Posted by: bishopgonzalez | December 17, 2009

Fe, ahí el quid de la cuestión

Fe, ahí el quid de la cuestión

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington

Miq. 5, 2-5
Sal 79,2ac,3b.15-16.18-19
Heb. 10, 5-10
Lc. 1, 39-45

Ya estamos en el cuarto domingo de Adviento. Familias e individuos habrán posiblemente usado alguno de los símbolos que la tradición asocia con el Adviento.  La Corona del Adviento, el Árbol de Jesé, la Casa o Árbol de Adviento, el Pesebre.  Todos esos símbolos han podido ayudar en la preparación a celebrar dignamente el Nacimiento del Señor.  Nuestra sociedad necesita darse cuenta de que la verdadera luz la encontramos en Jesús; que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre; que la mejor forma de celebrar el Nacimiento de Cristo es con la adquisición de las virtudes que Él practicó durante su vida y que lo mismo que los niños han ido preparando el Pesebre, nosotros también queremos que su estancia entre nosotros sea lo más confortable posible y que jamás tenga que oír de nosotros: no hay posada para ti.

Las Posadas, la novena de preparación para la Navidad que en tantos lugares y hogares hispanos se celebra, es un recuerdo del amargo desengaño que María y José tuvieron al buscar posada donde María pudiera dar a luz.  Nadie les abrió la puerta, excepto para darles una pobre excusa o un rotundo no.

Las lecturas de hoy nos presentan todo lo contrario.  Tanto en la segunda lectura como en el evangelio vemos el profundo “Sí” a Dios y las consecuencias y cambios que tal actitud origina.

San Pablo (2ª lectura) nos recuerda la consecuencia del “Aquí estoy, ¡Oh Dios!, para hacer tu voluntad” que dio Jesús al Padre: “todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre”.  De la generosa disponibilidad de María, cuyo relato lo leímos días atrás en la fiesta de la Inmaculada, hoy vemos a María salir inmediatamente para servir a su anciana prima, y como nueva Arca de la Alianza, llevando al Mesías en sus entrañas, Mesías que causa la santificación del hijo de Isabel y ella misma queda llena del Espíritu Santo.

Hubo gente en aquella ocasión que no pudieron disfrutar de la presencia del Salvador, pues no supieron abrirle la puerta.  Hoy, veinte siglos después, a pesar de la inmensidad de instrumentos mecánicos y electrónicos para abrir tantísimas cosas y secretos de la naturaleza, no saben, no sabemos, abrir la puerta de nuestro corazón al que tan gentilmente viene llamando y pidiendo alojamiento… y con lo fácil que sería dárselo.

¿Qué se necesita para abrirle la puerta?  Tal vez podamos encontrar la clave en aquellas palabras que Isabel dijo a su prima María: “Dichosa tú porque has creído.  Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”.

Fe, ahí el quid de la cuestión.  Una gran porción de nuestro mundo carece de fe, esa fe que, como muy bien se ha dicho, no es tanto creer en unas cuantas verdades, cuanto entregarse en libertad a Dios.  Javier Garrido dice muy bien que “cuando la fe es sólo una herencia social o una normativa para pensar y hacer, su fuerza transformadora es más aparente que real, pero cuando dinamiza el corazón y la vida de la persona, la historia de la salvación está en marcha.

Llave de David, Sol naciente,  Esplendor de la luz eterna y Sol de justicia, ven a libertar a los que en tinieblas te esperan; ven a iluminar a los que yacen en las sombras de la muerte.  ¡Oh Emmanuel, Salvador de las naciones, esperanza de los pueblos.  ¡Ven pronto, Señor!


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