Posted by: bishopgonzalez | February 25, 2010

¿Cómo acepto yo el mensaje del Señor?

¿Cómo acepto yo el mensaje del Señor?

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington

Gn 15,5-12,17-18
Sal 27
Fil 3,17-4,1
Lc 9,28-36

Hay infinidad de gente, tal vez nosotros seamos del grupo, que se resisten a aceptar lo que no está en el plan de ellos. Los discípulos de Jesús llevaban algo en su interior, la convicción de que Jesús era el Mesías, que tenía poder y que eventualmente lo usaría para liberar a su pueblo. Ese sería el momento crítico pues no todos podrían disfrutar de los primeros o primer puesto. Habían abandonado todo para seguir a este poderoso maestro, invencible pensaban ellos.

Hacía poco los había mandado a predicar con autoridad sobre los malos espíritus y con poder sobre los demonios. Habían usado dichos poderes y estaban como flotando por el aire. Cuando regresan ellos ven la multiplicación de panes y peces. Todo iba en la misma dirección: conquista y poder.

Jesús les da la oportunidad para reflexionar con la pregunta acerca de su identidad: ¿Qué piensan de él? Después de la confesión de Pedro, Jesús les comunica algo que les deja por tierra con su declaración: El Hijo del Hombre tiene que sufrir mucho y ser rechazado por las autoridades judías, por los jefes de los sacerdotes y por los maestros de la Ley. Lo condenarán a muerte, pero después de tres días resucitará.

Me imagino qué caras pusieron al llegar a sus oídos estas palabras del Maestro que fueron lo suficiente para dejarlos atónitos: ¿Cómo puede ser esto? Se nos ha prometido algo que no vemos aquí. Jesús que ha querido hacerles reflexionar, fracasa en su intento y una gran nube cubre el espíritu de estos sencillos seguidores de Jesús. Jesús se ve en la necesidad de hacer algo por ellos y por sí mismo. Y así ocho días después, como en otras ocasiones, toma consigo a los tres líderes del grupo y sube con ellos a orar con resultados bastante diferentes: el rostro de Jesús cambió y sus vestidos refulgían de blanco.

Es que la oración íntima de Jesús con su Padre produce toda esa blancura, toda esa brillantez, toda esa luz que ilumina no solamente la escena que estamos presenciando, sería el mundo entero, pues Jesús es la luz del mundo. Esta transfiguración hay quienes piensan que sucedió para dar a entender a los tres apóstoles que a pesar de lo que verían dentro de poco, la pasión y muerte del Señor, el final sería esa gloria que acababan de ver. Aunque esta propuesta puede tener mucho de razón, también merece la explicación de alguno otro anunciando la verdad de Jesús, y por tanto su afirmación de quién era y su misión. Los testigos son Moisés, o sea, la Ley y Elías, la profecía.

Ante esta teofanía cabe que nos hagamos algunas preguntas: ¿Cómo acepto yo el mensaje del Señor? Que Pedro, Santiago y Juan tuvieran sus dudas, nos parece hasta normal. Sin embargo nosotros llevamos ya 2.000 años beneficiándonos de la experiencia del Resucitado. Tenemos una tradición viva. Jesús nos comunica su sufrimiento, sus padecimientos, pero al mismo tiempo nos muestra su gloria. Y por eso podemos preguntarnos: nuestro seguimiento del Maestro ¿es sólo en momentos estelares o también en la aridez del sufrimiento?

Para esos momentos de miedo, desaliento, frustración es bueno recordar las advertencias de Pablo a los Filipenses: No piensen en las cosas de la tierra, pues quedarnos con eso es dar espacio a la desilusión. También les anima a que no vivan como enemigos de la cruz de Cristo, o sea desechando todo sacrificio, todo morir a uno mismo por el bien de los demás. Critica a los que hacen de “vientre su Dios”.

Pablo nos habla de esos valores que nos llevan hacia arriba, de esos valores positivos que elevan en vez de hundir en el fango de los valores carnales de este mundo. Señala muy bien, para consuelo nuestro y para que aprendamos que “nuestra patria está en el cielo, de donde vendrá el Salvador a quien tanto esperamos” y ese salvador no es otro que Cristo Jesús el Señor, el que se transformó en el Tabor y el que nos transformará a nosotros si nos ponemos en sus manos.

Nuestro seguimiento del Maestro ¿es de sólo en momentos estelares o también en la aridez del sufrimiento?


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