después de dicha frase contundente se pone a escribir algo en la arena, en el polvo del camino. El pasaje es exactamente así:
    Mas Jesús se fue al monte de los Olivos. Pero de madrugada se presentó otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles. Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen:
    «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?» Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra. Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra». E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?» Ella respondió: «Nadie, Señor». Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más». Jn 8, 1- 11.
    Como decimos, todo este pasaje tiene una riqueza teológica grandísima. Sin embargo, esa actitud de Jesús que repite en dos momentos, la de ponerse a escribir con el dedo en la tierra, siempre ha permanecido en la oscuridad, como si no tuviera sentido:
    – Cuando los escribas y fariseos se acercan a El para tentarle y tener de qué acusarle, le hacen una pregunta: Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra.
    Pero ellos, insisten. Parece que no captan o no quieren captar su respuesta con el gesto. Por eso, Jesús habla ahora con su voz: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra»
    – Para inmediatamente, volver a hacer el mismo gesto: E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra.
    Es decir, Jesús, da su respuesta clara y rotunda ante la que no pueden hacer nada, entre gesto y gesto, que es el mismo: escribir con el dedo en la tierra, en el polvo del camino. Podemos entender que el gesto y su frase forman un todo. Ambos aspectos se avalan entre sí, dándose fuerza mutuamente.
    No es, en ningún caso, un gesto sin importancia, pues Jesús no hace ni dice nada al azar, porque sí. Todo lo que hace brota de lo más profundo de su Corazón. Ya nos enseñó que:
    La boca habla de lo que rebosa el corazón. Mt 12, 34.
    Y los expertos en comunicación siempre han dicho que el ser humano se comunica más por el lenguaje corporal, por gestos, que por la misma palabra hablada.
    Sin embargo, esos dos gestos de Jesús, los mismos de escribir con su dedo en la tierra, en el polvo del camino, no han sido comprendidos. La biblia de Jerusalen en sus comentarios dice: Queda oscuro el sentido de este gesto.
    En mi humilde opinión, creo que el Señor me ha aclarado dicho gesto, pues encontramos plena luz al respecto en el capítulo 17, versículo 13 del Profeta Jeremías:
    SEÑOR, tú eres la esperanza de Israel,
    todo el que te abandona quedará avergonzado.
    El que se aparta de ti
    quedará como algo escrito en el polvo,
    porque abandonó al SEÑOR,
    al manantial de aguas vivas.
    ¿Qué podía significar el gesto de Jesús sino lo que el profeta Jeremías advirtió siglos antes? El que se aparta de ti quedará como algo escrito en el polvo
    Jesús, el Señor, la esperanza de Israel, estaba en medio de su pueblo. Sin embargo, los escribas y fariseos le abandonaron:
    Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio.
    No le supieron reconocer, tener fe y lavar en su Corazón de Misericordia sus pecados: ante su Palabra, no tuvieron más remedio que abandonarle avergonzados, y así, con el gesto y con la Palabra de Jesús, se cumplió la Escritura:
    SEÑOR, tú eres la esperanza de Israel,
    todo el que te abandona quedará avergonzado.
    El que se aparta de ti
    quedará como algo escrito en el polvo,
    porque abandonó al SEÑOR,
    al manantial de aguas vivas.
    Los escribas y fariseos y todos los que querían lapidar a esa mujer quedaron escritos en el polvo, porque su pecado, su falta de verdadero amor y de fe, les apartó del Señor, el manantial de aguas vivas:
    Jesús puesto en pié, gritó: “Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí”. Jn 7, 37.


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