Posted by: bishopgonzalez | December 24, 2009

¡Celebremos la Fiesta de la Sagrada Familia!

¡Celebremos la Fiesta de la Sagrada Familia!

MONS. FRANCISCO GONZÁLEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington

Si 3,3-7.14-17
Sal 127
Col 3,12-21
Lc 2,41-52

Hoy celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia. Inmediatamente nos viene a la cabeza, claro está, la familia sagrada de Nazaret: Jesús, María y José, y no me extrañaría que también se nos hace presente nuestra propia familia y lo que entendemos por la familia humana. Al pensar en la familia de Nazaret y de la familia en nuestro tiempo podemos organizar nuestra mente y corazón como en dos vertientes: gratitud por la familia santa que queda constituida en Belén y que acabamos de conmemorar. Todo un Dios se hace hombre como nosotros y entra en la historia visible de la humanidad en la forma más humilde y amorosa, naciendo en una cueva y de una madre llena de gracia y amor. Este es el gran regalo de Dios.

Una segunda vertiente sería la de mirar nuestra propia familia, que ojalá sea también en agradecimiento, pero sospecho que no sin una dosis más o menos grande de preocupación por la relación de pareja como esposos, del futuro de los hijos que van creciendo e independizándose, de la situación económica, inmigrante, etc.

La lectura evangélica para hoy corresponde a la conclusión de lo que conocemos como la conclusión del evangelio de la infancia según San Lucas. Este pasaje tienen aspectos interesantísimos y con un trasfondo teológico que supera lo simplemente anecdótico de la “pérdida de Jesús en el Templo”: subida a Jerusalén, permanencia en el Templo, búsqueda y desasosiego por parte de sus padres, el encuentro entre los doctores, el reproche que le hace su madre, la respuesta de Jesús, la falta de entendimiento y por último el regreso a Nazaret.

Podríamos ver en ese trasfondo un anuncio de lo que sucederá más adelante durante su vida pública, comenzando con esos diez capítulos que Lucas dedica al viaje o subida de Jesús a Jerusalén, su destino final. Podemos ver en este relato la necesidad que Jesús siempre tiene de estar con el Padre. Que el reino de Dios está por encima de toda otra consideración, incluso de la propia familia y finalmente, al describir la vida en Nazaret, nos puede recordar ese otro pasaje de Juan (10,10) donde Cristo habla de haber venido “para que tengamos vida, vida en abundancia”, y así él crece en todos los aspectos de la vida: físico (en edad), intelectual (sabiduría) y bondad/santidad (gracia) en el doble aspecto, o sea, ante Dios y ante los hombres.

Al pensar en nuestra propia familia, qué bueno sería, que todos trabajáramos para como dice San José Manyanet, “que cada hogar sea un Nazaret”.

La sociedad de hoy está en crisis y podríamos llegar a decir que es una crisis seria, y la familia, que es parte de esta sociedad queda afectada profundamente. Hay serios intentos de prescindir de Dios, algo que no es simplemente negar su existencia, sino prescindir de él. Una sociedad que carece de fe está condenada a la anarquía, al relativismo y a esa cadena de “ismos” que desestabilizan la necesaria armonía para poder vivir en paz y armonía como seres humanos libres y al mismo tiempo solidarios de nuestros hermanos y hermanas.

Se ha hablado mucho de la cultura de la muerte (más de mil millones de abortos), se ha hablado de la cultura del amor y de la vida, y ya alguien ha escrito “por una cultura de la familia”. Ojalá trabajemos por crear esa cultura de la familia, pues como nos decía Juan Pablo II, “el futuro de la sociedad se fragua en la familia”.

Con la celebración de la fiesta de la Sagrada Familia podríamos iniciar este nuevo año que se nos acerca con un tiempo de dedicación a la familia. No hace falta que lo declaren así los gobiernos, las Naciones Unidas, la Unión Europea o cualquier otro organismo, basta con que cada uno de nosotros trabajemos por nuestra propia familia, para hacer de ella un remanso de paz, un nido de amor, una fuente de perdón, un pozo de solidaridad, otro Nazaret, una iglesia doméstica.

… qué bueno sería, que todos trabajáramos para como dice San José Manyanet, “que cada hogar sea un Nazaret”…


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