Posted by: bishopgonzalez | January 28, 2010

Ningún profeta es bien recibido en su patria’

Ningún profeta es bien recibido en su patria’

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington

Jr. 1, 4-7.17-19
Sal 70, 1-6.15 y 17
1 Cor. 12, 31-13, 13
Lc. 4, 21-30

Hoy hay muchos evangelizadores o que creen ser evangelizadores.  La primera lectura nos ofrece algunos puntos para nuestra consideración.  Ante todo y sobre todo, tanto el profeta como el evangelizador, deben recordar que han sido llamados.  Nada de hacerse el importante.  En segundo lugar, uno no va por donde quiere, sino que la misión es encargo de Dios, quien no solamente marca el destino, sino que traza el camino y provee de lo necesario para hacer frente a los enemigos que sin duda le declararán la guerra.

El profeta antiguo y el de hoy se parecen: gente que ha sentido el llamado, que han discernido acerca de la misión, que la aceptaron y que no se acobardaron cuando hubo quienes les declararon la guerra: Monseñor Romero, M. Luther King, Jr. y esas otras miles y miles de personas que han dado sus vidas por proclamar con palabras y vida el mensaje que Dios les había puesto en los labios y el corazón.  El profeta/evangelizador no tiene muy asegurada su vida, hay algo en el/la que produce un cierto malestar en algunas personas, personas que en ocasiones no tienen inconveniente, por treinta monedas más o menos, en silenciar al profeta.

Jesús acaba de decir (domingo pasado) cosas muy esperanzadoras para un pueblo que ansiaba la venida del Mesías, lo cual causó en la audiencia un bienestar extraordinario, tanto que “mientras seguía su discurso conmovedor, todos lo aprobaban”.  Todo se perdió en el momento en que las personas presentes en la sinagoga descubren que ese mesías tan esperado es uno de ellos: Jesús.  Jesús se declara lleno del Espíritu, el elegido, en la línea de Elías y Eliseo, o sea, Él es el esperado.

En ese momento se rompió el hechizo y comenzaron los gritos, los insultos, las amenazas.  Una cosa, dicen ellos, es que hable bonito, pero el proclamarse el esperado, el ungido, el consagrado, eso ya es demasiado y “se levantaron y lo arrastraron fuera de la ciudad para, desde el cerro, arrojarlo al barranco”.  ¡Qué razón tenía Jesús cuando les había dicho: “Ningún profeta es bien recibido en su patria”.

Jesús al dedicarse a la predicación, incluso había hecho milagros por otros lugares, rompe con la costumbre, con la tradición de su pueblo, que exige que los hijos continúen el trabajo o negocio del padre.  Es una cuestión de honor pues así se perpetúa la memoria del padre, y Él se ha atrevido a romper esa práctica sagrada.  Además le han pedido que haga ahí, en su pueblo y a beneficio de sus parientes y amigos, lo que algunos dicen ha hecho en Cafarnaún y otros lugares.  Jesús responde que no puede porque les falta fe.

Dicho todo lo anterior, no es de extrañar que quisieran matarlo.  En vez de celebrar el hecho de que uno de los suyos ha triunfado, la envidia les impide ver la salvación que les había llegado: falta de fe, abundancia de envidia.

Y hablando de virtudes, que bella lectura la de San Pablo: Todo por amor, nada sin amor.  La sabiduría, las profecías, los milagros, incluso el martirio, cuando no hay amor, de nada sirve.  El verdadero amor hace posible todo pues es paciente, servicial, no es envidioso ni egoísta, perdona siempre y se alegra con la justicia y la verdad.

¿Sabes que la mayor virtud es el amor?


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