Posted by: bishopgonzalez | June 4, 2009

¿Quién es ese Jesús que atrae tanto y a tantos?

¿Quién es ese Jesús que atrae tanto y a tantos?

MONS. FRANCISCO GONZALEZ, SF
Obispo Auxiliar de Washington

Especial para El Pregonero

Hablemos de Jesucristo. Casi la mitad de la humanidad se considera seguidora o discípulo de Jesús. Mucho del arte de los dos mil últimos años tiene que ver con Cristo. Cuántas iglesias, monasterios, y otras obras arquitectónicas nos recuerdan a nuestro Salvador. Esos más de mil libros que se publican cada año y que se refieren a Jesús: el centro de la historia y la persona que más influencia ha tenido en la historia de la humanidad.

Dos mil años después de su existencia en la tierra de Palestina, la persona de Jesús sigue inspirando a millones de personas de todas las edades y culturas y como muestra recordamos las reuniones de la juventud mundial con el Papa, la última de ellas el pasado mes de julio en Sidney, Australia.

El nombre y la persona de Cristo empuja a individuos y familias enteras a abandonar sus comodidades y dedicar tiempo en lugares lejanos a ayudar a los pobres y desamparados en el nombre del Señor Jesús. Es tan fuerte la atracción de Jesús que muchas personas laicas, religiosas, sacerdotes y obispos han dado su vida en nuestros países por la práctica de su fe en el Señor Jesús.

¿Quién es ese Jesús que atrae tanto y a tantos? Busquemos una respuesta a pregunta tan antigua como nueva, sencilla y tan profunda al mismo tiempo. Es el mismo Jesús, y así lo vemos en los evangelios sinópticos, quien en su camino evangelizador preguntó a los apóstoles: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”

Jesús aprobó la respuesta de Pedro quien dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”, al mismo tiempo que le recordaba de dónde le venía toda esa sabiduría. Nada más y nada menos que de Dios.

¿Cómo respondemos nosotros a esa misma pregunta? Vayamos a las fuentes y veamos lo que nos dicen los santos evangelios:

Su Vida: Allá por el año cuatro antes de Cristo (un pequeño error en el cómputo), antes de que muriera el rey Herodes el Grande, Jesús nace en Belén de Judá. Su madre fue María, casada con José. Cumplen con lo prescrito por la Ley: circuncisión y presentación en el Templo. La familia entera tiene que huir a Egipto porque su vida corre peligro.

Viendo a la Sagrada Familia en esta circunstancia tan penosa de dejar todo para salvar la vida del Niño Jesús, no podemos dejar de pensar también en todas esas familias que han tenido que abandonar su país y todos los suyos porque sus vidas también corrían peligro por parte de la guerrilla, los paramilitares, la corrupción de los poderosos, la falta de escuelas para los hijos y de trabajo para los adultos. Ojalá algún día puedan volver a sus países, si así lo desean, y sin ningún miedo a posibles tiranías de todos los colores, ya sean nacionales o internaciones, de sentido espiritual, político, económico o militar. Ojalá que puedan regresar y vivir y disfrutar de la tierra que les vio nacer.

Jesús regresa a su país y se queda a vivir en el pueblo llamado Nazaret. A los doce años sube con María y José al Templo y allí da toda una lección a los sabios del Templo, al mismo tiempo que también a sus padres, dándoles a entender que lo que se refiere al Reino de Dios tiene prioridad sobre todo lo demás, incluso la familia natural. Después regresan a Nazaret donde Jesús vive hasta eso de los treinta años. Allí dice el evangelio “crecía en edad, sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres”.

Aquí hacemos una pausa para recordar a las familias que el hogar, “todo hogar, debe ser otro Nazaret”, donde Jesús es el centro, los hijos a imitación de Él se desarrollan física, espiritual e intelectualmente, y los padres crean un espacio que se puede llamar al mismo tiempo escuela e Iglesia doméstica.

Jesús comienza su vida pública con el bautismo a manos de Juan el Bautista y es en ese momento que “una voz del cielo lo declara: ‘Mi Hijo, el Amado, este es mi Elegido’”. Jesús es el Hijo de Dios, es el Amado, es el Elegido, el Mesías que han anunciado los profetas y el pueblo aguarda esperanzado.

Al comienzo de esta vida de predicador, del anuncio del Reino de Dios, de establecer una nueva creación, el demonio, que nunca está lejos, lo tienta y al acabar esos cuarenta días de retiro y preparación para la vida pública, se enfrenta a las tentaciones que le presenta Satanás: comodidad, fama y poder. Él le vence y comienza su anuncio de salvación.

La tentación es siempre el ponerme a mí por delante de Dios. Jesús invoca el plan de Dios que Él quiere seguir. “Mi alimento, dirá más tarde, es hacer la voluntad del que me envió”. Y por eso, por más apetitosas que sean las tentaciones, la fuerza de Dios nos es suficiente para vencerlas una y otra vez, como Jesús las venció.

Por unos tres años Jesús se convierte en predicador/evangelizador itinerante. Va de pueblo en pueblo acompañado de un grupito de doce que Él ha elegido como íntimos, como más allegados a quienes más tarde les confiará la continuación de su misión: “Todo poder se me ha dado en el cielo y en la tierra. Por eso vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos, en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado”.

Jesús no cancela la Ley, sino que la perfecciona, hace milagros, signos los llama San Juan, para confirmar que el tiempo se ha cumplido, que esos signos indican y prueban, para quien tenga ojos y oídos, que el Reino de Dios ha llegado. Predica y practica unas reglas para la felicidad que contradicen la sabiduría de los hombres, son las Bienaventuranzas.

Su fama se extiende, multitudes le siguen, se pasa haciendo el bien, como diría Pedro en una de sus cartas, y esto le acarrea problemas. Algunos de sus familiares se lo quieren llevar a casa porque dicen que está loco, los de su ciudad le quieren arrojar por el terraplén y sus propios discípulos, esos más allegados se escandalizan cuando les anuncia que van a Jerusalén y que allí los sacerdotes, los expertos de la ley, los dirigentes del pueblo le van a perseguir, encarcelar e incluso le darán muerte, pero que al tercer día resucitará.

Este anuncio descorazona a muchos, que por cierto, le abandonan y uno de los que Él ha elegido le traiciona por treinta monedas, otro jura no conocerle para salvarse a sí mismo.

Antes del trágico día de la crucifixión, tiene una última cena con sus apóstoles, tal vez podríamos llamarla “La primera cena” de la nueva alianza que Él establece, alianza sellada con su propia sangre que nos ofrece, junto con su cuerpo como alimento para nosotros, donde Él se hace uno con cada uno de nosotros y así, al recibirlo en nuestro interior, participamos de su divinidad, nos hacemos otros Cristos para continuar su obra de salvación.

Cada vez que veo la estatua de la mujer que representa la justicia, me acuerdo más de los juicios que le hicieron al Señor. Los ojos de la estatua están vendados, la justicia, dicen, es ciega y bien ciega estaba cuando juzgaron a Jesús. No importó el odio y los intereses personales de los acusantes, no importó tampoco que los testigos fueran falsos, y menos todavía el hecho que los jueces estaban corrompidos. No hubo abogado defensor, todos fueron fiscales. Y así Jesús fue condenado y murió en la cruz, en medio de los insultos de unos, las risas y mofas de otros y las muchas lágrimas de aquellas piadosas y valientes mujeres, su madre entre ellas, acompañadas por el discípulo amado. Un grupo pequeño, que no tuvieron miedo y se quedaron al pie de la cruz, pues su amor por el crucificado no tenía fronteras.

Un par de preguntas para la reflexión: ¿Qué tal conoces la vida de Jesús? Y la segunda: ¿Qué evento en la vida de Nuestro Señor te ha impactado más?


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