Posted by: bishopgonzalez | March 4, 2010

Es urgente que dejemos de juzgar a los demás

Es urgente que dejemos de juzgar a los demás

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Aux
iliar de Washington
Ex 3,1-8.13-15
Sal 102
1 Cor 10,1-6.10-12
Lc 13,1-9

Uno de los malos recuerdos que me van a quedar de la catástrofe que ocurrió en Haití fue el juicio-comentario de un predicador-televangelista que aseguró que dicho terremoto fue castigo de Dios al pueblo haitiano por su comportamiento. ¡Qué lástima que dicha personalidad no pensó, no oró antes de emitir semejante opinión!

Algo de eso lo tenemos en la lectura evangélica de este domingo. Unos cuantos se acercan a Jesús para informarle que “Pilato había mezclado la sangre de unos galileos con la de los animales que estaban sacrificando”. Da la impresión que estaban amenazando de una forma solapada al mismo Cristo, ya que también él era Galileo y alguna gente no estaba de acuerdo con lo que hacía y principalmente con lo que decía.

Jesús hace notar a los que vienen a informarle de la muerte de los galileos que si han muerto no es porque fueran más pecadores que los demás. Ese evento cruel debe enseñarles una lección, el discernimiento de los signos de los tiempos, como nos dice la doctrina de la Iglesia y que se haga de acuerdo con la luz que nos viene del evangelio.

Entre los judíos había la creencia de que los infortunios, las enfermedades, la pobreza eran castigos de Dios y por lo tanto la riqueza era la bendición de Dios. Tal vez el predicador mencionado está todavía convencido de dicha doctrina.

La segunda parte de este pasaje evangélico tiene un mensaje urgente y profundo para todos nosotros, como lo tuvo para la gente que le estaba escuchando. Jesús se refiere a una higuera (el pueblo elegido) cuyo dueño fue a recoger su fruto y lo que experimentó fue una gran desilusión pues por los últimos tres años ha estado viniendo y la higuera sigue sin producir esos higos frescos y jugosos que él deseaba, ese fruto que tanto él como su familia y amigos querían disfrutar.

No solamente no da fruto, sino como observa el dueño, posiblemente está absorbiendo el jugo de la tierra, o sea, que se está alimentando pero no produce el fruto que debería.

Córtala, manda el dueño, pensando tal vez en plantar otra. El siervo (Jesús) pide que la deje por un año más, él la cuidará de una forma especial y si da fruto pues tendremos la ganancia, y si no pues se corta.

Nosotros que hemos sido plantados por el Señor, estamos llamados a producir fruto. El cuidado que hemos recibido, las bendiciones que nos han llegado, el cariño con que se nos ha tratado requiere que demos fruto, doblando, o por lo menos aumentando el número de los talentos que hemos recibido de lo Alto. Sin embargo, nuestra falta, la carencia de un retorno positivo hace que se nos destine al desecho. Jesús, sin embargo, no pierde la esperanza, el quiere continuar estando a nuestro lado, intentar una vez más, y mil más trabajar con nosotros, cuidarse de nosotros, sin contar el sacrificio, para que podamos producir y dar fruto.

Tanto en la primera parte del evangelio de hoy como en la segunda, la idea de la conversión está presente. Es de suma urgencia el que dejemos de juzgar a los demás, de sentirnos epicentro de la vida, de dejar a Dios ser Dios, y dejarle el centro de nuestras vidas para que podamos entender a los demás, discernir la voluntad del creador, entender los signos de los tiempos en nuestras vidas desde el punto de vista evangélico desalojar de nosotros el egoísmo que nos ciega y encoje, el ansia de poder que nos infla como globo, la impaciencia que nos quita el equilibrio, el hedonismo que nos deja completamente insatisfechos, el relativismo que no nos deja ver la verdad y todo ese pecado que nos ciega ante la verdad del Dios que continuamente nos visita y que aunque no le hayamos dado del todo lo que él esperaba de nosotros no nos rechaza, sino que deja a su Hijo Jesucristo continuar su labor de ayudarnos a transformarnos en plantas, en seres humanos que dan fruto, fruto en abundancia, para llenarnos de paz interior y a Dios del consuelo y reverencia que sus hijos/as le ofrecen de todo corazón.


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